Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  22/12/2015
“Quisiera ser como el cóndor, para no sufrir...”

dice una antigua vidala que cantan nuestros paisanos sacheros.

No deja de llamar la atención la mención al cóndor en una provincia alejada de las altas montañas que esa gran ave suele habitar. Su nombre científico es Vultur Gryphus. Los habitantes del Tahauntinsuyu lo llamaban cúntur. El nombre de cóndor es un neologismo hispánico, por la tendencia española que lleva a reemplazar las suaves u o i del quichuista por las fuertes o y e.

El cóndor es el ave de mayor envergadura que habita los territorios montañosos. Puede llegar a medir poco más de tres metros de punta a punta de sus alas abiertas. Su característica principal, aparte de su gran tamaño, es el collar de plumas blancas que destaca su cabeza pelada. El plumaje del cuerpo es negro, con las puntas de las alas blancas. Su fuerte pico en gancho es determinante de su nombre científico, pues Gryphus se inspira en el griego antiguo para decir que tiene el pico ganchudo. Vultur viene del latín y significa buitre. El cóndor es un gran buitre, bastante cercano al que en Santiago del Estero llamamos pala pala o cuervo.

El pala pala, llamado jote en La Rioja y otros lugares, se diferencia del cóndor principalmente por su tamaño, por la falta del collar blanco y por que no es habitante de las grandes alturas como el cúntur. El cóndor habita montañas elevadas, como mínimo a mil metros por sobre el nivel del mar. Es posible que su tolerancia a la densidad del aire tenga algo que ver en esta característica. Dicen que puede alcanzar alturas de vuelo de unos siete mil metros.

Como es un gran aprovechador de las corrientes de aire ascendentes, esos vuelos “hacia el cielo” no le causan mayor esfuerzo. Alcanzada una gran altura, se desplaza hacia donde quiera en un suave y elegante planeo, sin mover las alas. En esos casos, solamente puede mover apenas algunas plumas de la punta de sus alas o la corta y ancha cola para corregir el rumbo. La elegancia del planeo es una de las características apreciables de los buitres.

Como animales carroñeros que son, los buitres son “servidores públicos” de limpieza del ambiente, al dar cuenta de animales muertos, a los que detectan desde las alturas, bajan con cautela y se toman su tiempo de espera antes de empezar a comer. Satisfecho el apetito con unos kilos de carne descompuesta, el cóndor puede pasar unas semanas, mas o menos un mes, sin comer nuevamente; por eso se lo puede ver tranquilamente tomando Sol en una ladera de montaña o planeando majestuosamente en las alturas, aprovechando las corrientes de aire ascendente, ya sean de origen térmico o mecánico.

Las corrientes térmicas se dan por la menor densidad del aire que tiene mayor temperatura. Dentro de una masa de aire, el que es calentado por contacto con el suelo caliente se expande, se hace más “liviano” y pasa a instalarse por encima del aire con menor temperatura; para ello, se forman invisibles “chimeneas” de aire “caliente” (o menos frío) que sube hasta la altura que corresponde a su temperatura. Los vientos y brisas que se encuentran con la ladera de una montaña, para poder sortear el gran obstáculo y seguir el viaje que les corresponde como huayra (viento) que son, precisan rodear el obstáculo por los costados y por arriba. Ante una cadena montañosa, al igual que ante un gran barranco, el viento tiene que elevarse para poder pasar. Los buitres y otras aves (las cigüeñas, por ejemplo) detectan las corrientes ascendentes y las aprovechan para elevarse hacia el cielo.

El cóndor, un gran buitre, es también experto en el aprovechamiento del movimiento del aire. Ya tenemos claro, como plumas del collar, el comportamiento del cóndor. Lo que nos falta entender es por qué un animal de las montañas es cantado en nuestras llanuras, tan lejos de Los Andes. Los lugares más cercanos en donde se pueden encontrar cóndores están en la provincia de Córdoba, a cientos de kilómetros de distancia.

Posiblemente aún hay cóndores también en la provincia de Tucumán, en sus montañas distantes un par de centenas de kilómetros de Santiago. Catamarca, otra provincia cercana, es andina en su Oeste, a cientos de kilómetros de nuestros pagos de planicies. Los Incas tenían al cóndor en un concepto elevado, místico, cercano a la idolatría. Esta actitud de apreciar al cóndor es valorable pues, al ser el gran buitre un animal que trae un beneficio al ambiente, merece ser protegido, no molestado ni cazado como hacen muchos de nuestros congéneres “civilizados”.

Dicen que una leyenda incaica afirma que el cóndor, cuando siente llegar el fin de su prolongada vida (hasta cincuenta años), se eleva por sobre las montañas y, lograda la mayor altura posible, cierra las alas y se deja caer hasta el fondo de un precipicio para morir e inmediatamente renacer en su nido. Las coplas vidaleras dicen: “Quisiera ser como el cóndor para no sufrir, que se eleva cuando herido, allá en las alturas prefiere morir.” Es una visión muy cercana a la de los antiguos habitantes de Los Andes, al igual que: “No importa que muerto baje donde yo nací.

En la distancia que estoy, allá en las alturas no podré medir.” Es como para pensar que el tiempo y la distancia cambió un poco la idea de que el cóndor ha de elevarse a fin de que su picada suicida sea eficaz y de que va a renacer en el nido (“donde yo nací”). Con distancia recorrida y tiempo transcurrido, estas coplas nos dan una pista del contacto que en algún momento tuvo nuestra gente de las llanuras santiagueñas con la de las alturas andinas, casi seguro que con las del Tahuantinsuyu.

No prentendemos demostrar que el “imperio incaico” llegó hasta nuestro pago, mucho menos tomando una vidala como elemento de prueba, pero el reclamo en bonitas coplas vidaleras no deja de llamar la atención. Otra pregunta: ¿Por qué la vidala dice “cuando herido” si un animal de ese porte no debe de tener rivales que lo dañen? A lo sumo, podría ser que una pelea entre congéneres por cuestiones territoriales lo deje lastimado, pero difícilmente tales heridas sean mortales como afirma la vidala. Claro que, no debemos olvidar al gran lastimador de seres vivos: El ser humano.

Decíamos que el pueblo del Tahuantinsuyu respetaba al cóndor. Pero los nuevos habitantes de las regiones cercanas a esta gran ave, en su afán por proteger su ganado, han llegado a creer erróneamente que el cóndor mataba sus animales de cría. Incluso se escuchó afirmar que los cóndores “robaban” corderitos vivos. Estas creencias y la cacería por deporte causaron estragos en la población de cóndores. Otra causa de muerte temprana del cóndor puede ser la ingesta de algún animal envenenado.

Sea cual fuere la causa, casi siempre la muerte prematura del cóndor se debe a la ignorante acción humana. Es posible que muchos de nosotros tengamos alguna oportunidad de ver al cóndor en su ambiente natural, si viajamos hacia los lugares que habita la majestuosa ave, cuyo tamaño es superado en todo el mundo únicamente por el albatros entre los seres voladores.

Cuando veamos un cóndor, aprovechemos el momento para apreciar la bizarría de un animal grande que puede volar y, cuando se de la ocasión, expliquemos al prójimo que esta ave está en peligro de extinción por causa de nuestras prácticas equivocadas. Dejemos que el cóndor muera naturalmente en las alturas cuando alcance su medio siglo de vida, y no por nuestra causa. Nuestras hábiles manos de pulgar opuesto, ya están demasiado manchadas de sangre.

22 de Diciembre de 2.015

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