Por Crístian Ramón Verduc
19/03/2013
Yo no me llamo; me llaman…

“Yo no me llamo; me llaman…” El chusco paisano responde con picardía ante la pregunta respecto a su nombre. En son de broma, está respondiendo con una gran verdad por que, después de todo… ¿Quién eligió su propio nombre? Hasta donde se conoce, lo normal es que nuestros mayores hayan decidido el nombre de cada uno de nosotros. 

Si fuésemos una individualidad solitaria perdida en la inmensidad, lo más probable es que no tendríamos un nombre, por que íntimamente tenemos la idea de Ego, Yo, Uno Mismo, pero en cuanto a nombres, solamente necesitamos individualizar a todas las otras personas, seres y objetos que nos rodean. Respecto a nosotros mismos, a Yo mismo, no tenemos dudas y no necesitamos el nombre, salvo para presentarnos ante otros, pues ellos sí necesitan saber nuestro cómo llamarnos, así como nosotros necesitamos saber el nombre de ellos. 

Los progenitores eligen un nombre adecuado para cada uno de sus hijos antes o inmediatamente después del nacimiento. Lo mismo ocurre con las instituciones y grupos humanos que van a tener una vida mas o menos prolongada; en esos casos, los integrantes del grupo deciden ponerle un nombre. 

En el caso de los conjuntos musicales, algunos adoptan un nombre en los primeros ensayos. Otros comienzan a actuar y sobre la marcha eligen una denominación acorde con la personalidad del grupo. Dicen que uno de esos casos es Los Sin Nombre, que decidieron reflejar tal situación en el nombre del conjunto. En Junio de 1.973, un trío de jovencitos fue invitado a formar parte de la delegación que llevaría el mensaje del Alero Quichua Santiagueño a una escuela en Puesto del Medio (departamento Capital). Próximos a subir al escenario, los cantores le avisaron a Felipe Corpos que aún no habían puesto nombre al conjunto. Inspirado en los fogones que rodeaban para calentarse en la fría noche invernal, Don Sixto Palavecino le había dicho a Corpos que podrían llamarse Conjunto El Fogoncito, y Felipe entonces los bautizó, sobre el escenario en el momento de presentarlos: Los Fogoneros. 

El emprendimiento cultural tradicionalista que nos reúne nació prácticamente sin nombre, por que los integrantes iniciales, ocupados en la organización de la audición y la redacción de libretos, llegaron al primer Domingo de Octubre de 1.969 sin haber pensado en un nombre y salieron al aire por la emisora LV11 Radio del Norte como Audición Quichua. Después decidieron de común acuerdo llamar al proyecto cultural Alero Quichua Santiagueño. Inicialmente no habían pensado en la necesidad de tener un nombre, pues ellos sabían quiénes eran, pero una vez puesto a funcionar el proyecto en la que sería su principal actividad, decidieron idear la frase con que identificarse en la radio y en la vida cultural santiagueña. 

Las naciones, las grandes comunidades que nacieron a partir de clanes o pequeños grupos que fueron creciendo o uniéndose a otros, primero tenían solamente la noción de “nosotros” y de “ellos”, “aquellos” o “los otros”. Lo más probable es que los nombres de las comunidades y naciones hayan sido puestos por sus vecinos, de donde surgirían nombres como “Los del otro lado del río”, “Los de las tierras altas”, “Los Sureños”, “Gente de los castillos” (Castellanos), “Los del Poniente”, “Los Suris”, etc. 

Ante un idioma distinto al que utilizamos, necesitamos saber cómo se llama ese idioma. El nuestro, si aún no tiene nombre, lo más probable es que sea llamado “Nuestra habla”, “El idioma nuestro”, “El habla de la gente” o nombres similares. 

El idioma del pueblo guaraní, es llamado Avañe’ê (Avá ñeé) por sus hablantes, expresión que se traduce como “el habla del hombre”. 

Al idioma de la gente del Sur de nuestro continente, al que ellos mismos llaman Mapudungun (El Hablar de la Tierra), los cronistas de la conquista española lo llamaban Araucano o “lengua de Chile”. El pueblo mapuche (Gente de la tierra) llama “huinca” al extranjero y llama “Huincadungun” al habla de ese extranjero, en una clara muestra de las ideas “Nosotros los de aquí, de la tierra” por una parte, y “Ellos, los de otras tierras”, por otra, cada uno con su modo de hablar. 

El nombre del idioma general del Tahuantinsuyu es ‘Runa simi o ‘Runasimi; viene de ‘Runa, que significa gente, persona, y Simi que significa boca o, por extensión, habla o idioma. Se traduce como “El habla de la gente”. 

El nombre Quechua para el idioma del Tahuantinsuyu, tiene origen español. En nuestro pago decimos Quichua, posiblemente por que la I es más natural que la E para el hablante. Los santiagueños, incluso los no quichuistas, acostumbramos pronunciar una I en algunas palabras castellanas con E. Lo mismo ocurre con la O castellana, que suele ser reemplazada por una U, especialmente en los apodos derivados del nombre de la persona, o hipocorísticos, como dicen los que saben de idiomas. Vamos a unos ejemplos: Decimos Humbi por Humberto, Luli por Lorenzo, Michi por Mercedes, Ishicu por Isidro, Vichi por Vicente, Llamu por Ramón, Quishu o Quishula por Crecensio, Shiba por Sebastián, etc. 

No está de más recordar que en muchos casos, una O final es reemplazada por una U cuando en nuestra región del Noroeste Argentino cuando hablamos en castellano (perritu, vinitu, gordu, flacu, etc); posiblemente todo esto ocurre por influencia del habla trivocálica de los antiguos habitantes de lo que los españoles llamaron Imperio Incaico. 

Ante estas inquietudes descubrimos que es necesario aprender cada día un poco más respecto a la historia de nuestro continente en general y de nuestra gente cercana en particular. Necesitamos saber el nombre del prójimo para tener cómo llamarlo, diferenciando a unos de otros. 

Claro que, fundamentalmente, necesitamos saber quiénes somos nosotros, el pueblo bilingüe de la mesopotamia de los ríos Dulce y Salado de la provincia de Santiago del Estero. Escuchando y leyendo a quienes conocen más, podremos ir ampliando nuestro panorama. 

En una de ésas, ganamos el derecho a mudar nuestro nombre de Quien Sabe Muy Poco para Quien Sabe Un Poco Más. 

19 de Marzo de 2.013.

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