Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  15/09/2015
“Tu eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados”

“Tu eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados”, dice el filósofo árabe Khalil Gibran. Pensando bien, superando la tendencia excesivamente protectora de muchos de nosotros, algo de razón ha de tener.

Es necesario recordar de vez en cuando que los paisanos de estos pagos venimos de distintas vertientes culturales. Tenemos ancestros de pueblos originarios de esta parte del mundo, de la Península Ibérica y también de otros lugares lejanos. Si observamos Santiago del Estero, e incluso el Norte Argentino, veremos que una gran cantidad de pobladores tienen (o tenemos) también antecesores africanos, italianos, árabes, polacos y eventualmente de otras procedencias. Esos antecesores están visibles en los apellidos, en los rostros, en los cabellos y en las contexturas físicas.

Mal que mal, cada familia maneja sus cosas basada en la carga cultural heredada de sus antecesores, más la influencia del medio en que vive. Por eso es que, si bien hay hábitos que son comunes a toda la población, no deja de ser una gran verdad el dicho “cada casa es un mundo”, incluso en la manera de criar los hijos.

Hay familias que ya tienen previsto un modo de vivir, pero generalmente aparecen influencias externas que modificarán los planes para bien o para desagrado del grupo. Un ejemplo es lo que ocurre con Shunko (personaje del escritor Jorge W. Ábalos); el plan de vida para el pequeño era que se dedicase a pastorear el ganado menor hasta alcanzar la edad que le permitiese encarar tareas más complejas, incluso el emigrar hacia otros pagos para trabajos rudos, como hacían sus mayores por generaciones. De pronto, aparece en la vida de la familia un maestro que, en nombre del Gobierno, obliga a los niños a concurrir a la escuela, cambio que marcará la vida de ellos y de su descendencia.

Nuestros niños campesinos viven de un modo mas o menos parecido en la actualidad, disfrutando de la vida libre, en contacto cercano con la Naturaleza, hasta que llega la edad escolar con su carga de actividades específicas, las que abrirán nuevos horizontes para ellos, e incluso los preparará para cuando emigren hacia las ciudades, si llegan a hacerlo.

Si bien es cierto que sucedió muchas leguas al Sur de nuestra provincia, el cambio en la vida de El Gaucho Martín Fierro es en gran parte parecido a lo que puede ocurrir con nuestros coterráneos. Fierro vivía sosegado en su rancho con su esposa y sus hijos, hasta que ha sido incorporado al Ejército en forma compulsiva, dejando a su familia la responsabilidad de sustentarse y cuidar la casa. En esa época, en esas pampas no se hablaba de escuela.

De modo similar, las familias suelen verse parcialmente desmembradas cuando los mayores deben emigrar en busca de trabajo, con la diferencia de que acostumbran enviar dinero para los que quedaron o, si se trata de trabajos temporarios en laboreos rurales o trabajos urbanos en lugares turísticos, cuando vuelven traen con qué pagar las deudas contraídas por los que no viajaron y para hacer mejoras en la casa. En ocasiones y según las tareas a encarar, toda la familia emigra en forma temporaria hacia la zona de laboreos.

Todas estas circunstancias van moldeando culturalmente a los chicos que, de todos modos, están bajo el control de los mayores. Los pastorcitos como Shunko, se ausentaban de la casa durante casi toda la jornada y para pasar el día se arreglaban con el avío que llevaban de la casa, más lo que conseguían en el monte.

También algunas familias solían entregar a otras mejor posicionadas, alguna hija como “criadita” o algún hijo como “manserito”. Decíamos “criada” a la niña que crecía bajo tutela de otra familia mientras cumplía tareas de limpieza o cuidado de niños. Los manseros son quienes se ocupan del cuidado del ganado menor y de animales mansos en general. Por extensión, se había dado en llamar “mansero” o “manserito” el chico que se criaba bajo techo ajeno.

Khalil Gibran hace referencia a una flecha cuando habla de los hijos, para representar el vuelo que han de lograr en la vida, dependiendo ese vuelo en parte del instrumento que los lanzara, que les diera el primer impulso. El arco lanzador ha de darles el impulso inicial y la dirección, pero una vez suelto de la cuerda, el elemento volador está expuesto a la acción de los vientos de la vida y dependiendo de su propia punta, estructura y giros que quiera imprimir en su trayectoria.

El arco y la flecha constituyen un arma de mediano o largo alcance, más evolucionada que una lanza, un hacha o un cuchillo. El arco y la flecha aparecen en diversas culturas del mundo, incluso en nuestro continente. Esta arma ha sido utilizada tradicionalmente para la caza, aunque también para las matanzas entre humanos. Nuestros mayores, con el habla muy influida por los idiomas originarios, llaman “tangol” al arco. Es una palabra de acentuación aguda, con origen poco claro hasta ahora. Una ventaja de la caza con arco y flecha es la ausencia de los estampidos aterrorizantes de las armas de fuego.

Algunos inmigrantes árabes que se instalaban en zonas rurales de nuestra provincia, solían aprender el quichua antes que el castellano, por que era el idioma más utilizado por sus vecinos y por que la fonética les resultaba familiar. Por ejemplo, el nombre Khalil, que en muchos casos es cambiado por Jalil, tiene en su primera letra un sonido fuerte similar al de nuestra ck o q para palabras como ckari o qari (hombre), nocka o noqa (yo), ckam o qam (tú). Al pasar el sonido de la escritura original hacia la que acostumbramos, aparecen las dudas respecto a los signos que corresponden, lo mismo que nos ocurre por estos pagos, donde las discusiones sobre los signos a utilizar para el quichua parecen no tener fin.

Llega un momento en que la infancia sí llega a su fin. Nuestros hijos crecen y quieren (mas bien deben) emprender su propio vuelo. Queremos seguir protegiéndolos, queremos velar por su bien pero, por extraño que parezca, lo mejor que podemos hacer es quedar como el arco, que observa cómo su flecha vuela libre, mientras en silencio desea que llegue al blanco previsto, o a un destino aún mejor.

Uno vuela por la vida, cual flecha lanzada al cielo, y va modificando la trayectoria según los vientos de la existencia y el encuentro con otras saetas en vuelo. Hay que ser en la vida flechas de paz, de construcción y de búsqueda del bien común.

A la hora de tensarnos como arco para el vuelo de nuestros hijos, tendríamos que transmitir a ellos los mejores valores, acordes con el bagaje legado por nuestros mayores y en consonancia con la realidad actual.
En nuestra habla ancestral, páay es el verbo volar. El infinitivo cumple también funciones de imperativo. Una vez llegado el momento del lanzamiento, digamos: “Páay, huahuítay. Cusicus cáusay” (Vuela, mi niñito/a. Vive feliz).

15 de Septiembre de 2015.

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