Por Crístian Ramón Verduc
04/05/2010
La ucucha, cuando envejece, se convierte...

”La ucucha, cuando envejece, se convierte en murciégalo”, afirmó el paisano, con fuerte convicción. Sus interlocutores, puebleros ellos, intercambiaron miradas cómplices mientras contenían una risa burlona. Dejaron de prestar atención al hombre, que preparaba el mate, para ocuparse exclusivamente de su juego de naipes. Uno de ellos, el más callado y calmo del grupo, se acercó a conversar con el dueño de casa. Quería saber de quiénes había aprendido tales cosas, comenzando por la extraña forma de denominar al murciélago.

Terminado el juego de truco, comenzó la rueda de cuentos, chistes y relatos, alrededor del fogón y con el mate pasando de mano en mano. Los relatos y cuentos apuntaron principalmente a vampiros, reales e imaginarios. Los muchachos aprovechaban para repetir socarronamente: “murciégalo.”

De vuelta en la ciudad, el joven de pocas palabras fue a sus libros, en busca de datos. Quería saber por qué los mayores, que a su vez habían aprendido de los antiguos, le habían enseñado a su anfitrión del campo que los murciélagos se generaban de las ratas, y que se llamaban murciégalos.

En la biblioteca halló respuestas: el cambio de lugar de sonidos dentro de una misma palabra, se llama metátesis. La actual palabra murciélago tiene su origen en el latín, con la unión de las palabras mus o muris (ratón) y caeculus (cieguito). Es decir que, para los antiguos romanos, este animalito volador era definido como ratón ciego. De estas palabras nació muciégalo, luego murciégalo y, finalmente, por el fenómeno de metátesis, murciélago.

Cuando hablamos de murciélagos, estamos hablando de mamíferos quirópteros, mamíferos con manos en forma de alas. Son mamíferos por que a partir del nacimiento deben amamantarse para vivir y crecer. Mas adelante, se alimentan según los hábitos propios de su especie. Hay murciélagos que comen insectos, otros chupan néctar de las flores, y hay algunos que se alimentan de sangre.

La mayoría de los murciélagos son insectívoros, pero lo que mueve un poco nuestra fantasía es la existencia de los vampiros, o murciélagos hematófagos. Los vampiros son pequeños, al igual que casi todos los quirópteros de nuestro continente. Se alimentan de la sangre que lamen de las pequeñas heridas que ellos mismos producen en el ganado y en animales silvestres. Como son muy chicos, las heridas que producen son poco perceptibles.

Salvo por algunos relatos un tanto dudosos, no hay antecedentes de seres humanos mordidos por vampiros. Los casos de vampirismo humano, que serían personas que se alimentan de sangre, son fantasías del cine, de los relatos de tertulias y, en algunos casos, son producto de enfermedades mentales graves que llevan a ciertas personas a querer concretar fantasías vistas o leídas como entretenimiento.

Suelen decir en broma a los noctámbulos, los que gustan de andar por la noche o los que tienen trabajo nocturno, que son vampiros, en alusión a leyendas europeas donde dicen que el vampiro humano no soporta la luz solar.

Los muchachos, en esos juegos crueles e inocentes a la vez de la adolescencia, solían capturar murciélagos y ponerles en la pequeña boca un cigarrillo encendido. El animalito aterrorizado, respiraba jadeando y parecía que fumaba. De esa mala práctica ha surgido la expresión “fumar como murciélago”. Otras crueldades solían ser comunes, como la de voltear a garrotazos a los murciélagos en pleno vuelo, solo por diversión. Ahora, con la divulgación y conscientización de la población respecto a la importancia de cada especie para el equilibrio del frágil sistema ecológico, hay un respeto creciente hacia los animalitos, entre ellos el murciélago, gran controlador de la población de insectos.

Cuando por alguna eventualidad, un murciélago entra en una casa, sus chillidos en alta frecuencia sonora incomodan y provocan un cierto malestar. Los chillidos tienen la finalidad de ayudarlos a tener un panorama de obstáculos en su trayectoria de vuelo. Es un sistema de emisión de sonidos y detección del eco para saber qué hay al frente, de qué tamaño y a qué distancia. Ese sistema de ecolocación le sirve también para cazar insectos. Algunos de los chillidos del murciélago son audibles. Otros están por encima de las posibilidades del oído humano, en una frecuencia mayor a los 18.000 o 20.000 ciclos por segundo que puede percibir nuestro oído como sonidos muy agudos. El límite del oído humano “hacia abajo” es el de unos 20 ciclos por segundo, correspondiente a un sonido muy grave.

El sistema de ecolocación del murciélago le permite suplir su escasa visión. Esa falta de una buena vista, ha hecho que los antiguos vean en el murciélago un ratón ciego.

“Los murciélagos son ratas viejas.” Esos conceptos, arraigados en la gente “de antes”, les fueron transmitidos por sus mayores, los cuales se manejaban con las memorias que venían del fondo de los tiempos.

Se cree en lo que se conoce y se ama. Por eso nuestros paisanos acreditan ciegamene en las enseñanzas que les impartieron sus mayores, contándoles historias y dándoles consejos mientras trabajaban en el surco, o a la vuelta del fogón al final de la jornada. Esos surcos labrados suelen estar en otras provincias, por lo que se dificulta la escolaridad regular para los changuitos. Sus ideas y expresiones no son erradas. Generalmente están superadas por las mudanzas que se dan en los idiomas y los descubrimientos en las ciencias. Mientras doblan la espalda en el surco ajeno, no tienen cómo ni por qué saber que ya no se dice murciégalo, sino murciélago, y que ya se sabe que se reproducen según su especie, dejando de lado la idea de que son ratones que con los años quedaron ciegos y comenzaron a volar.

Desconocer la sabiduría popular y burlarnos de sus expresiones sin antes conocer el origen de ellas, nos llevaría hacia un vuelo a ciegas, y sordos a los ecos de nuestras propias risas.

04 de Mayo de 2.010.

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