Por Crístian Ramón Verduc
24/02/2026
¡Calor… tiempo loco!

Solía decir la gente paisana en esta época estival o especialmente cuando hacía calor en pleno tiempo invernal, como ocurre a veces.

En los veranos de la ciudad de Santiago del Estero de hace unos setenta años, todo parecía aquietarse a partir de la una de la tarde, cuando casi todos habían vuelto de su lugar de trabajo para almorzar con la familia. Las actividades comenzaban poco antes del amanecer y generalmente terminaban poco antes del mediodía. A media tarde, poco después de las cinco de la tarde, las veredas se veían transitadas nuevamente hasta bastante tarde de la noche. Había alumbrado público en las esquinas y, tanto de día como de noche, el tránsito de vehículos con motor era mínimo, más notable aún si comparamos con la actualidad.

Después del almuerzo, las familias descansaban a la siesta, durmiendo en las frescas habitaciones con techo alto, y no faltaban quienes ponían catres a la sombra de los árboles del patio. Los niños y adolescentes se reunían en el fondo de cada casa o en el zaguán de alguna, para compartir juegos infantiles o para zapatear, cantar en voz baja o tocar algún instrumento sin molestar a los mayores. Algunas amas de casa, mientras hacían tareas a la sombra, escuchaban las radionovelas si es que en la casa había un receptor; si no lo tenían, se reunían en una casa en que hubiese tal aparato.

A la siesta, algunos chicos se escapaban de la casa para jugar en la esquina con amiguitos, o en un baldío, o en una plaza, el parque Aguirre y, los más audaces, llegaban hasta el Río Dulce, donde también iban grupos de muchachos o familias completas.

No todas las familias tenían un ventilador, aparato que llegó a nuestros pagos cuando comenzaba el siglo veinte. Las confiterías del centro tenían ventiladores de techo y seguramente algunas mansiones y algunos edificios públicos también los tenían. Era común el uso de abanicos y, a nivel muy popular, pantallas artesanales hechas con palmas, que se compraban en el Mercado Armonía o a señoras que vendían casa por casa.

Sin tener datos estadísticos, pero con la ayuda de la memoria, una persona que haya vivido en esos años, puede recordar que siempre hizo calor en Verano y frío en Invierno. Los hombres salían a la calle con sombreros de paja para el calor y con sombreros de fieltro o gorra para el frío. Las damas usaban sombrilla o sombreros femeninos a cual más elegante. Para el calor, algunas damas mayores se ponían sobre la cabeza una toalla blanca si debían salir cuando hacía mucho calor.

Siguiendo la antigua costumbre de hablar del tiempo, se comentaba del “tiempo loco”, del calor o del frío, o de que estaba “lindo”, con temperatura agradable. La radio daba los datos del tiempo, con información de temperatura en grados centígrados, presión atmosférica en milímetros de mercurio, y del viento indicando la dirección y a cuántos kilómetros por hora corría. Agregaban las probabilidades de lluvia o no. En general, la población no prestaba atención a esos datos en números y con palabras poco habituales, pues hacían sus propios cálculos observando las nubes o por la percepción del calor húmedo o seco.

Las tormentas estivales eran tan bravas como las actuales. Después, el diario o la radio relataba sobre árboles caídos, cables cortados y voladuras de techos de chapa. Algunas calles se inundaban cuando la lluvia era muy abundante; ello se debía a que algunos desagües eran insuficientes para las nuevas calles pavimentadas, ya sin absorción por la tierra y formación de barro.

Hoy nos encontramos con calores, fríos, vientos, tormentas y todo lo que la Naturaleza tiene para ofrecernos. Las ciudades han crecido mucho, el tránsito de vehículos automotores es denso, la producción de basura es cada vez mayor y parece descontrolada. Hay calles que siguen inundándose, algunas por taponamiento de los desagües y otras por falta de inclinación adecuada para el escurrimiento del agua.

El tiempo sigue “loco” como siempre, nosotros estamos modernizados, aunque lo disimulemos.

24 de Febrero de 2026.

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