Por Crístian Ramón Verduc
25/10/2016
“Pay yachachiara quichuata ‘rimayta. Utulitamanta níaj cara: Ama ckonckaychu quichuata”.

El cantor y autor quichuista Beto Mansilla nos cuenta cantando cómo su abuela lo había educado. “Ella me enseñó a hablar quichua. Desde chiquito solía decirme: No olvides al quichua”.

Muchos de nosotros nos quejamos por que los jóvenes están poco interesados en el quichua y demasiado vulnerables ante manifestaciones culturales ajenas a nuestra tierra. Es como si fuese que hemos confiado al televisor la formación de nuestros descendientes y ahora no nos gusta el resultado.

En los medios de difusión masiva, son muy pocos los que están interesados en contribuir a fortalecer la identidad nacional y, por ende, las identidades regionales. La gran mayoría parece estar buscando el camino fácil que consiste en seguir las tendencias indicadas desde tierras lejanas, para beneficio de gente residente en esas lejanas tierras.

Hace décadas, el cantor salteño Hernán Figueroa Reyes nos advertía mediante un vals de Oscar Valles: “Vení, vamos hermano, que vienen a coparnos”. Si no es desde antes, a partir de Martín Fierro venimos recibiendo advertencias para que estemos atentos ante los avances de intereses ajenos. Si los invasores nos llevan hacia su cultura, dejaremos de verlos como lo que son y les facilitaremos el despojo. En eso andan, con ayuda nuestra.

Ya deberíamos saber que muy poco podemos esperar de comerciantes y demagogos. Los tradicionalistas y quichuistas no somos para ellos un número demasiado interesante. De todos modos, pretenden mantenernos sosegados con periódicos guiños, con la vieja táctica de ceder algo para conseguir mucho. Una táctica puesta en práctica es la de organizar grandes espectáculos con la declamada finalidad de reivindicar lo a los pueblos originarios, como quien provocar divisiones internas por causa de las descalificaciones a varias personalidades de nuestra historia. Si les va bien, uno a uno van a caer nuestros próceres, dejando libre el terreno para los ídolos extranjeros.

Nos enrostran que los criollos no congeniamos con los jóvenes, a la vez que entre la juventud promueven la liviandad y el desinterés por lo criollo. Muchos adultos con poca solidez cultural, pretenden salvar la situación disfrazándose de jóvenes, de paso que se engañan a sí mismos, creyendo volver a la época que seguramente consideran la más feliz de su vida.

La cultura nacional y las culturas regionales están en retroceso como tales. Hay una idea generalizada de que para ser exitosos debemos ceder terreno y transformarnos en lo que indican las órdenes que nos llegan por intermedio de Buenos Aires. Seguramente se refieren al éxito económico y a la figuración, que por ser interdependientes marchan de la mano. El dinero es necesario para vivir en el sistema en que estamos insertos, pero no hay dinero ni bienes materiales que puedan igualar el valor de una conciencia tranquila. Las tentaciones son grandes y poderosas, pero los humanos debemos aprender la difícil tarea de no caer en ellas.

Por causa de los factores expuestos, el quichua tiene escasa presencia en la gran sociedad argentina, la que es deslumbrada por manifestaciones simpáticas y rutilantes que llegan desde lejos como novedades. Entre los difusores resulta más fácil y seguro copiar lo que otorga éxito a otros, que arriesgarse a difundir lo que no llama la atención de las grandes masas humanas consumidoras. Por otra parte, el público se convence en base a la reiteración en forma de publicidad, manifiesta o encubierta.

El quichua está en retroceso y no queremos que sea así. Entonces, hay que revertir la tendencia. Para ello, hay que lograr que la cantidad de gente interesada en el quichua sea cada vez mayor. Cada uno de quienes estamos interesados en la identidad nacional y regional, tenemos que hacer escuchar lo nuestro por diversos medios. Con ello estaremos logrando hacer que las mayorías conozcan el quichua. Para amar algo, la persona necesita conocer a ese algo.

Sin ejercer presión sobre las personas, tenemos que hacer que escuchen y valoren el quichua, ya sea aprovechando la existencia de grandes medios de difusión o en lo coloquial, de persona a persona.

Hoy tenemos una cierta cantidad de hablantes naturales de edades diversas, prevaleciendo los adultos; también hay una cantidad creciente de personas que quieren estudiar el quichua e incluso enseñarlo. Todo ello está muy bien y suena alentador, pero no debemos perder de vista a los hablantes naturales, los que han aprendido en la infancia, de boca de sus mayores.

Así como la abuela de Beto Mansilla y los mayores de una gran cantidad de gente, hay que entregar a los chicos el legado del quichua, además de todo lo otro que uno quiera y pueda dejar para sus descendientes. Ese sería nuestro mayor aporte a la supervivencia y crecimiento de nuestra identidad como pueblo.

La identidad no encierra a nadie en sí mismo ni le impide interactuar con el mundo. Por el contrario, si uno encontrase por ahí un interlocutor que se parece demasiado a uno mismo, habría que desconfiar, seguramente.

Nuestra personalidad como país está constituida por diversas manifestaciones culturales que se reparten por todo el territorio, apareciendo en cada región un cúmulo de particularidades propias. El quichua es una de las particularidades propias de Santiago del Estero.

Podemos dedicar nuestro tiempo a investigar por qué el quichua pervive en nuestra provincia, por qué no es igual al de otras regiones, cómo se habla en otros lugares quichuistas, etc. Podemos (y debemos) conocer las manifestaciones culturales de otros pueblos y hacer el edificante intercambio de conocimientos, pero no deberíamos dejar de lado lo que es nuestro para sustituirlo por algo foráneo. No es sano ni es necesario obrar así.

Si amamos a nuestra provincia y a nuestro país, hagamos algo para fortalecer sus bases culturales. Algo que podríamos hacer los santiagueños, es santiagueñizarnos cada día un poco más, quichuizarnos y comenzar a quichuizar el mundo que rodea a cada uno de nosotros. El mundo estará agradecido.

25 de Octubre de 2016.

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