Por Crístian Ramón Verduc
15/05/2007


 La tranquila Villa Mailín recibe, como cada año, a millares de personas de todo el país, que llegan motivadas por la devoción religiosa, por trabajo, por algún negocio, o por simple curiosidad ante el acontecimiento. En esta ocasión, haremos un viaje evocativo con el Alero Quichua Santiagueño. Para ello, nos permitiremos superar imaginariamente el tiempo y compartiremos con gente que está y otra que ya estuvo a la sombra de nuestro querido Alero Quichua Santiagueño:

              Un par de semanas después del Domingo de Pascua, la Comisión Directiva del Alero encomendó a Don Ernesto Suárez la tarea de organizar el viaje a la fiesta del Señor de los Milagros de Mailín. “Shaticu”, como le dice afectuosamente Don Sixto Palavecino, recorrió las empresas pidiendo detalles sobre precios y comodidades que ofrecen. Como ocurre en los últimos años, consideramos como mejor a una experimentada cooperativa santiagueña, aunque en ésta no es fácil cerrar trato. Al día siguiente de la reunión de Comisión, Don Sixto habla con el Sr. Ayala, directivo de la cooperativa, quien hace las gestiones internas para conseguir un buen coche a un precio razonable. En las primeras semanas, Shaticu desespera al no tener suficientes pasajeros. Faltando pocos días, comienzan a confirmar su participación en el viaje más gente que los asientos disponibles. Para que nadie quede de a pie, en ocasiones fué menester contratar un segundo ómnibus. Don Ernesto hace los pagos previos al viaje, la cooperativa cumple con los requisitos oficiales y... ¡Ya estamos “con un pie en el estribo”!

              El día Sábado amaneció frío pero con sol. Desde temprano, la peluquería de Don Sixto está colmada de bolsos, sillones plegables (para usar en la Villa), avíos y, por supuesto, los instrumentos musicales. La gente va llegando y forma grupos de conversación en la vereda de Alsina y Belgrano, mientras Shaticu verifica su nómina de pasajeros para saber cuando están todos. Algunos hacen compras de último momento. A las nueve de la mañana llega el colectivo. Una vez cargado el equipaje y sentados todos, “zarpa” el ómnibus, mientras algunos que no viajan quedan en la esquina saludando, como si estuviesen en un puerto marítimo. Es gente del Alero que ha venido a ver en qué podían ayudar y desear un buen viaje. El viaje es alegre, con los changos guitarreando en los últimos asientos. Carlos González, Don Suárez y Rubén Palavecino intercambian bromas que hacen reír a todos. En plena Ruta 34, nos detenemos para juntar leña del monte cercano. Los más “puebleros” vuelven con la ropa llena de janas y espinas, lo que es motivo de nuevas risas. Retomamos la ruta. En cada control policial, aparte de estar todo en regla, es el saludo de Don Sixto lo que hace breve nuestra parada. Doña Rosa Ledesma llega hasta el fondo del coche y dice: “Muchachos, estamos por parar... ¿Van a comprar empanadas de garza?” Habituados a comer empanadas de vaca o pollo, pasteles de vizcacha o estofado de iguana, los cantores dejan los instrumentos y se preparan para conocer la novedad. Al bajar, un cartel indica que estamos en Estación Garza, y hay venta de chipacos, pasteles, empanadas... todo de Garza.

              Entramos en Mailín y, apenas estaciona el vehículo en el terreno reservado, bajamos todos. En una columna compacta entre la multidud, vamos hacia la iglesia siguiendo el sonido del violín sachero acompañado por “un batallón” de guitarras y bombos. Doña Michi Sosa porta una bandera nacional con el emblema del Alero Quichua Santiagueño. El pueblo creyente hace una larga cola para entrar a tomar gracia. El Padre Ceri sale a la puerta, pide permiso a los peregrinos y hace pasar antes a la columna del Alero, que  homenajea al Señor de Mailín con música santiagueña. De vuelta al ómnibus, comienzan los encuentros con parientes y amigos de todo el país. Al atardecer, los changos encienden un fuego que arderá hasta el mate cocido del día siguiente. Luego vamos nuevamente encolumnados y con los instrumentos, esta vez hacia el escenario levantado junto a la entrada del templo. La multitud que está llenando la plaza recibe con afecto a los músicos y cantores.  Cuando toca y canta Don Sixto, mucha gente mayor se emociona hasta las lágrimas y le habla en quichua desde la plaza.

              Durante la noche, el grupo se reparte entre los fogones donde se canta y habla en quichua y “castilla”. Por ahí está Lázaro Moreno prendido en una payada con varios repentistas de distintos lugares, como un gran maestro de ajedrez jugando simultáneas. Rubén provoca el llanto de un paisano al cantar Penckacus Cáusaj Carani. Un quichuista pide un lugar preferencial para “el padre”, que no es otro que el locutor bonaerense Ramón Lareu con abrigo negro. El salavinero Pico Díaz nos hace reír con su ocurrente canto improvisado. Desde Pozo del Toba llegó el Maestro Gaucho Rodríguez, recitador quichuista. Mientras nos nutrimos de canto y diálogo bilingüe, la temperatura baja hasta congelar los charcos de agua luego del amanecer, cuando comienza a apagarse el canto y avivarse el fuego para el desayuno. Luego de la procesión en la plaza, es cuestión de embarcar para la lenta salida de la Villa y el viaje de regreso, con la mayoría de los pasajeros durmiendo, aunque todavía hay ánimo y voz en unos pocos para llegar cantando en Santiago, a las dos o tres de la tarde. Todos se despiden, agradeciendo al Alero Quichua por el viaje especial, mientras en su memoria aún suena Para el Señor de Mailín, de Juan Carlos Carabajal, cantada en la noche anterior por Alejandro Iñíguez y su bombisto ante la plaza llena de promesantes:

                                                         “Santo señor de los pobres,

                                                         esperanza santiagueña,

                                                         con el sónckoy retumbando

                                                         te canto esta chacarera.”

15 de Mayo de 2.007.

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