Por Crístian Ramón Verduc
25/09/2007


       El tren Estrella del Norte salía a eso de las cinco o seis de la tarde desde la estación Retiro, en Buenos Aires. Desde horas antes, los viajeros y sus acompañantes se instalaban en los bancos de la terminal ferroviaria, conversando animadamente de cosas del pago, con el intercambio de recomendaciones y saludos para los familiares y amigos que no serían vistos quien sabe hasta cuándo. La salida del tren era saludada con pañuelos, manos agitadas, lágrimas, sonrisas y bromas. Luego, los viajeros terminaban de acomodar su equipaje, comenzaban a conocer a los vecinos de asiento y a compartir los avíos, que incluían las infaltables milanesas y el consabido pollo. La noche se pasaba cantando, conversando, jugando al truco, compartiendo el vino del regreso al pago... También venían los “porteños” a visitar sus raíces en Santiago o Tucumán. Cuentan que uno de ellos, luego de dormir durante toda la noche, se había despertado al parar el tren en una estación chica, cuando estaba amaneciendo. Al levantar el vidrio de la ventanilla, el frío le había azotado el rostro. Entre la gente que veía por el andén, eligió un changuito que se aproximaba, para preguntarle: “Che pibe ¿En qué estación estamos?” El pícaro niñito le había contestado: “¡En invierno, señor! ¿Va a comprar tortilla o chipaco con café?”

       Antes del amanecer, familias enteras llegaban caminando, en sulky o en zorra hasta la Estación Herrera. Traían rosquetes, empanadillas, chipaco y tortilla recién hechos. En braseros caseros preparaban café y mate cocido. A la llegada del tren estaba todo calentito, ideal para vender a quienes viajaban desde la tarde anterior. Cuando el tren pasaba hacia Buenos Aires por la noche, había algunos vendedores de productos que podían interesarle a los amigos porteños de los viajeros. Los trenes de pasajeros movilizaban parte de la economía del pueblo de Herrera.

       Cerca de 1.820, llegó a la zona Don José de la Cruz Herrera, dueño de grandes extensiones de tierra que se extendían desde Selva hasta Clodomira, por ser descendiente de un beneficiario de los repartos de tierras americanas que hacía la corona española a los conquistadores. Eligió para afincarse un punto cercano al Río Salado y al fortín El Bracho, instalado para frenar el avance de los aborígenes que ocasionalmente atacaban pretendiendo recuperar sus territorios. El fortín también era utilizado como lugar de detención para presos políticos de la época. Don José Herrera se dedicó a la cría de animales y a la siembra. Hizo construír una caserón para su familia y casas para los peones. Ese lugar pasó a ser conocido como “las tierras de los Herrera”. En un ataque de los naturales de la zona, su hijo Absalón murió alcanzado por una flecha. Entonces, Don Herrera se trasladó con su familia y bienes materiales a Mailín, donde había una posta para descanso seguro de los que viajaban en carretas y diligencias de Buenos Aires a Santiago, Tucumán o Salta. Allí formó una nueva estancia y vivió hasta el fin de sus días. El antiguo departamento Mailín, en 1.875 pasó a llamarse “28 de Marzo” y abarcaba Mailín, Herrera, Añatuya, Colonia Dora, Icaño y Real Sayana. En Herrera residía el Comandante del Departamento, Zacarías Herrera, hijo del fundador del caserío. Años después se fijaron nuevos límites y el departamento se llamó Avellaneda, como hasta hoy. En 1.888, mientras los obreros colocaban los rieles del entonces Ferrocarril Central Argentino (luego Ferrocarril Mitre), Don Zacarías trajo a su familia desde Mailín. El 29 de Septiembre de 1.900, el gobierno provincial, por ley le otorgó al caserío la categoría de pueblo y lo denominó Herrera.

       Este pueblo bilingüe de la mesopotamia santiagueña da a la patria buenos criollos quichuistas, como Lázaro Moreno El Payador, que siendo adolescente comenzó a compartir su canto repentista en las radios de Santiago y, como es de suponer, se aquerenció en el Alero Quichua Santiagueño. Lázaro siembra su canto gaucho por el país. Destacamos aquí algunas de sus creaciones grabadas: Tiempos Idos (chacarrera), Mi Condición de Paisano (milonga), Romance del Hachero (poema). En el gato bilingüe Sónckoy Mishqui, Lázaro describe los Domingos en el Alero Quichua, con un cariño especial. Su amor por el pago se sintetiza en la quintilla final de uno de sus poemas.

                   Estación Herrera, pueblito de mi alma:

                   si un día no vuelvo, te pido perdón.

                   Y si muero lejos de mi paisanada,

                   entierren mis huesos en tu tierra amada

                   con bombo, guitarra, vino y bandoneón.          


25 de Septiembre de 2.007.

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