


Contaba un llulla, de una noche en la que supuestamente había caído de espalda en una zanja. Según su relato, estaba sin poder levantarse, igual que una tortuga cuando por algún motivo queda con sus cortas patitas hacia arriba y el pesado caparazón convexo no le permite darse vuelta.
Inmediatamente, otro mentiroso agregó: “Quiquin tanckachu” y no faltó quien preguntase qué es un tanckachu, ya que el hombre había dicho que habría quedado igual que el tanckachu. Quien había usado esa palabra era de otro departamento dentro de la misma provincia de Santiago del Estero, y explicó que en su pago llamaban tanckachu a un bichito cascarudo y explicó los hábitos de vida de este animalito. Prácticamente a coro le respondieron: “¡Ah! Es el acatancka”.
En nuestra región lo llaman acatanca, atatanca, nombres que vienen de aca tánckaj, que se traduciría como “empujador de estiércol”, pues la palabra aca significa “cosa sin valor”, como el estiércol, mientras que tánckaj es participio activo del verbo tánckay, empujar; entonces, tánckaj es empujante, empujador, el que empuja, la que empuja. A este insecto coleóptero también lo llaman tanckalu (muy de empujar, muy empujador). Es habitual ver al tanckalitu haciendo rodar una bolita de estiércol, a la que lleva rodando hasta la cuevita donde pone huevos y, al nacer las crías, estas se alimentan de los nutrientes que tiene esa pelotita de estiércol.
Hay palabras que cambian su sentido de una zona a otra, o de una provincia a otra. Al ave que en Santiago llamamos “rubiala”, por ser de un color cercano al rubio, y a ese mismo animalito, en las pampas bonaerenses lo llaman pirincho. En gran parte del litoral, le dicen “pilincho”, una ligera variante de lo pampeano; en Tucumán le dicen machilo, y en una parte de nuestra provincia, en el Norte del departamento Banda, nos han dicho que el machilo es otro pájaro.
El quetubí es un pájaro americano de color predominante amarillo. Se lo puede encontrar desde Méjico hasta la provincia de Buenos Aires. En toda esta extensa región, no está al Oeste de la cordillera de Los Andes. Su nombre tiene origen onomatopéyico, pues representa a su canto característico. En la vecina provincia de Tucumán, al que aquí llamamos quetubí o quetuví, lo llaman quetupí, casi lo mismo. En la región litoraleña le dicen pitogüé o pitohué. En gran parte de nuestro país tiene por nombre Benteveo o bienteveo, mientras que en otros lugares de nuestro país lo llaman bichofeo. En Brasil es llamado “bem te ví”; en todos los otros países tiene por lo menos un nombre distinto en cada uno de ellos.
El hornero, ave nacional argentina, tiene ese nombre porque construye su nido con barro y le da la forma de un horno de barro, pero dentro y fuera del país encontramos otros nombres para este pajarito que vive desde el extremo Norte de América del Sur, hasta el Norte de la Patagonia Argentina.
En el Litoral Argentino, el hornero es llamado alonsito, que podría ser un diminutivo de alón, que tiene alas grandes, o podría ser el diminutivo del nombre Alonso. En Brasil lo llaman Juan de Barro y, el nombre popular que nos ha llamado la atención es que en el Perú lo llaman chilalo, igual que en Santiago nominamos a una avispita que hace bajo tierra una tinajita de barro.
Respecto a la avispita que en Santiago del Estero se conoce como chilalo, nos dice el profesor Domingo Bravo que la palabra quichua chila, ya caída en desuso, se refiere a la tierra dura, el sufijo lu es aumentativo y en este caso nos estaría diciendo que la pequeña avispa es “muy de la tierra dura”; es que el chilalo cava su cuevita en tierra dura, para que no se derrumbe como ocurriría en suelo blando. Deducimos que el hornero recibe el nombre chilalo en el Perú, porque una vez terminado y secado su nido, queda duro, firme y aguantador.
Es muy interesante conocer los distintos nombres que puede tomar un mismo ser u objeto en los distintos lugares en que son conocidos.
31 de Marzo de 2026.
