Por Crístian Ramón Verduc
16/03/2010

“Ckarisitu na atun ckaaspa/ mamayta ‘rimacherani/ pay “mana, mana” nishcaptin/ llajtaymanta llojserani”… cantaba Don Sixto Palavecino, y aún canta en los Domingos de Alero Quichua su chacarera Llajtaymanta Llojserani (Abandoné mi Querencia). La grabación de hace varios años sigue siendo escuchada antes de cada audición. “Viéndome hombrecito ya grande, hablé a mi madre. Mientras ella decía “no, no”, salí del pago”, sería una traducción literal de esta hermosa y sentida poesía quichua. Para el canto en castellano, decimos: “Ya sintiéndome hombrecito/ hablé a mi madre de ausencias./ Ella se quedó llorando,/ yo abandoné mi querencia.”

El paisano de distintos lugares suele emigrar en busca de mejores condiciones de vida. Esto no solo es producto del centralismo y concentración de recursos, sino que también se debe a cierta condición hereditaria del ser humano. Emigrando en busca de otros horizontes es como nuestros antepasados poblaron el continente que llamamos América.

Los pueblos tupíes y guaraníes, cada tanto migraban en grandes grupos, buscando “La Tierra Sin Males”. Era su búsqueda del equivalente al Paraíso Terrenal de las religiones cristianas.

Los montes, esteros, salinas y ríos santiagueños fueron testigos de la llegada de gente de diversas regiones a lo largo de los siglos: En tiempos inmemoriales, llegaron los primeros pobladores. Luego esos pobladores fueron invadidos, visitados o desplazados por otros grupos, procedentes de otras zonas. En algún momento llegó la colonización incaica. Pronto nomás también llegó la colonización española.

Siendo ya una provincia argentina, Santiago del Estero recibió inmigrantes de distintos lugares del mundo, y aún los sigue recibiendo. Cada uno de ellos con sus motivaciones. Unos vienen buscando una tierra de paz, otros llegan buscando nuevas oportunidades. Hay quienes vienen en busca de una música que impactó en su corazón.

El santiagueño también emigra, generalmente para vivir en las grandes ciudades, especialmente en Buenos Aires. Hay más santiagueños fuera de nuestra provincia que en ella misma. Y están los obreros golondrinas, que salen de algún lugar de Santiago para trabajar durante unos meses en determinada labor rural o urbana y luego vuelven. Así cumplen ciclos anuales como los de las aves.

Una zamba salteña decía: “…queremos el horizonte, pero él se va...” Es algo que nos pasa a los humanos. Por curiosidad y por diversas inquietudes, queremos ver qué hay más allá de lo visible… más allá del horizonte.

Tal vez ese afán del ser caminador se debe al mandato natural de ocupar todo el planeta sin saturar ninguna zona. Hay muchos animales que parecen responder a ese mandato y van trasladándose por la faz de la tierra a lo largo de los milenios.

Cuando pensamos en migraciones, enseguida vamos hacia las aves. Casi de inmediato evocamos a las golondrinas y sus viajes anuales entre el Hemisferio Sur y el Hemisferio Norte, evitando los fríos invernales. Así también, muchas otras especies hacen viajes similares en la época de los equinoccios. A esta altura del año, ya tenemos a varias especies volando hacia el Norte. Algunos animales viajan por etapas, como si no tuviesen apuro. Otros hacen viajes rápidos y con pocas escalas, o ninguna.

En los humedales de la desembocadura de los Río Salí, Gastona, Medina y Marapa, en el lago artificial de Las Termas de Río Hondo, suelen llegar especies migratorias, de paso hacia el Sur en Primavera y hacia el Norte a finales del Verano. Se pueden ver patos, gansos, cigüeñas y chorlitos, todos ellos migrantes, conviviendo por un tiempo con los que conforman la población permanente. Algo similar ocurre en el sur de nuestra provincia, en los bañados de los ríos Dulce y Salado, en las grandes lagunas y en Mar Chiquita. Estos viajeros alados harán su gran travesía dos veces por año durante toda la vida. Van y vienen. Tienen dos lugares de residencia en el mundo.

Así también el humano emigrante arma su nueva casa en el lugar donde decidió asentarse para poder alejarse de los inviernos de la vida en su terruño. Generalmente, cuando siente que en el pago adoptivo lo está alcanzando el frío, o cuando ve calidez en su tierra de origen, el criollo migrante vuelve.

El santiagueño vuelve a Santiago. Aunque sea en el final de su vida, vuelve. Vuelve hacia la tierra que, con los ojos del corazón, ve Sin Males.

16 de Marzo de 2.010.

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