Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  29/04/2014
A partir del 2 de Abril de 1.982 y en las semanas siguientes, los argentinos hemos vivido momentos intensos

A partir del 2 de Abril de 1.982 y en las semanas siguientes, los argentinos hemos vivido momentos intensos, con la atención volcada hacia las Islas Malvinas y el conflicto armado que se gestó y desarrolló alrededor de ellas. Todos los días leíamos los diarios, veíamos televisión, escuchábamos radio e intercambiábamos opiniones, ansiosos por saber sobre los acontecimientos de la guerra posterior a la recuperación de las islas. 

Aires triunfalistas y derrotistas se entrecruzaban entre el fervor popular por el triunfo ante el pillo que tantas de las suyas nos hiciera. Desde la expectativa preocupada de quienes tenían un familiar entre las fuerzas argentinas, hasta las humoradas de los despreocupados, el tema central era Las Malvinas. 

Desde un par de años antes, en las reuniones del Alero Quichua Santiagueño uno de los temas recurrentes era la necesidad de una sede social adonde celebrar las reuniones de Comisión Directiva, que hasta entonces habían tenido por sede la casa de Felipe Corpos, de Raúl Salvatierra, de Don José Marcelino Ruiz, la peluquería de Don Sixto, la casa de Ernesto Suárez, de Perla Tagliavini, de Teresa Pappalardo y seguramente de otros integrantes. El local también serviría para clases de quichua, las que antes se habían dictado en el Centro de Artesanías, en el Instituto San Martín de Porres y en el Museo Arqueológico. 

Por fin, en 1.982, disponíamos de un terreno donde construir el anhelado local. El Sábado 01 de Mayo nos hemos reunido en la esquina de las calles 8 y Granadero Saavedra del Barrio Sarmiento, para celebrar el Día del Trabajador cavando y llenando los cimientos de la futura sede social. Toda la gente del Alero estaba comprometida. Los jóvenes con palas, carretillas y baldes, algunas mujeres alcanzando agua o mate y tortilla mientras otras preparaban un locro en casa de Víctor “Chiquini” Gómez; los mayores acompañando y ayudando con su paternal presencia. 

Terminada la tarea, hemos caminado unas cuadras hasta la casa de Chiquini, guitarrero acompañante de Don Sixto y de los buenos cantores. Mientras compartíamos un locro escuchábamos la radio para saber algo sobre la Guerra del Atlántico Sur. Las noticias decían que aviones ingleses habían atacado Puerto Argentino, por un lado, mientras que aviones argentinos habían averiado un navío inglés y destruido aviones enemigos. 

El Domingo 2 de Mayo se hizo la audición radial normalmente, con los comentarios necesarios respecto a la guerra, pero también compartiendo con los oyentes la satisfacción por el comienzo de la obra en el local social del Alero Quichua. 

Entre esa noche y el día siguiente, llegó una noticia espantosa: ¡Un submarino inglés había torpedeado y hundido un barco argentino! Había muchos muertos… Poco a poco hemos ido recibiendo detalles de lo ocurrido: El submarino nuclear Conqueror había estado siguiendo al Crucero General Belgrano desde la mañana del Sábado. Mientras navegaba por detrás del General Belgrano, el Capitán del submarino pedía instrucciones a Londres. 

Finalmente, en la tarde del Domingo 2 de Mayo, el submarino recibió la orden de hundir el buque argentino. Con el disparo de tres torpedos, logró que dos de ellos provocasen graves daños en el crucero. En menos de una hora, el navío de guerra argentino se fue a pique. Durante las explosiones, poco tiempo después de ellas y a lo largo de las 24 horas en que los ateridos marinos esperaron en las balsas salvavidas hasta ser rescatados, ocurrió una gran cantidad de muertes. 

La pérdida de 323 hermanos en esa triste jornada dejó muy mal el ánimo de todos los argentinos. El hundimiento del General Belgrano no ha sido el único factor determinante para la rendición en la Guerra del Atlántico Sur, pero ha sido de gran peso. 

Con el paso de los años, las heridas de la guerra han ido cerrándose, pero dejando las lógicas cicatrices. Cada uno de los Combatientes es un héroe que ha arriesgado su vida por un importante objetivo nacional, como lo es la integridad territorial. 

El Domingo pasado (27/04/14) en el autódromo de Las Termas de Río Hondo, el Himno Nacional Argentino ha sido cantado por el tenor Darío Volonté, ante un público enfervorizado que agitaba banderas. Es normal que en un acontecimiento internacional actúe una figura internacional, pero en este caso, el hecho de ser el cantante un ex combatiente clase 1.963, sobreviviente del Crucero General Belgrano, ha dado un toque particular de emoción en los pagos de Ramón Edmundo Ordóñez, fallecido en combate en las Islas Malvinas, y en la provincia que entregó catorce vidas en la lucha por la soberanía argentina, cuatro de los cuales murieron con el Crucero General Belgrano. 

El navío de guerra era un viejo navegante que comenzó a andar por los mares del mundo en 1.938. Sirvió a los Estados Unidos y, pasada la Segunda Guerra Mundial, fue comprado por nuestro país. Sirvió a la Marina de Guerra durante décadas, para terminar su vida en el Mar Argentino cumpliendo una honorable misión. 

Dicen que la Argentina es un crisol de razas, lo que significaría que es un país multiétnico, con gente de variadas procedencias. Algunos argentinos descendemos de gente que estuvo aquí desde tiempos inmemoriales; otros de inmigrantes y otros de ambas vertientes humanas. El caso es que conformamos una nación criolla o mestiza, con un sentimiento en común que se puede sintetizar con la palabra Argentinidad. 

Es esa Argentinidad la que tiene que prevalecer a la hora de reconocer el sacrificio de nuestros héroes. Los argentinos embarcados en el Crucero General Belgrano fueron héroes. Trecientos veintitrés de ellos murieron a causa del ataque sufrido en las frías aguas del Sur. Debemos honrar su memoria, por encima de cualquier sentimiento sectario. 

Se podría sintetizar el sentimiento de Argentinidad en las palabras de un marino que una vez respondió a un reportaje televisivo referido al Crucero General Belgrano. Finalizando la entrevista, el periodista le preguntó cuántos camaradas suyos habían fallecido entre las víctimas del hundimiento. Adusto, erguido, pero con el Mar Argentino agolpándose en sus ojos, el Oficial Naval respondió: “En el Crucero General Belgrano, yo perdí…. trecientos veintitrés camaradas.” 

29 de Abril de 2.014.

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