Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  27/06/2017
“¡Qué va a ser cantor, si vive cerca de mi casa!”

Esta expresión jocosa, repetida en diversos ámbitos folclóricos como una chanza, refleja una actitud bastante habitual en nuestro medio y, posiblemente, en otros lugares también. También suelen decir: “¡Qué va a ser artista…!” “¡Qué va a ser profesional…!” y otras expresiones que muestran el descreimiento hacia los méritos de alguien a quien se considera una cosa cotidiana, algo así como una parte del paisaje.

Parece ser que muchos de nosotros nos asombramos con lo desconocido y tratamos a ese alguien o algo con mayor simpatía que como tratamos a lo habitual. Posiblemente se deba a la capacidad de asombro que tenemos para maravillarnos con lo novedoso y una suerte de temor de perder lo que no consideramos seguro dentro de nuestras posesiones afectivas. Posiblemente por esas características de nuestro modo de ser es que aplaudimos más al artista o deportista llegado de tierras lejanas, mientras mostramos un aprecio menor hacia los de nuestro pago, muchos de ellos con más talento que el novedoso foráneo. Es posible que al visitante no lo veamos nunca más, y por eso también nos afanamos por hacerlo sentir bien, a la vez que deseamos escuchar y ver todo lo que tal visitante dice o hace. “Lo de la casa” estará ahí nomás y podemos apreciarlo en cualquier momento. “Hay tiempo…” dijo el Crespín.

Uno es uno mismo donde quiera que vaya, pero la manera de obrar y expresarse ha de ser distinta según el lugar y las circunstancias. Por ejemplo, por más inquieto que sea alguien en su vida cotidiana, tendrá que saber guardarse si se encuentra en un momento solemne o de cierta gravedad.

Del mismo modo, no va a brindar el mismo trato a una persona a la que ve esporádicamente, que a la que está tratando cada día. Esa persona poco vista va a ser puesta en el centro de la escena y de las atenciones; este trato forma parte de la amabilidad y buena educación de las personas. Si llega una visita, nuestra buena educación se va a evidenciar en la hospitalidad, en el trato preferencial que brindaremos a la persona que ha venido. Las reuniones entre amigos se hacen para pasar buenos momentos juntos, así que es poco probable que alguien aproveche el momento para quejarse, o de algún modo hacer sentir mal a los demás. En las reuniones entre amigos o familiares que no se ven habitualmente, todo es alegría por estar juntos y los problemas pueden esperar.

En la casa, con la gente que está todos los días compartiendo el viaje por la vida, se habla generalmente más de cara a la realidad, planteando problemas, pidiendo y proponiendo soluciones, reclamando mayor apoyo, etc. En muchos casos, ese trato diferente hacia los cotidianos por un lado y hacia los poco habituales por otro, generan quejas como: “Quisiera que me trates como a tus amigos.”

Es posible que cada día debamos aprender a ser más justos y amables, para tratar a los de la casa tan bien como tratamos a nuestros amigos y para valorar los méritos del vecino. No por que veamos a una persona vecina barriendo la vereda o comprando en la panadería, podemos negar sus méritos profesionales o artísticos.

Hay que ser amables y hospitalarios con los viajeros, con los que vienen de lejos y están pasando, o han llegado con la intención de iniciar una nueva vida en nuestro pago. Hay que ser curioso y atentos con lo que viene de lejos, pero sin dejar de estar atentos para evitar que el recién llegado desplace a uno de nuestros hermanos.

También debemos abrir ojos y oídos para lo que viene de afuera como novedad. Hay que aprovechar lo bueno que pueda tener lo foráneo y novedoso, pero sin permitir que sea nocivo para lo nuestro. Ya tenemos históricamente ejemplos de cómo la gente de nuestra tierra ha sido perjudicada por foráneos que no han sabido guardar su lugar, o por lo que ellos nos han impuesto y nosotros hemos aceptado irresponsablemente, disputándonos entre nosotros por ser los primeros en incorporar lo que viene de otras tierras.

Hoy nos encontramos con que cada vez nos parecemos menos a nosotros mismos y cada vez más a una caricatura de los ciudadanos de segunda clase de países lejanos. Hemos llegado a un lamentable punto de aceptación de las invasiones, por ser ello algo distinto a lo cotidiano. Parece ser que a las grandes mayorías poco les interesa lo de nuestra tierra, tanto en la gente, como en elementos materiales y en elementos culturales.

Por ejemplo, todos los días escuchamos canciones en inglés, locutores de radio y televisión invadiendo el habla cotidiana con expresiones inglesas y, para no quedarnos atrás, repetimos tales palabras dejando de lado sus equivalentes en castellano y canturreamos las canciones sin preocuparnos siquiera por saber qué dicen esas canciones. Pero si alguien habla o canta en quichua, en guaraní u otra lengua de nuestra tierra, inmediatamente le exigimos que traduzca, sin esperar que el emisor ofrezca traducir al castellano.

Nos referimos a la actitud de una gran mayoría, no de la totalidad de la gente de nuestra tierra. Claro que, para los negocios, las guerras y las tomas de decisiones, los números pesan más que las razones.

Estamos perdiendo en la guerra invasiva, pues nosotros mismos estamos permitiendo que nos invadan. Hacemos poco para oponernos a la invasión y, por si fuera poco, seguimos anteponiendo intereses personales o de pequeños grupos, en desmedro de los intereses generales.

En nuestra provincia, el quichua estaba creciendo dentro de la cultura local hasta hace un par de décadas, pero nos han llegado novedosos virus que están minando el crecimiento del habla quichua. El castellano también está siendo atacado, lo cual perjudica también al otro lado de nuestro bilingüismo.

Debemos ponernos firmes en nuestra actitud impulsora del quichua y defensora de nuestro modo de ser. Promovamos el habla de un buen castellano y del quichua que hablaban nuestros mayores, los nuestros, los de estos pagos. Si nos fijamos un rumbo y no lo perdemos de vista, evitaremos dispersiones y retrocesos.

Bienvenido lo de afuera, puede permanecer en calidad de visita o trabajar pacientemente para ganarse un lugar donde quedar, siempre y cuando no quite espacio a lo nuestro.

27 de Junio de 2.017.

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