Por Crístian Ramón Verduc
31/03/2009

Ama súa, ama llulla, ama ckella. No robes, no mientas, no tengas pereza… Normalmente, a nadie le agrada ser víctima del robo, la mentira o la pereza del prójimo. Una persona consciente, tampoco gusta de caer en tales faltas.

Recurrir al robo es una bajeza, un descenso del ser humano hacia el animal de rapiña. Ya lo decía Martín Fierro: “Ave de pico encorvao, le tiene al robo afición…”

La mentira, generalmente comienza a usarse por temor, por falta de recursos válidos para defenderse o valorizarse. Es en sí denigrante para el ser humano.

La pereza, según dicen, es la madre de todos los vicios. A veces se confunde con pereza a la falta de compromiso, o al cansancio. El cansancio por una actividad puede afectar a otras. Ese cansancio, esa necesidad de estar tranquilo y cómodo, en castellano se define como molicie. En portugués se dice moleza, con igual significado.

Un changuito o un grande, por picardía o necesidad, podría incurrir en el robo. Miente por divertirse o defenderse. Se deja ganar por el cansancio o la pereza y no cumple con sus compromisos. Es necesario estar atentos para que estas faltas no se vuelvan habituales y crezcan, llevando a la persona a un camino de difícil retorno.

Cuando uno se deja ganar por la pereza, miente o roba, pronto se inventa una excusa o justificación. Pero es difícil de soportar cuando uno se siente víctima de tales fallas. No es fácil la convivencia entre seres falibles, como somos los humanos.

Desde tiempos ñaupas, antiguos, remotos, los humanos se unieron en familias, clanes, comunidades, ciudades, reinos, países y grupos de naciones, según el discurrir del tiempo. Era evidente la necesidad de unirse para evitar ser avasallados por otros grupos.

Cada comunidad humana se defiende de los avances de otras comunidades, que buscan arrebatar territorios útiles para distintas explotaciones.

Nuestro país, a poco de nacer como nación libre e independiente, dedicó sus esfuerzos a expulsar del territorio a las fuerzas militares del reino colonialista de España. Poco tiempo antes de 1.810, los criollos argentinos habían enfrentado y sacado del suelo patrio a dos invasiones inglesas.

En muchas ocasiones, nuestros gauchos soldados, usando armas rudimentarias, vencieron a tropas de línea bien entrenadas. Lo que marcaba la diferencia era el estar defendiendo su propia tierra, a la que además conocían mejor que los invasores.

El levantamiento sucesivo de las distintas colonias, cambió el mapa político de América. Donde antes había virreinatos, capitanías y gobernaciones, nacieron naciones libres de la metrópoli europea.

Terminada la sumisión hacia España, comenzaron las disputas internas por el poder y las peleas entre naciones hermanas por cuestiones territoriales.

Mientras tanto, Gran Bretaña ocupó las Islas Malvinas, archipiélago geográficamente e históricamente nuestro.

Casi ciento cincuenta años después de constantes reclamos para que se nos devuelva nuestro territorio, tropas argentinas recuperaron Las Malvinas. La reacción británica fue contundente, con Estados Unidos como aliado directo, mas el apoyo de los gobernantes de nuestros hermanos chilenos y la actitud de algunas personas nacidas por error en nuestro país.

No fue fácil para la nación súa, usurpadora, recuperar para sí lo que no le pertenece. El león británico fue herido muchas veces. Nuestros gauchitos soldados resistieron a fuerza de coraje y patriotismo, pero no pudieron contra el imperio acostumbrado a la ocupación violenta de territorios ajenos.

Mucho se ha dicho y se dice respecto a Las Malvinas. Mucho de ello es de una veracidad dudosa. Hay mucho interés en que la molicie nos gane, que desmalvinicemos nuestro corazón. Los avances son muchos, externos e internos. Debemos negarnos a aceptar el colonialismo, el desprecio a lo criollo, la negación de nosotros mismos.

Los soldados que debieron luchar contra su propio instinto de supervivencia, contra el rigor del clima, contra la falta de interés de muchos compatriotas, contra la traición de sus vecinos, contra la falta de preparación de los mandos, y también contra las fuerzas militares enemigas, merecen que cada día los evoquemos con acciones concretas, o aunque más no sea con el pensamiento y la expresión de sentimientos nacionales.

No es posible que alegremente estemos cada día más aliados a los colonizadores y más peleados con nosotros mismos. No ayudemos a que nos roben. Basta de engañarnos a nosotros mismos. Es cómodo seguir así, haciendo poco o nada, pero debemos salir de ello. Ama súa, ama llulla, ama ckella.

31 de Marzo de 2009.

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