Por Crístian Ramón Verduc
26/03/2013
¡Ama quechuaaychu, maestritu!..

“¡Ama quechuaaychu, maestritu!..” Así recitaba un poeta quichuista en un Domingo de Alero de los años ’80. Por el momento no está fácil recordar si ese poeta era Don Carlos Maldonado o uno de los tantos hablantes que visitaban la audición. 

Ese verso ha quedado grabado a fuego en la memoria, igual que el motivo del poema. Lo que por ahora no está conservado es el resto del texto poético. Era un poema que relataba el caso de un niño que por primera vez tenía un trompo y no podía aguantar las ganas de jugar con él. El maestro le había dicho que en hora de clase debía guardar el juguete y prestar atención. Ante el incumplimiento del alumno, el docente le advirtió que la próxima vez le quitaría el trompo. 

En cierto momento, la ansiedad pudo más que la prudencia y el changuito sacó nuevamente su trompito mientras el maestro explicaba algo. Embelesado por la perfecta figura cónica de madera con una puntita metálica, con su parte superior hemisférica terminada en una cabecita cilíndrica, el niño no advirtió que el maestro se aproximaba para cumplir con su advertencia. De ahí el ruego lloroso: “¡Ama quechuaaychu, maestritu!” 

El diminutivo es una muestra de afecto (“Maestro, usted es mi amigo”). Ama quechuaychu es un reclamo doloroso de cinco siglos: “No me quite, maestrito. No me quite, amigo mío. No me robe, hombre de la ciudad. No arrebate lo mío, visitante de lejanas tierras.” 

Don José Marcelino Ruiz, hombre de Manogasta, histórico poblado ubicado unas cinco leguas al Sur de la ciudad de Santiago del Estero, contaba en las clases sabatinas de la Escuela de Quichua del Alero que, cuando los conquistadores llegaron a lo que hoy es Perú, los habitantes del Tahuantinsuyu observaron que esos visitantes tomaban lo que quisieran sin pedir; arrebataban, robaban. Entre ellos, se referían a los españoles como quíchuaj o ckéchuaj, lo que se traduciría como usurpadores o arrebatadores. De tanto escuchar esa palabra, los españoles habrían pasado a llamar quechuas a los habitantes originarios y luego por extensión a su idioma. 

El relato de Don Ruiz quedó como una posible explicación al origen de la palabra quichua, o quechua. El Profesor Domingo Antonio Bravo, al igual que las docentes Isabel Garnica de Pappalardo y Silvia Bernasconi, ya nos habían enseñado que el nombre original del idioma es ‘Runa simi (la palabra o voz del hombre, por que Simi significa boca). 

Según el Profesor Bravo, el idioma llegó a nuestras tierras en boca de los ayudantes de los conquistadores españoles, por eso se arraigó con el nombre de quichua, parecido a la palabra quechua utilizada por los españoles, pero con la i característica del habla tahuantinsuyana. Aún existen diferencias entre los estudiosos de nuestro continente en cuanto a la aceptación o no del uso de la vocal E y de la vocal O en el ‘runa simi.
Hoy, cuando una serie de circunstancias nos llevan a pensar en el arrebato, en la apropiación violenta y sin reparos de lo que a uno no le corresponde, viene a la memoria el reclamo: ¡Ama quechuaychu! 

Aprovechando la formidable herramienta para la comunicación que es Internet, conseguimos ayuda y llegamos a http://air.aler.org/index.php/component/content/article/7-noticias-de-pueblos-indigenas/193-peru-el-runasimi-idioma-de-los-incas 

En ese sitio podemos escuchar al Profesor Mario Galicia Panica explicando respecto al porqué de la errónea adopción del nombre Quechua para el ‘Runa simi. Cuenta que en 1540 llegó al Perú Fray Domingo de Santo Tomás; el sacerdote, que fue misionero, lingüista y Obispo, aprendió el idioma de los nativos y escribió la gramática más antigua conocida del ‘runasimi. 

Cuando los nativos veían a los españoles robando y arrebatando, se referían a los mismos con la expresión “quéchuj ‘runacuna”. Quéchuy significa “quitar con violencia”. Cuando Fray Domingo de Santo Tomás publica su gramática, se refiere al idioma de la gente del país como Quechua. Dice el Profesor Galicia Panica que la palabra quechua es un derivado de quéchuy, que vuelve hacia los tahauantinsuyanos por retroversión, como un rebote por ser la palabra con que se referían a los españoles. 

En el pueblo quichuista de Santiago del Estero y gran parte del pueblo no quichuista, la palabra Quichua está aceptada e incorporada a la cultura popular como nombre del idioma regional recibido de nuestros mayores. Somos conscientes y sabedores de que el nombre original era ‘Runa Simi o ‘Runasimi. Comprendemos que en Perú y otras partes del continente llaman Quechua al idioma. También muchos de los hablantes utilizan el verbo Quéchuay o Quéchuy para decir arrebato, usurpación o apropiación indebida. 

Si hoy renunciásemos a llamar Quichua al idioma de nuestros mayores, se desmoronaría el movimiento quichuista en muchos aspectos, para luego resurgir trabajosamente (o tal vez no). Por ejemplo, la poesía, donde las palabras quichua y quichuista han sido repetidas tantas veces con cariño… ¿deberían ser sustituidas? Lo mismo en los numerosos textos en prosa. ¿Y el Alero Quichua Santiagueño? ¿Debería cambiar su nombre? 

Es posible que lo razonable sea continuar llamando Quichua al habla que heredamos de nuestros mayores, sin dejar de transmitir el conocimiento de que su nombre original es ‘Runasimi y que en otras regiones lo llaman Quechua. Debemos asumir que de un equívoco surgió un nombre que nos ha definido como pueblo, que ese nombre erróneo ha marcado la vida de generaciones de hablantes, que el quichua es parte fundamental en nuestra cultura. 

Eso sí: Debemos estar atentos ante el verbo Quéchuay, Quéchuy o Ckéchuy. En la vida personal y de nuestros emprendimientos comunitarios podemos encontrarnos con tentativas de usurpación, de arrebato. Debemos cuidar para que lo que es de muchos no vaya en algún momento a parar en poder de un usurpador o de unos pocos usurpadores. 

Tal vez por haber aprendido de los antiguos usurpadores, entre nosotros está instalada la mala costumbre de levantar algo entre muchos o con los recursos de muchos, y que finalmente lo construido vaya a parar en manos del más pícaro. 

Tenemos que tener la convicción y la firmeza suficientes para poder decir a tiempo: “¡Ama ckechuaychu!” “¡Ánchuy, súaj!” (¡No usurpes! ¡Fuera, ladrón!). 

26 de Marzo de 2.013.

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