Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  14/10/2008

Volar… surcar libremente por los aires… ver todo desde el cielo… otear más allá del horizonte… volar: un viejo sueño humano, presente en culturas de todos los continentes, desde tiempos antiguos. Para transformarse en ave voladora, era preciso pasar por una experiencia traumática, como lo cuentan las leyendas de nuestra región respecto al crespín o al cacuy, o la leyenda del uirapurú en las selvas brasileras, o del quetzal en América Central.

A fines de la década de 1.920 y principios de los ’30, un changuito trepaba a los árboles en su pago de Caspi Cuchuna, cerca de Sumamao. Este juego es muy común entre los niños, pero el pequeño Mateo iba más allá: cada vez que podía, usaba el paraguas de su madre para lanzarse desde el techo del rancho. Doña Cándida lo reprendía y escondía el improvisado paracaídas. Don Jerónimo Boix solamente sonreía, calladamente orgulloso por la intrepidez de su niño pájaro.

Cuando toda la familia dejó el Departamento Silípica para radicarse en la ciudad de Santiago, Mateo y sus hermanos continuaron los estudios en escuelas capitalinas.

Siendo estudiante secundario del colegio Absalón Rojas, el chango silipiquero comenzó el curso de piloto privado en el Aeroclub Santiago del Estero. ¡Volar… volar!... el viejo sueño se hacía realidad a los 17 años de edad.

Con 19 años, Mateo se recibió de piloto, habilitación que le fue muy útil en el servicio militar en la Armada. De regreso al terruño, hizo nuevos cursos, ahora para fumigación aérea y para Instructor de Vuelo.

Lo cotidiano en Mateo era volar, ya sea formando nuevos pilotos en los aeroclubes de Santiago, Sol de Julio y Catamarca, o en vuelos para traslado de gente del Aeroclub por toda la provincia.

El vuelo recto y nivelado no era suficiente, y Mateo aprendió rápidamente la acrobacia aérea, con lo que deslumbraba al público en festivales por todo el Noroeste Argentino. La fumigación lo llevó a trabajar por un tiempo en Perú.

Una de las maniobras acrobáticas aéreas es la vuelta atrás, consistente en hacer que el avión describa un círculo vertical, como si estuviese dentro de una rueda. Este giro vertical es llamado back loop, o looping (lúping) en la jerga aeronáutica.

El piloto argentino Santiago Germanó (“El hombre que, extrañamente, no nació pájaro”, según un escritor especializado en aeronáutica) había logrado la proeza de hacer 960 loopings consecutivos. Tiempo después, el instructor mendocino Armando Maciel asombró al país y al mundo, por conseguir hacer 1.100 vueltas atrás consecutivas, superando lo que parecía insuperable.

El desafío motivó a los clubes del mundo, que prepararon a sus campeones para intentar lo casi imposible.

Santiago del Estero no podía ser menos, y al cabo de seis meses de entrenamiento intenso, Mateo Boix se instaló en la cabina de un avión biplaza del Aeroclub, en el aeródromo Mal Paso, listo para el intento.

Era el Domingo 16 de Octubre de 1.955. Pasaban las horas y el pequeño avión subía y bajaba en el cielo, describiendo sucesivos círculos verticales. El numeroso público, ansioso, contaba las vueltas al mismo tiempo que las autoridades de control. El piloto Carlos Figueroa oficiaba de locutor, dando detalles por los altavoces para explicar la hazaña que se pretendía lograr.

En determinado momento, Figueroa anunció: “Mateo Boix ha superado el record mundial de loopings y gallardamente continúa su proeza”. El público estalló en vítores y aplausos, mientras arrojaba al aire sombreros, gorras, boinas, diarios y revistas. Una fiesta popular.

A las tres horas con treinta y ocho minutos de vuelo, y cumplidos 1.385 loopings, Mateo aterrizó para unirse a la alegría de los santiagueños por la hazaña santiagueña.

En los festivales aéreos de otras provincias, era especialmente emocionante para los comprovincianos residentes fuera de Santiago, ver que el número central era el santiagueño campeón del mundo. Mientras Mateo Boix hacía su espectáculo de acrobacia, por los altoparlantes propalaban Santiago Querido, Añoranzas, La Baguala… ¡Qué grande se sentía el santiagueño peregrino en esos momentos, con un coterráneo danzando en el cielo y aplaudido por todo el mundo!

Años después, alejado del comando de las aeronaves por problemas cardíacos, no faltaba algún ex alumno que invitaba al veterano campeón para volar juntos. Ya en vuelo, el viejo maestro sonreía satisfecho y sugería: “¿Qué tal si nos revolcamos un poquito?” Enseguida el avión iniciaba una espectacular danza aérea, como si el piloto en ese momento fuese el propio Mateo Boix. “Misterios” del doble comando ¿no?

El hombre pájaro santiagueño no solo volaba. También escarbaba su tierra en busca de raíces. Gustaba de recorrer el pago silipiquero, volando o caminando, en busca de vestigios de obras hídricas precolombinas, de las cuales aseguraba su existencia a quien quisiera escucharlo. También disfrutaba escuchando a los vidaleros de su pago, o a su hermano bandoneonista. Siempre volvía a Caspi Cuchuna para compartir la mesa con parientes y paisanos.

En cuanto a su hazaña mundial, hasta fines de los años ’60 hubo pilotos rusos, estadounidenses y de otros países que intentaron superarlo. No es fácil soportar tanto tiempo de concentración mental y sometido a la fuerza centrífuga. Además, es un gran esfuerzo el que debe aguantar la aeronave.

Finalmente, la Organización de Aviación Civil Internacional aclaró que el looping continuado no es un record oficial de la OACI. En una antigua fábula europea, un zorro dice algo parecido respecto a unas uvas.

El imbatido campeón ya no está entre nosotros. Una plaza del barrio Aeropuerto lleva su nombre, bautizada en presencia del gran piloto, cuando su salud aún le permitía estar en el homenaje.

Los paisanos silipiqueros, cada vez que ven un avión surcando el cielo de su pago, sabiamente repiten la frase de aquella época, cuando su piloto vivía: “Ahí va Mateo Boix”.

14 de Octubre de 2.008.

Un agradecimiento especial al historiador de vivencias santiagueñas Don Pedro Rojas Cuozzo, por los datos proporcionados.

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