Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  30/08/2016
“Me gusta que otros tengan lo que a mí falta no me hace”

dice una chacarera que fue muy difundida en los años ’60. Éste y otros dichos contenidos en las coplas que componen este tema criollo, fueron repetidos muchas veces por los paisanos como sentencias, especialmente en ruedas de fogón.

Esta expresión en particular, indicadora de que es bueno alegrarse por los logros ajenos, especialmente cuando tales logros no nos dañan de ninguna manera, es parte del sentimiento que guía el modo de ser en una gran cantidad de gente, particularmente en el Norte Argentino.

Unos años más adelante, hubo un difusor radial que cuestionaba las propagandas imperativas, diciendo que no compartía el hábito de ordenar al oyente: “Beba ésto, coma ésto, compre esto otro”. Al momento de las propagandas, ese locutor decía: “Me gusta tal bebida, con gusto comería un...” y cosas así. Estamos refiriéndonos al locutor peruano Hugo Guerrero Martinheitz, el que además, sin haber visitado Santiago del Estero, gustaba mucho de la música criolla santiagueña, especialmente si era interpretada por Alfredo Ábalos, Los Manseros Santiagueños o Don Sixto Palavecino.

“El Peruano Parlanchín” ya no está, han pasado décadas desde entonces, las propagandas imperativas siguen en los continuadores de los locutores indirectamente cuestionados por Guerrero Martinheitz. En realidad, los locutores acatan disposiciones respecto a cómo manejarse en su trabajo, lo que incluye el modo de expresarse hacia el oyente y qué decir.

Los textos de las propagandas deben ser leídos por los locutores tal cual les son entregados. Pocos (o ninguno) gozan de la posibilidad de modificar los textos como lo hacía el locutor peruano nacionalizado argentino. Teniendo la posibilidad y la voluntad, cualquier cosa puede hacerse, pero si falta alguno de los dos elementos, es poco menos que imposible.

Los patriotas diseñadores de la nueva y gloriosa nación que dice el Himno Nacional Argentino pensaron en una República Argentina federal y con otras características que permitirían un desarrollo armónico y justo para nuestro país, pero gran parte de lo que fuera escrito por notables argentinos, ha sido “borrado con el codo” por otros argentinos, algunos notables y otros que obran desde las sombras.

Nuestros afanes están dirigidos principalmente al quichua santiagueño y las tradiciones de nuestra región. Tomamos como Norte el mandato “Ama súa, ama llulla, ama ckella” que nos dejaran nuestros mayores. El vivir sin robos, sin mentiras y sin perezas es un excelente modo de vida para cualquier lugar del mundo, por eso recordamos permanentemente este mandato y tratamos de mantenerlo vigente, como dice Martín Fierro: “Para bien de todos”.

“Estando bien todos estamos bien cada uno”, suelen decir los mayores, exhortando a bregar por el bien común. En muchos aspectos, la sociedad en que vivimos es competitiva y, por lo tanto, corremos el riesgo de ver al prójimo como un oponente, al punto de tratar de doblegarlo, procurar su fracaso para así sentirnos vencedores, particularmente en los bienes materiales. De ese modo logramos un fracaso generalizado.

Esa lucha por la supremacía de unos sobre los otros ha llevado a que nuestro país, pensado y escrito para ser federal, nunca ha dejado el centralismo colonial, y esa situación nos mantiene atrasados culturalmente de un modo poco menos que desalentador. Desde hace más de docientos años, hay argentinos que luchan de un modo u otro por una Patria federal y justa, con avances y retrocesos en tales afanes.

Uno de los frentes de lucha entre unitarios y federales es el modo de expresarse. La desmesurada diferencia entre Buenos Aires y las provincias argentinas en cuanto a manejo de los recursos materiales, ha convertido a la ciudad portuaria y alrededores en el lugar deseado para vivir por cualquiera de nuestros compatriotas, salvo los que prefieren ir más allá y zarpar hacia lejanos puertos... desde Buenos Aires. También hay argentinos que prefieren seguir viviendo en su pago de origen.

Con sólo escuchar a los difusores de radio y televisión, incluso a muchos animadores de espectáculos públicos, percibiremos cómo el centralismo hace estragos entre la gente culturamente vulnerable, imponiendo en la misma la idea de que si no parecen “porteños” van a fracasar en su carrera, lo que significa dinero.

Es evidente que Buenos Aires vive de espaldas a nuestro país y de cara al cercano mar, igual que en la época colonial, cuando sus pobladores esperaban ansiosos las novedades de Europa que llegaban en los barcos, mientras los abastecimientos llegaban en forma poco menos que desapercibida desde el interior del país.

Hoy, los queridos porteños y sus incondicionales se refieren a nuestro país diciendo “este país”, dando a entender que para ellos, Argentina es un país más, sin demasiada importancia en su escala de valores. Si prestamos atención a las preferencias, incluso en el habla, de los pobladores más vulnerables en cuanto a su modo de ser, percibiremos cómo son influidos desde la ciudad porteña para sentir cada vez menos arraigo hacia la Patria Chica y hacia el país por el cual tanto lucharon nuestros antecesores. Hay un mandato para desargentinizar a los argentinos. Como el mandato viene de tierras lejanas, entra por Buenos Aires y se difunde gracias al centralismo que nos aqueja.

Para que los argentinos consumamos un producto, basta que los difusores porteños digan a la pobación de su ciudad: “Consuman ésto”. Enseguida, la paisanada de todo el país (salvo honrosas excepciones), ansiosa por imitar a la admirada capital del virreynato, acatará la orden sin cuestionamientos.

En cuanto al habla, los locutores de Buenos Aires no nos dicen a los argentinos que el lejano patrón ha ordenado que hablemos de tal o cual manera. Solamente hablan entre ellos incorporando las expresiones que han llegado en paquete para todo el continente y así consiguen que casi todo el poco apreciado país (“este país”) obedezca y cambie su modo de hablar.

Los santiagueños no necesitamos dejar de ser santiagueños. No necesitamos empobrecernos culturalmente en aras de un dudoso triunfo material. Tenemos que luchar para que, mientras seamos talentosos y laboriosos en lo que hagamos, no se nos nieguen las oportunidades, sin importar a los otros que sigamos conservando nuestro modo de ser y expresarnos.

Buenos Aires vive de espaldas a nuestro país, como si no quisiera ser una ciudad argentina. Su postura es alentada desde el interior del país por medio de la sumisión y la imitación. Si los porteños quieren parecer extranjeros y no podemos sacarlos de ese afám, procuremos al menos que nuestros comprovincianos sigan siendo y pareciendo lo que son, que no busquen lo que falta no les hace. Deberíamos procurar ser cada uno fieles reflejos de nuestros mayores, con el lógico empuje hacia un futuro mejor, pero que sea un futuro nuestro, no un futuro por el que debamos pagar costosos alquileres.

Si estamos tan dispuestos a ser obedientes, deberíamos obedecer el mandato de nuestra tierra y de quienes dejaron su vida en ella. Ama súa, ama llulla, ama ckella.

30 de Agosto de 2016.

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