Por Crístian Ramón Verduc
07/08/2012
Todos los días debe ser Día del Niño

“Todos los días debe ser Día del Niño”. Estamos en días de escuchar nuevamente la vieja frase. Es fácil hablar de lo que debería ser, de lo que deberíamos hacer, de ideales por los cuales luchar. Complicado es a la hora de recordar y obrar. En muchas ocasiones, los privilegios y beneficios que deberían ser para los niños, van a parar en adultos que luego de aprovechar la ocasión volverán a enunciar sus discursos idealistas.

Felizmente, en el mundo hay gente que va más allá de los discursos y de aquellas buenas intenciones que no pasan de las ideas. Por todas partes hay gente caritativa y emprendedora que está atenta no solo a las necesidades y anhelos de sus pequeños, sino también a los de los hijos de otra gente, especialmente los que por diversas razones tienen menos oportunidades en el comienzo de la vida.

No es cosa de ahora ni solamente de nuestros pagos; si averiguamos bien, encontraremos a lo largo de la historia gente que hizo y que hace por el bien de la infancia, cada uno desde su lugar en la vida.

Desde hace poco tiempo, en el Barrio 8 de Abril de la ciudad de Santiago del Estero, funciona el merendero Cuidemos de Nuestros Niños, que comenzó atendiendo necesidades alimentarias de vecinitos que se encontraban en situación de riesgo. El matrimonio que tuvo la feliz idea pidió ayuda a otras personas solidarias y, poco a poco, el grupo de niños beneficiados aumentó.

A la alimentación se agregó la donación de ropa, a las necesidades físicas de vestirse y comer pronto se agregó la formación social y educativa, con el aporte de su padrino Juan Carlos Carabajal y otros folcloristas como Claudio Acosta, Marito Ruiz, Don Antonio Campos, Cañita Jiménez, Ramón Jugo y muchos otros.

Los artistas dedicaron parte de su tiempo a brindarse musicalmente, entusiasmar a nuevos benefactores y, fundamentalmente, reforzar la formación de los chicos con la prédica y el ejemplo de gente de bien.

El matrimonio formado por Lidia Barrera y Carlos Cejas cambió totalmente su modo de vivir. Ahora su casa es la casa de “los chicos del Ocho”, que parecen ser sus hijos, Juan Carlos Carabajal parece ser su compadre, los músicos, cantores y bailarines santiagueños son amigos de la casa. Todos haciendo algo por una niñez que, ante el estímulo del reconocimiento y la confianza, responde exponiendo lo mejor de sí.

No hay nada oculto o guardado en el merendero de la calle Absalón Ibarra 343; hay certeza de que nadie va a llevar lo que no le pertenece ni va a dañar algo intencionalmente. El ambiente de familia se contagia en grandes y chicos.

Las reuniones guitarreras semanales hacen aflorar el espíritu bailarín y cancionero de los chicos. Muchos bailan, otros enseñan y ayudan a los que están aprendiendo; otros cantan, cuando no son todos unidos en un estentóreo coro ante una letra conocida; otros paran de bailar para alzar en brazos a un hermano más chiquito; otros miran y, sin darse cuenta, acompañan la música con un ligero balanceo del cuerpo, presagiando su futura entrada en el numeroso grupo bailarín.

Es admirable ver a estos pequeñitos cómo se acercan al padrino Juan Carlos, toman su cámara para sacar una foto y luego vuelven a dejarla en el lugar donde estaba, como cuidándose de no defraudar la confianza que se les brinda. Cuando hay reparto de algo, obran igual que en la escuela, formando una bulliciosa fila, con fuertes risas y empujones suaves.

Los niños del merendero del barrio 8 de Abril concurren a las escuelas cercanas. Algunos talentosos están recibiendo el beneficio de una mejor formación artística en escuelas particulares. Hay un buen futuro para la comunidad gestándose en un humilde domicilio de un humilde barrio santiagueño. Toda visita y contribución son bienvenidas.

Es fácil y placentero referirse a lo que uno conoce, como es el caso del Merendero del Barrio 8 de Abril. No es difícil imaginar otros emprendimientos en otros lugares.

Otro lugar conocido es La Feria de Upianita, donde van las familias cada Sábado a disfrutar de un día de vida al aire libre, en contacto con el bosque santiagueño y las expresiones folclóricas del pago. Mientras los adultos conversan o disfrutan del espectáculo, los más chiquitos pasean a caballo o en sulky, o simplemente juegan con elementos naturales, que bien puede ser tierra, a la manera de “los chicos de antes”, cuando aún no era necesario el alerta cancionero en el sentido de que deben jugar los niños en vez de que un aparato juegue por ellos.

Hay familias que tienen la feliz idea de llevar a sus hijos al Parque Aguirre, a la vera del Río Dulce, para que jueguen con arena, con piedras, con los juegos que la Municipalidad instaló y cuida, o simplemente para aprender a mirar el río y el vuelo de los pájaros. Y el Parque Aguirre no es el único parque o lugar de esparcimiento infantil con que contamos en Santiago del Estero.

El crecimiento de las ciudades hace necesario que los adultos, desde la función pública o la iniciativa privada, nos ocupemos de brindar a los niños espacios y momentos para que la vida moderna no los aleje de la Naturaleza.

En Argentina y otros países, el segundo Domingo de Agosto es Día del Niño. Es un día especial, con abundancia de fiestas, con juegos, regalos, algarabía y gran movimiento comercial. Es una realidad social impuesta a la que en general adherimos, evitando que nuestros niños cercanos se vean distintos a los otros.

El Día del Niño debe ser todos los días, y es posible la concreción de la idea. Debemos prestar atención a nuestros chiquitos, mostrarles y permitirles que descubran la realidad del mundo, encaminarlos hacia la bondad y hacia el bien sin ignorar que también existe el mal agazapado en cualquier oscuro rincón.

En la medida de nuestras posibilidades, cada uno nos ocupamos de que nuestros niños tengan su día en cada día del año. Gracias a Tata Yaya, existen también personas que ven más allá y se ocupan también de mejorar el presente y futuro de los hijos de los vecinos, creando un contagioso ambiente de alegría sana y constructiva.

Emprendimientos como el merendero Cuidemos de Nuestros Niños, en el Barrio 8 de Abril, nos permiten vivir hermosos momentos de felicidad con la infancia. Brindar sana alegría a los más chicos nos permite redescubrir lo que expresara la poesía de la bandeña Blanca Irurzun: “… lo mejor de mi tierra son los ojos de los niños.”

07 de Agosto de 2.012.

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