Por Crístian Ramón Verduc
26/02/2019
"Si el Doctor dice que está muerto, está muerto"

Dicen que habría afirmado rotundamente un empleado de la morgue, en Santiago del Estero. Posiblemente se trate solamente de un jocoso relato imaginario, de los que se inventan adjudicándoles frases o acciones disparatadas a personas que bien podrían haber cometido tales desatinos.

Lo que contaban los muchachos del café y de las oficinas, era que un empleado con ciertas dificultades para hablar y para razonar habría estado cuidando o limpiando la morgue, cuando un cadáver ingresado hacía pocos minutos, se habría movido. Según el relato, poco después, el “muerto” se había sentado en la mesa de mármol preguntando: “¿Qué pasa? ¿Por qué estoy aquí?” Obteniendo la respuesta del empleado: “No pasa nada… usted está muerto”. Dicen que el supuesto difunto, entre sorprendido e indignado, había comenzado a levantarse, a lo que el empleado había reaccionado diciendo: “¡No se haga el vivo, usted está muerto! ¡Si el Doctor dice que está muerto, está muerto! ¿O usted sabe más que el Doctor?”

Es un relato gracioso pero que en cierto modo refleja algunas situaciones parecidas. Vamos a un conocido ejemplo: En la escuela nos han enseñado sobre las penurias del “Padre de la Ciencia”: Galileo Galilei. El sabio toscano había trabajado durante años en observaciones astronómicas, las cuales lo llevaron a la conclusión de que, contrario a los postulados vigentes en esa época, la Tierra se movía en el Universo. La Inquisición dio a Galileo Galilei la posibilidad de elegir entre continuar con sus afirmaciones y sufrir cadena perpetua en una prisión, o abjurar de ellas y pasar el resto de su vida en prisión domiciliaria.

Ante tamaña imposición, el científico optó por el mal menor; es decir que, para evitar una pronta muerte en una lóbrega prisión, aceptó que las afirmaciones sostenidas por El Santo Oficio eran las verdaderas, y no las conclusiones a las que Galileo había llegado mediante la observación científica.    

En más de una ocasión, el poder se impuso a la razón y prevalecieron los dichos del poderoso, dichos que fueron impuestos por la fuerza, y quien contaba con el respaldo de lo evidente tuvo de ceder en pos de la supervivencia o de la tranquilidad, o para no perder de vista objetivos mayores. En muchos casos, se deja de lado la discusión para evitar un enfrentamiento con personas tozudas, pues es necesaria la coexistencia en paz, mientras se deja al tiempo y a los hechos la tarea de poner cada cosa en su lugar.

En muchas ocasiones, ya sea en los grandes foros o en lo cotidiano de la vida familiar, alguien que afirmó algo distinto a lo aceptado como válido por la multitud o por quien detenta el efímero poder, tuvo que arriar velas y esperar que la dura realidad o la palabra de alguien con más poder haga cambiar el parecer de quienes estaban errados.

A nivel popular, en nuestro país es muy difícil hacer entender que la hora oficial es errónea, que no corresponde a lo que la Naturaleza nos muestra cada día. El horario oficial nos dice que en esta época del año, tenemos mañanas de cinco horas y tardes con más de siete horas de duración. Por lo tanto, el mediodía y la medianoche verdaderos están ocurriendo con más de una hora de tardanza si tomamos como válido lo que nos dice el reloj.

Lo que nos dicen los relojes ajustados a la hora oficial, es la imposición oficial en cuanto al horario, y nos sirve para coordinar acciones. Esa coordinación de los relojes nos permite anunciar, por ejemplo, que comenzamos el programa radial a las diez de la mañana y lo terminamos dos horas después, “justo al mediodía”. Quien observa la posición del Sol o de las sombras proyectadas por los cuerpos (prácticamente lo mismo), sabe que en realidad es un mediodía ficticio, pues aún estamos en el tiempo cotidiano anterior al paso del Sol por el meridiano de nuestra región. Uno puede decir y argumentar del modo que fuere, pero si la hora oficial dice que la tarde va a ser de mayor duración que la mañana, así va a ser aceptado.

Cuando las pruebas que presenta el díscolo son abrumadoras, quien detenta el poder debería tener un gesto de grandeza humana y aceptar que es necesario modificar determinado precepto, pero muchas veces no se accede al poder precisamente por el ejercicio de valores humanos, así que suele escucharse o verse en los hechos, que la respuesta del poderoso equivale a: “Tiene razón, pero marche preso”. Es muy posible que en el futuro, el pícaro poderoso presente como propia la afirmación de la persona rebelde, y entonces tal afirmación será alegremente aceptada por la multitud que antes la rechazara. Incluso no faltará quien diga: “Yo sabía que era así”.

Más allá de quien fuere el autor de la afirmación correcta, lo importante es que la verdad se imponga desplazando a los errores. Cuando afirmamos “Ama llulla” (prohibida la mentira) estamos enunciando el deseo de que la realidad no sea suplantada por afirmaciones erróneas, por más convenientes que parezcan éstas. "Con la verdad no ofendo ni temo", es una afirmación de quien ha decidido luchar por sus convicciones, sabiendo que la realidad debe ser asumida tal como es, más allá de lo que impongan quienes detentan títulos u honores propios o heredados.

La negación de la realidad para estar en consonancia con el poder terrenal, por pequeño que este poder fuere, parece ser una particularidad vigente desde hace mucho tiempo en el ser humano, felizmente no en todos, pero aparentemente en un alto porcentaje de la población. Hace más de cien años, el inmoral Viejo Vizcacha decía que al Juez (el poderoso) no había que llevarle la contra, pues él manda la gavilla.

Con toda la intención, José Hernández hace que el Viejo Vizcacha utilice la palabra “gavilla” para referirse a los súbditos del poder, pues la palabra gavilla, que significa “conjunto de ramas o tallos unidos o atados por su centro, de mayor tamaño que un manojo y menor que un haz”, también tiene una connotación peyorativa, pues se considera “gavilla” a un conjunto de personas de baja condición, respecto a condiciones morales o culturales.

Cuando uno ha observado que lo demostrado por la realidad es distinto a lo aceptado por orden de alguien, se encuentra en una bifurcación de caminos, en la que deberá decidir si va a tomar el rumbo de la verdad o si va a seguir a la gavilla que adula al poderoso.

Ante la duda, la respuesta es simple: Si usted está consciente, respira y su corazón late, usted está vivo y debe luchar por su vida, por más que el Doctor diga que usted está muerto.         

26 de Febrero de 2.019.

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