Por Crístian Ramón Verduc
15/11/2016
“Chá ladinuspa mediunpi mayllapipas na yaycuni”

dice Don Sixto Palavecino en la chacarera Penckacus Cáusaj Carani (Avergonzado Vivía), para expresar: “En medio de ésos ladinos ya entro en cualquier lugar”. Uno podría interpretar que se juntaba con gente poco recomendable: Ladinos, taimados, astutos, pero al decir “ladinos” está diciendo que son gente que habla el castellano.

La palabra “ladino” para referirse a los hablantes de castellano, viene de siglos atrás, cuando había un intenso tráfico de esclavos de África hacia Europa y después hacia América. Los idiomas que se hablan en la Península Ibérica tienen un ascendente en el latín, que fuera impuesto por el Imperio Romano, a excepción del euskera, idioma del País Vasco y regiones cercanas.

Los esclavos y también los colonizados de América que aprendían a hablar castellano o portugués, eran llamados “ladinos”, deformación de “latinos”.

Por el contrario, a los que aún no habían aprendido el idioma de los patrones, lo calificaban de “bozal”, poco menos que mudo. No está de más recordar que el bozal es un aparato que se coloca en el hocico de un animal para evitar que muerda. Se entiende que, si se coloca un bozal a una persona, ésta no va a poder hablar. El calificativo “bozal” aparece en Martín Fierro, cuando cuenta el episodio en el que al llegar al fortín, un italiano "enganchao" que estaba de centinela tiene un altercado con Fierro por cuestiones de idioma. Martín Fierro dice: “Era un gringo tan bozal que nada se le entendía.”

El ser humano habla con naturalidad tal como ha escuchado de sus mayores; ésa es el habla que aprendió y es lo que suena normal, la forma correcta de hablar; cualquier otro idioma es cosa de otros, es cosa lejana. Es muy valorable cuando la persona que ha nacido en un ámbito en el que se habla un idioma, después aprende otro y lo habla con fluidez. Uno puede ver situaciones así en la gente que emigra hacia donde se habla distinto a su familia. En lugares fronterizos entre países de habla diferente, es habitual encontrar personas que hablan dos idiomas desde la infancia, y también hay quienes hablan tres idiomas.

En la Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay), especialmente en las ferias callejeras, uno puede escuchar a las familias vendedoras conversando en guaraní; esas mismas personas, al atender un cliente hablarán en portugués o en castellano, según la entonación que perciban en el posible comprador.

Mirando entre nosotros nomás, encontramos el bilingüismo en nuestra provincia. Los chicos de familias quichuistas son naturalmente quichuistas si la familia se expresa en el idioma ancestral, pero al comenzar la escuela primaria deberán aprender el castellano para poder entender a los docentes. Hace décadas que se dice que el maestro de zona quichuista debe enseñar en quichua, pero si ello ocurre, deben de ser casos aislados como el relato del Dr. Jorge W. Ábalos en su libro Shunko.

Otro momento en que el quichuista debía expresarse en castellano era cuando precisaba hacer algún trámite o buscar atención médica en la ciudad. Grandes cantidades de santiagueños quichuistas han llevado el quichua hacia grandes campos y ciudades de las regiones más favorecidas de nuestro país, hacia donde se han dirigido en busca de trabajo. El sueño de muchos paisanos ha sido el de parecerse a la gente de las grandes ciudades, especialmente de Buenos Aires, como relata Don Sixto Palavecino en El Viaje de la Pastorcita, cuando la niña cuenta sus planes a la madre y dice entusiasmada: “Voy a ser po porteñita...”

Los seres humanos hemos poblado la Tierra, posiblemente partiendo desde algún lugar específico, gracias a nuestro deseo de conocer el mundo, de ir más allá del horizonte, donde están los sueños a cumplir. No estamos conformes con nuestra realidad y queremos cambiarla por la que hay allá lejos, chackaypi... carupi.

Hoy nos damos con que los que vivimos en las ciudades, nos interesamos por la preservación de la Naturaleza, de las especies vivas, de los pueblos originarios y de sus idiomas. Se organizan expediciones, se crean organismos burocráticos con presupuestos acordes a lo que se quiere hacer y, los estudiosos de tales organismos se transforman, en la mayoría de los casos, en testigos de la destrucción de lo que dicen defender; son testigos muy válidos, pues portan títulos académicos, máquinas para tomar imágenes, grabadores de sonido y papeles para labrar actas.

El ladino, el paisano que sabe hablar castellano, ya no se preocupa demasiado por el idioma que había aprendido después del quichua. A su quichua ya lo ha dejado como reserva para ciertos momentos de encuentro con otros quichuistas, ahora lo que tiene que hacer es no quedar atrás con lo que ladinamente (en el otro sentido de la palabra) nos están imponiendo a quienes hablamos castellano. El paisano tiene que hablar un castellano cada vez más empobrecido y cada vez más hibridado con el inglés; si no lo hace, puede recibir tantas burlas como ya había recibido en su propia provincia y en provincias ajenas cuando hablaba en quichua.

Hoy mismo es evidente el poco interés por el quichua que existe en gran parte de nuestra comunidad. Al quichua y al quichuista se los tolera a regañadientes y se los pone permanentemente “en su lugar”, reservando los privilegios para los más “yanquizados” en cualquier ámbito en que se deba confrontar de algún modo lo regional con lo extraño a nuestra cultura criolla.

El gringo ya no es bozal y el de habla latina no es ladino. Los mandatos que nos llegan son los de ir tapando poco a poco el habla regional, con el quichua incluido, degradar el castellano y “enriquecerlo” sustituyendo palabras que conocemos por otras desconocidas pero nuevas, que parecen ser sinónimo de progreso. En vez de ser pobres que hablamos en nuestro idioma, podemos llegar a ser pobres que ni idioma tenemos. Todo sea por no quedar atrás en la marcha de la majada hacia... ¿Hacia dónde? ¿No será hacia el matadero?

Los que nos sentimos criollos argentinos, latinoamericanos, tendríamos que ponernos firmes en nuestra formación cultural, fortaleciéndola y transmitiéndola a nuestros descendientes. No permitamos que nos pongan un bozal que nos impida expresar nuestras ideas con el habla de nuestra tierra. Estemos atentos ante cada palabra “nueva” y revisemos qué hemos incorporado en los últimos años. Nos están invadiendo y nosotros les abrimos la puerta. Los hermanos seamos unidos y valoremos lo nuestro, para bien de todos.

15 de Noviembre de 2016.

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