Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  21/02/2017
“Queremos el horizonte, pero él se va…” dice una zamba salteña.

Parece ser que la búsqueda de lo que está allá, lejos, es una característica inherente al Ser Humano. Ahora, si nos es posible, viajamos lejos en algún vehículo; si no, vemos los lugares lejanos gracias a los programas de televisión que se encargan de acercarnos lugares recónditos del mundo.

Así como en la primera infancia, ya sea “gateando” (andando a cuatro pies) o caminando erguidos, procuramos llegar más allá de donde estamos, los adultos seguimos buscando llegar a lugares cuya existencia apenas intuimos.

Es necesario observar que, incluso una huahuita (niñito, niñita) que se mueve por el suelo poco menos que arrastrándose, lleva la cabeza erguida, mirando hacia donde va, como viajero que otea el horizonte. Seguramente es esa búsqueda del horizonte lo que ha generado la existencia del Homo Erectus, anterior al Homo Sapiens. La posición erecta es uno de los factores que han hecho la gran diferencia del Ser Humano respecto a los animales. La búsqueda de la visión amplia, procurando escudriñar las distancias, le ha sido de suma utilidad para la supervivencia, tanto en lo defensivo como en la obtención de alimento para los suyos.

Con el tiempo, la caza y recolección fueron reemplazadas en gran parte por la cría de ganado y la agricultura. Todas estas tareas requieren una mirada larga hacia el horizonte, pero también es necesario agacharse y andar a gatas, ya sea acechando una presa, recogiendo frutos, ocupándose de los animales de cría o haciendo algún laboreo en el suelo.

Hasta los años ’70, en la ciudad de Santiago del Estero era un todo un espectáculo el ver pasar a las sipas (damas) que venían “del otro lado del río” (del departamento Banda) cargadas de productos de granja y huerta para vender casa por casa o en el mercado. Cada una de ellas portaba tres canastos llenos. Más allá de lo que podemos sentir por el esfuerzo de las guapas mujeres, era admirable la naturalidad con que llevaban un canasto en la cabeza, protegida por el pashquil (anillo de lienzo retorcido).

No debe de ser fácil tener un objeto sobre la cabeza, más aún si tal objeto tiene un cierto peso y hay que caminar llevándolo por una distancia larga, con el agregado de que el recorrido incluía los arenales del Río Dulce. Esas damas que venían de la otra banda del Río Dulce caminaban elegantes y erguidas, posiblemente condicionada su postura por la carga en la cabeza; no podían encorvar su espalda, pues en ese caso el canasto caería. Después del mediodía, regresaban hacia el río para cruzar en bote o “chimpando” (caminando por donde hubiere poca profundidad), con sus canastos cargados de productos de almacén o tienda que habían comprado con el dinero de sus ventas.

Otra característica de las señoras del otro lado del río era que la mayoría (por no decir todas) vestían de negro, seguramente de luto por algún pariente fallecido. En esos años aún se estilaba vestir de negro en homenaje a un cercano fallecido. Lo tradicional era vestir de luto durante dos años, aunque durante el segundo año se podía usar “medio luto”, que sería con alguna prenda de un color distinto al negro, pero evitando colores llamativos. Muchas viudas vestían luto de por vida.

La práctica del equilibrio hacía a esas mujeres, portadoras de peso sobre la cabeza, andar siempre con la espalda erguida, aún cuando no llevasen el canasto. Su postura, delgadez y color de ropa, les otorgaban un aspecto imponente; era gente que andaba con la vista en el horizonte y conversaba mirando de frente al interlocutor.

Por otra parte, la recolección de productos que se dan a flor de tierra, los trabajos de oficina, la lectura, las esperas sentado y horas ante un televisor o actividades similares, inducen a la adopción de posturas inadecuadas, con el consecuente relajamiento de los músculos encargados de mantener la espalda recta. Poco a poco, el ser humano ciudadano va dejando de mirar el horizonte verdadero para agacharse y mirar mejor la pantalla de un teléfono celular portado en la mano, ya sea que esté en pie o sentado en una sala de espera o en un vehículo; el teléfono celular está en una mano y la mirada debe dirigirse hacia esa mano que generalmente está a la altura de la cintura. En ocasiones, el celular va a la altura de los ojos, con cierto esfuerzo para los hombros, lo que hace volver a bajarlo, siguiéndolo con la mirada, con la cabeza y curvando la espalda.

El advenimiento de las radios, los televisores, los teléfonos, los ordenadores de datos (computadoras) y la síntesis de todo ello portado en la mano gracias a los pequeños teléfonos móviles, nos han facilitado muchas cosas y nos permiten ver y escuchar más allá del horizonte. Si buscamos entre la información a la que accedemos por uno de esos aparatos minúsculos, podremos ver personas de distintos lugares del mundo cargando canastos en la cabeza para transportar cargas; también podremos ver que una de las formas de mejorar la postura y lograr elegancia es caminar con un pequeño peso (generalmente un libro) sobre la cabeza durante un lapso por día. La búsqueda del equilibrio hará que uno camine con la espalda recta.

Para expandir el tórax y mejorar la respiración en marchas o carreras pedestres, es menester echar los hombros hacia atrás y apuntar la mirada hacia el horizonte. No va a ser buena la marcha de quien vaya agachado, desatento, como verificando el celular.

El apuntar hacia el horizonte y no hacia el propio ombligo, no sólo es una actitud corporal, sino también una postura ante la vida. Sería bueno marchar por nuestra efímera existencia con una mirada superadora de obstáculos y ansiosa de horizontes, que nos saque en forma cotidiana de la necesaria mirada hacia lo que nos rodea de cerca y nos permita trazar planes con visión de futuro para la gran familia humana.

Dicen que en forma individual no podemos mejorar el mundo y seguramente tienen razón; pero podemos mejorar la porción de mundo que nos ha sido concedida para vivir y unir esfuerzos con otras personas bienintecionadas. A quienes no tengan la intención de mejorar el mundo del futuro desde el presente, hay que hablarles mirando a los ojos, argumentando buenamente a favor del bien común, en una de ésas cambian su postura.

Lograremos los grandes objetivos en la medida en que marchemos erguidos, agachándonos para plantar o cosechar, o para ayudar al caído y seguir marchando, con la mirada hacia el horizonte.

Si andamos por la vida agachados, con la mirada perdida en pantallas de poca importancia, corremos el riesgo de chocar.

21 de Febrero de 2017.

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