Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  09/08/2011
Un Domingo en el Alero, fue donde te conocí.

“Un Domingo en el Alero, fue donde te conocí.” Así comienza el gato Sónckoy Quichua (Mi Corazón Quichua), de Lázaro Moreno. Es una letra amorosa que relata un romance real o ficticio nacido en un Domingo de Alero Quichua. El quichua santiagueño y el castellano regional se mezclan graciosamente en esta bella pieza musical del payador quichuista santiagueño.

Respecto al nacimiento de este chango cantor y andariego, el dato que tenemos es que ocurrió el 14 de Agosto de 1.962. ¿El lugar? Lázaro mismo dice: “Yo soy nacido en el monte, y allí nomás mei criao…” y en otra copla aclara: “¡Achalay! Paraje Sauce, la tierra donde he nacido.” Cuando la gente del Alero Quichua conoció al payador, él vivía en el paraje San José, al Este de Herrera, entre la Ruta Nacional 34 y el Río Salado, en plena Mesopotamia Lingüística Santiagueña. Después se mudó al pueblo de Herrera, donde vive hasta ahora.

Podríamos retrucar a Lázaro diciéndole: “Un Domingo en el Alero, fue donde te conocí”, pues la primera vez que lo hemos visto y oído, el payador había venido a nuestra audición junto al poeta quichuista Alfonso Nassif. Este acontecimiento se habrá dado a principios de los años ’80. Ese día, ha comenzado cantando cosas criollas de antes, algunas de otros autores y otras de su autoría. Cuando el poeta le ha pedido que improvise, Lázaro comenzó a describir los acontecimientos de ese día y lo que iba viendo en ese momento en el salón auditorio de Radio Nacional, lleno de gente. Todo esto lo hacía cantando en ritmo de milonga pampeana, con una rima impecable y voz gaucha. Como el cantor era recién llegado, Rubén Palavecino se ha puesto a dictarle los nombres de algunos de los presentes, y Lázaro cantó algo para cada uno, describiendo la ropa, la postura, la sonrisa, lo que tenía en la mano… y hacía que eso rimase incluso con el nombre de la persona. Durante el tincunácuy (encuentro) posterior a la audición radial de ese día, ha seguido sorprendiéndonos gratamente. “Pocho” Nassif, hombre del departamento Figueroa, cuando ha conocido al payador quichuista adolescente, ha considerado que el lugar adecuado para su crecimiento era justamente el Alero Quichua Santiagueño.

Nadie preguntaba cómo, pero cada tanto el jovencito viajaba más de 160 Kilómetros hasta la ciudad de Santiago del Estero para compartir con la gente del Alero y de la actividad poética de nuestro medio. Así ha ido aumentando su círculo de amistades y las posibilidades para difundir lo que tenía para cantarle al país. Poco tiempo después nos ha avisado con mucha alegría que había comenzado a estudiar en la escuela secundaria. Hemos sentido también una gran alegría, pues “nuestro” payador ampliaría así su horizonte cultural.

Con la embajada musical de Santiago, Guitarra y Copla, comandada por Juan Carlos Carabajal, Lázaro Moreno recorrió la provincia y concretó sus primeras grabaciones. El changuito de Herrera ya era un hombre seguro de sus convicciones, las que defiende con firmeza, sin preocuparse mucho por que esas verdades le cierren puertas, especialmente en los grandes festivales.

Su talento lo llevó a actuar en las jineteadas de nuestra provincia primero y luego por todo el país, Uruguay y Sur de Brasil. Poco a poco, ver a Lázaro Moreno en Herrera durante un fin de semana se hizo muy difícil. Es que el Miércoles o Jueves debe tomar un ómnibus y emprender viaje hacia el lugar de la Patria donde su arte es requerido. De allá vuelve el Lunes o Martes para estar con su familia, su gente, sus montes, su vida. No hace falta ser muy imaginativo para entender que Lázaro, al igual que otros servidores públicos itinerantes, se pierde muchos acontecimientos importantes de sus hijos por que debe viajar.

La tarea de un payador como Lázaro Moreno es un servicio público, aunque no esté dependiendo de las arcas estatales. Cada semana se encuentra con un grupo humano distinto, al que no solo le canta y habla de cosas camperas, sino que también trata de hacer entender la realidad de nuestras comunidades ciudadanas o rurales. No escatima palabras cuando de exigir mejoras para el criollaje se trata. No son exigencias infundadas. Lázaro está bien fundamentado en sus conocimientos de la Historia y de la realidad actual, por eso puede formar su propia opinión y exponer su mensaje. Si después de escuchar al payador santiagueño uno piensa aunque sea ligeramente distinto o, mejor aún, le quedan preguntas por hacer o hacerse, el trabajo del educador guitarrero ha sido exitoso.

Los escenarios de luces fuertes y mucha publicidad no son para él. No es útil que mucha gente al mismo tiempo escuche a un hombre de alpargatas fustigando a quienes se creen poderosos y se aprovechan de sus propios empleadores. Es mejor que esos empleadores sigan acatando las directivas de sus empleados sin prestar mucha atención a un pregonero de aspecto simple que no accede al éxito comercial.

Lázaro escribe poemas para su terruño, para su gente y para sus sueños. Muchas de sus poesías han sido musicalizadas, han sido grabadas por él mismo y por otros intérpretes. Nunca deja de lado su lengua materna, la que practica con los quichuistas de Herrera o de cualquier lugar donde ande. Es un activo cultor del canto quichua y se declara admirador de la calidad poética de Don Vicente Salto, a quien no llegó a conocer, pero leyó toda su obra publicada.

En sus primeros años de actuaciones nacionales, Lázaro Moreno visitaba cada tanto los Domingos de Alero Quichua, en la medida en que sus viajes se lo permitían. También nos acompañaba en nuestras salidas hacia distintos lugares de la provincia. A medida que sus vuelos cancioneros se hicieron más frecuentes y lejanos, el payador dejó de visitar el Alero, aunque sin perder contacto totalmente.

“Domingo de Alero Quichua, mana ckonckasajchu ná” dice en su gato. Efectivamente, Lázaro Moreno nunca olvidará el Domingo de Alero Quichua, así como la gente del Alero no olvidará su presencia decidora y cancionera quichuista.

Los caminos llevan al gaucho cantor por los distintos pagos en busca de lo espiritualmente necesario para su corazón y lo materialmente necesario para los suyos.

Alguno de esos caminos lo ha de traer alguna vez a desensillar frente al Alero Quichua y apearse para compartir con esta parte de su gente paisana. Después, seguramente dirá cantando la última estrofa de La Ñaupa Ñaupa traducida por Don Pastor Ruiz: “Nami guitarrayan ‘rini. Total, huellascka sobrasckan…” (Ya me voy con mi guitarra. Total, caminos me sobran…)

09 de Agosto de 2.011.

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