Por Crístian Ramón Verduc
01/09/2009

Creer o no creer. Confiar o no. Dilemas que uno enfrenta a diario en su vida de relación con el prójimo. Creer ciegamente a todo deja al ser humano muy vulnerable. Por otro lado, el no acreditar en nada hace del ciudadano una suerte de ermitaño, ensimismado y poco sociable.

Es necesario buscar el equilibrio, pues los extremos se vuelven en contra de quien los practica. No es fácil, pero debemos tratar de determinar a diario qué es creíble y qué es dudoso. Para esto, el individuo deberá estar instruido y saber aprovechar la experiencia, tanto la propia como la de otros, los que se la comentarán verbalmente o leerá en distintas publicaciones.

Es necesario estar atentos en la vida cotidiana, evitando la obsesión. Hay quienes dicen: “Creo solo en lo que veo.” Pero no todo es lo que parece, aún en la naturaleza. Hay engaños visuales y auditivos que son muy necesarios para la supervivencia de cada ser. Por ejemplo: Los animales que ante una situación de peligro erizan los pelos, toman en ese momento una apariencia más robusta. Hay reptiles que tienen una pantalla en el cuello que les da una apariencia terrible, aún cuando se trate de animalitos inofensivos. Hay mariposas que en sus alas desplegadas muestran una imagen parecida a los ojos del búho, para evitar el ataque de pájaros. El crespín y otras aves emiten el silbido de tal modo que se escucha como si estuviese en un lugar distante, aunque el animalito esté cerca. El tero grita en el pastizal cuando otro ser pasa cerca; defiende un determinado lugar con ahínco, pero su nido no está ahí; con el engaño salva a su descendencia. El loro tiene en los montes una actitud similar a la del tero en los yuyales.

Los humanos tenemos reminiscencias de un lejano pasado en el que éramos parte del entorno natural. Un ejemplo común es el de “ponerse los pelos de punta” ante un peligro. Otro caso es el de la distorsión en el tamaño aparente de los objetos lejanos. El humano curioso, se pregunta por qué ve con tanta nitidez un animal que está lejos, en una planicie o sobre un cerro. También le llama la atención que un avión volando alto y a gran velocidad, se ve tan lento en apariencia. Uno hace un cálculo de cuántas veces la aeronave recorre su propia longitud en determinado tiempo y se lo ve muy lento. La explicación está dentro de nuestra cabeza, en los órganos de la visión. Cuando un objeto está lejos, lo vemos más grande que el tamaño aparente que corresponde para esa distancia. Es una distorsión de la realidad que la Naturaleza proporciona al humano, para ayudarlo a sobrevivir. Por ese mismo mecanismo óptico es que tanto a la Luna como al Sol los vemos más grandes en sus momentos crepusculares; por que dentro de la atmósfera, el ojo humano percibe que la bóveda celeste está más lejana en el horizonte que en el cenit. Las cámaras de fotos son más objetivas, por eso muchas veces nos sorprendemos ante la pequeñez de objetos lejanos fotografiados.

Creer en todo lo que se ve no nos asegura estar creyendo en algo creíble.

Uno ve a un buen prójimo en malas compañías y piensa que no es bueno lo que está viendo, pero el bueno es bueno en donde ande. Aún así, Martín Fierro advertía a sus hijos: “…deben ser muy precavidos/ pues por igual es tenido/ quien con malos se acompaña.” Es necesario cuidarse de las malas influencias y del mal prestigio de los “laderos.” No basta con ser buena persona; para ser creíble, hay que demostrar tal credibilidad en los hechos cotidianos, sin que la demostración sea un objetivo sino la consecuencia de una actitud habitual en la persona. Las buenas y malas cualidades del ser humano, un poco vienen en los genes, pero lo que más influye es la vida de relación. La familia es el primer y principal agente educador del individuo. La mejor educación es dada con el ejemplo.

Si en verdad creemos estar en un mundo complejo, plagado de gente que se maneja con la mentira, el engaño, la verdad a medias, mensajes de celular o de Internet de apariencia bondadosa pero que son verdaderos fuegos fatuos que distorsionan las mejores intenciones, etc, debemos ocuparnos de los que están llegando a la vida, de los que están creciendo, para que crezcan fuertes y preparados. Tal fortaleza no debe ser bélica, sino de espíritu y pensamiento. Los que vienen después que nosotros deben tener una visión amplia de la realidad, para poder discernir si lo que ven y escuchan es real, y si la distorsión que perciben es beneficiosa o perjudicial.

Deberíamos educar a los que seguirán en nuestra tierra, para que individualicen el bien y el mal. Así serán fuertes. Más que nada, para poder ayudar.

01 de Septiembre de 2.009.

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