Por Crístian Ramón Verduc
16/05/2017
“¡Qué jugador!”

Dicen algunos como muestra de admiración ante determinado deportista. También utilizan la misma exclamación con ironía y como advertencia de que la persona a la que se refieren es de tener cuidado; generalmente quieren decir que esa persona es “quiquin átoj” o "átoj ina" (igual que zorro) por sus picardías.

Algo similar ocurre cuando exclaman: “¡Qué cantor!” Según el momento y la expresión de quien emite la exclamación, sabremos si la misma es una ironía o un elogio. Si a cualquiera de ambas exclamaciones la tomamos como algo positivo, como un elogio por el talento de la persona, concluiremos en que hay gente dispuesta a reconocer las virtudes de otros. Si por la forma como se ha dicho la exclamación, deducimos que se trata de una ironía, podremos llegar a entender que se nos está advirtiendo, o que se trata se trata de un “jugador” o “cantor” desenmascarando a otro.

Hay gente que toma la vida como una competencia constante en la cual, quien se queda pierde; por lo tanto, todo recurso es válido para superar a los otros y obtener lo que se ambiciona, lo que suponemos además que “todos” ambicionan.

En la vida vegetal y en la vida animal se puede ver que hay esa competencia, esa lucha por la supervivencia. Por ejemplo: En un bosque podemos ver cómo los árboles compiten entre sí por ser los que mejor luz solar reciban, lo que lleva a algunos a estirarse y convertirse en ejemplares delgados y altos. También podemos observar cómo algunas plantas “ahogan” a otras para quitarles espacio.

Entre los animales también podemos ver una permanente lucha por la supervivencia. El carnívoro compite con el herbívoro en pruebas de velocidad y astucia. Ambos se juegan la vida en esas competencias; si el carnívoro gana, tiene alimento y se salva de la muerte por inanición; si el hebívoro gana, salva su vida para seguir alimentándose y asegurando la supervivencia de su especie. En el medio, puede aparecer el ser humano, que generalmente busca matar a los dos competidores sin riesgo alguno, muchas veces por el placer de ganar e imponerse por sobre los otros.

En la Naturaleza hay mecanismos que permiten la supervivencia de todas las especies, ya sea por que se reproducen demasiado, o por que es poco habitual que pierdan las competencias por la supervivencia. En general, en esas luchas por la supervivencia, en las que compiten entre individuos de distintas especies e incluso entre los de igual especie, los que sobreviven son los más ágiles, más astutos o más rápidos.

El ser humano también compitió contra los animales feroces para salvar su vida, hasta convertirse de perseguido en perseguidor gracias a su astucia e inventiva. Hace tiempo ya, los adelantos técnicos han permitido que el humano se adueñe del mundo, provocando la retracción de una gran cantidad de especies animales y vegetales, en la mayoría de los casos por invasión de territorios y en otros casos por destrucción ejecutada en forma directa, con armas o herramientas.

En las competencias deportivas, es necesario tener condiciones naturales bien cultivadas por el entrenamiento, buena condición física, conocimiento de las reglas específicas del deporte en que se compite, confianza en uno mismo, además de una cuota de picardía y un fuerte deseo de ganar. Un jugador (un competidor deportivo) puede ser admirado y elogiado por poseer las cualidades antes enumeradas y más aún si sus participaciones son exitosas, pues gran parte de los aficionados a los deportes desean un triunfo más que una competencia en la que se exhiban habilidades y buen gusto para compartir el juego.

El exitismo exige que el jugador gane a toda costa, que su conocimiento de las reglas le sirva para poder violarlas sin que se descubran sus faltas. El triunfalismo hace que una competencia deportiva deje de ser sana y vistosa para convertirse en una batalla en la que la ética y la estética pueden quedar pisoteadas en la cancha. Por influencia quichua, al campo de juego lo llamamos cancha.

En cuanto a los cantares, cuando uno canta para satisfacer el deseo de cantar y canta ante otros solamente por el deseo de hacer oír su modo de cantar o el contenido de sus interpretaciones, todo suele terminar bien y, como dice Atahualpa Yupanqui: “El alma queda sobada”. Cuando se canta persiguiendo retribuciones económicas, es necesario competir con otros que están procurando lo mismo, cual leones y tigres que procuran la misma presa. Se suscita entonces una carrera competitiva, la que será ganada por los más aptos para la misma o los que mejor aprovechen las oportunidades para hacer una zancadilla a los otros competidores o para tomar un atajo que lo ponga por delante del resto.

Un competidor deportivo puede ser elogiado por sus aptitudes para la actividad que ha adoptado para sí, por la estética que imprime a su modo de jugar y por su lealtad deportiva, o puede ser elogiado por su habilidad para hacer “juego sucio” si es necesario, con tal de lograr el triunfo que los simpatizantes y directivos de su asociación deportiva exigen. Básicamente, habría dos caminos para merecer que le digan: “¡Qué jugador!”

Asimismo, un cantor o músico puede ser reconocido por su calidad interpretativa, por su repertorio, por la forma de presentarse ante el público, o puede lograr el triunfo satisfaciendo las exigencias de negociantes que le imponen cantar o tocar lo que antes esos mismos negociantes han impuesto en el gusto popular. Tendrá entonces dos posibles caminos, con sus lógicas variantes, para lograr que le digan: “¡Qué cantor!”

Cada uno con nuestros talentos, virtudes y bajezas, transitamos por la vida, la que para los humanos sería muy segura, si no fuese por otros humanos que asumen el papel de los predadores que nuestros antepasados supieron neutralizar.

Cuando decidimos difundir el quichua u otra expresión cultural, debemos asumir que estamos optando por una actividad que no tiene lugar para el exitismo ni para los triunfos económicos. No nos jugamos la posibilidad de figuración ni de elogios; por lo tanto, debemos compartir la actividad y no competir, pues al compartir todos salimos ganando, aunque a las masas les parezca aburrido y a los negociantes les resulte extraño.

Es mucho mejor conseguir captar la silenciosa atención de la gente que procurar que por nosotros exclamen: “¡Qué jugador!” o “¡Qué cantor!”

16 de Mayo de 2017.

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