Por Crístian Ramón Verduc
13/07/2011
No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir…

“No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir…” solía cantar el bonaerense Facundo Cabral. Su modo de vida era coherente con su decir. Cantando y pregonando anduvo por más de ciento cincuenta países. Finalmente lo atrapó la muerte en un país centroamericano, dentro de la Patria Latinoamericana, justamente en un nuevo aniversario de la declaración de la Independencia de nuestro país argentino.

La prédica de Facundo Cabral apuntaba a no apegarse a los bienes materiales. “Quien posee, debe cuidar sus posesiones. Mano ocupada, mano perdida”, solía decir Facundo. También animaba a obrar bien. “Si los malos supieran las ventajas que tiene el ser bueno, se harían buenos aunque sea por negocio” decía. Uno de los ejemplos a los que apelaba: “He visto a la Madre Teresa entrar en varios países sin que le exijan pasaporte, y está bien. ¿Quién pediría documentos a Jesús?”

Consecuente con su amor a la libertad, se declaraba “el más pagano de los predicadores.” Es que Facundo Cabral no estaba atado a ninguna religión en particular, por que admiraba, respetaba y daba a conocer las bondades de todas las religiones y de todo predicador bienintencionado. Entre serio, solemne, irónico y bien humorado, recorría el mundo dejando su mensaje de tolerancia y amor al prójimo.

El cantor y predicador trotamundos terminó su existencia física en Guatemala. La tragedia pudo haber ocurrido en cualquier lugar, pues su vida transcurría por el mundo.

Entre nuestros paisanos santiagueños también hay muchos que dejan sus huesos en tierras lejanas, y no tan lejanas aunque no son precisamente tierras del pago. Suele ocurrir que el santiagueño, aunque jamás se aleja del todo de su tierra y sueña con el regreso, no puede retornar al terruño tantas veces soñado.

En realidad, ese soñar con el pueblo o campo donde transcurrió su infancia, no es exclusivo del santiagueño. La gente de otros lugares del mundo suele sentir la nostalgia y las ansias del regreso, sobre todo cuando presiente el final de su vida. Generalmente se exalta la nostalgia del santiagueño por que, por alguna razón íntima, los poetas y cantores de nuestros pagos han dado a conocer todo un poemario y cancionero que expresa con vehemencia el apego a su vida en un tiempo determinado, en algún paraje de la provincia de Santiago del Estero.

Cargado de nostalgias, con ansias de mejorar su nivel de vida y volver portando cosas buenas para el terruño, el paisano santiagueño sale a recorrer el mundo. Una parte de su ser carga con el afán de poseer, de ascender materialmente en la sociedad; otra parte de sí quiere despojarse de ataduras y volar libre por el mundo. Es capaz de llegar a manifestar “no soy de aquí ni soy de allá” para sentirse verdaderamente libre. Pero el suelo querido no es una jaula, sino que es el hogar, es el nido que dejó para emprender el vuelo, y esa libertad del paisano emigrante no se desconecta del punto de partida. Los provincianos de distintos países suelen reunirse en centros tradicionalistas o de residentes, para bregar por mejoras para sus lugares de origen. Jamás se alejan del todo de sus pagos.

Los centros de residentes santiagueños diseminados por toda la República Argentina son una muestra del afán de nuestro coterráneo y de sus descendientes por hacer algo a favor de nuestra provincia y de no perder el vínculo con el lugar que los vio dar sus primeros pasos por la vida.

Uno puede vivir en cualquier lugar del mundo y llegar a conformarse con la realidad circundante, que es una forma de vivir plenamente la vida, pero cuando la vida permite que vuelva al pago aunque sea por unos días, el corazón se dispara de alegría y los sentidos se amplifican para percibir todo lo que hay en esos montes, salitrales, campos, ríos y esteros que nos indican que estamos llegando al caserío de donde uno ha salido alguna vez, hace mucho tiempo. Siempre parece mucho el tiempo de ausencia, al margen de lo que matemáticamente nos indique el almanaque.

En el viaje de regreso uno va percibiendo cómo mudan los paisajes: va cambiando el color de la tierra, cambia el tipo de vegetación, los animales que se pueden ver a la distancia desde el vehículo son algunos parecidos pero la escasez o abundancia de ciertas especies nos hace notar que vamos transitando por distintos sistemas de vida natural.

Con los kilómetros recorridos, el paisaje va tomando forma de Santiago del Estero. Si venimos desde Buenos Aires, las grandes extensiones de pastos con ganado vacuno y sembrados va transformándose en una amplia zona de esteros seguida de montes alternados con campos labrados, hasta que poco a poco aparecen las poblaciones de la Mesopotamia Quichuista entre los ríos Dulce y Salado. Si venimos del Litoral Fluvial, el color de la tierra pasa del rojo al oscuro y luego al grisáceo, alternándose los montes altos con las grandes extensiones sembradas o pobladas de ganado, para entrar después de Suncho Corral en esa Mesopotamia lingüística que precede a la Madre de ciudades. Si venimos desde las sierras cordobesas o catamarqueñas, el gradual aplanamiento del suelo nos indicará que estamos llegando a la tierra de las chacareras.

Cuando ya estamos en nuestra ciudad o en nuestro pueblo de origen, nos sorprenderemos ante la sensación de que ha sido apenas ayer el día de la partida, eso que no todo está como era. Hay cosas que han cambiado para bien y hay males que se han acentuado. Al adentrarnos nuevamente en lo cotidiano del pago vamos sintiendo satisfacciones y decepciones, pero estamos en nuestro lugar, que es lo más importante.

Entonces vienen los encuentros con amigos, las juntadas guitarreadas o largamente conversadas, donde mostramos nuestro irrenunciable deseo de ser parte activa de la comunidad, negándonos a ser observadores o víctimas de lo que es corregible y no se corrige aún.

Los que llegamos de lejos y los que vivimos en Santiago en forma permanente, queremos hacer algo para que lo básico de los lugares a los que pertenecemos, se afiance para bien de todos. Sabemos que nuestro pago no es solo para nosotros, simples pasajeros de la vida. Somos conscientes de que hay que construir el terruño para nuestros descendientes y para ser buenos anfitriones de los visitantes.

Somos de aquí, aunque en parte también seamos de allá.

13 de Julio de 2.011.

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