Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  30/11/2010
Cuando nacen los huahuitas en el pago santiagueño

“Cuando nacen los huahuitas en el pago santiagueño, los hacen bailar por el aire mientras les van tarareando un ritmo bien definido que se les prende en el alma.”

Dice José Montoya que el ritmo que se le inculca al recién nacido es el de la chacarera, cercano al gato y al malambo. Desde antes de nacer uno va internalizando los sonidos cotidianos, que se incorporan al recuerdo inconsciente de ese tiempo en que goza de seguridad, tranquilidad y abundancia en el vientre materno.

En el supremo y traumático momento del nacimiento, el humano sufre el impacto del aire en la piel y en los pulmones; entonces suelta su queja en forma de llanto, que suena como un canto a un nuevo triunfo de la vida.

Unido nuevamente a la madre por vía oral y protegido por el abrazo, se calma mientras trata de encontrar en el ambiente los sonidos habituales. Cuando los adultos lo hacen jugar al son vocal que imita al ritmo de chacarera, el recién nacido se alegra por que siente que sigue en un ambiente seguro y feliz.

A medida que crece va reconociendo los distintos timbres y las distintas alturas sonoras, mientras sigue recordando “ese golpeteo lindo que le ha taladrado el alma” desde antes de nacer. Ese ritmo le sirve de referencia para ir clasificando lo que oye.

Después, un poco por imitación en el ambiente familiar o en la escuela, y otro tanto por lo que trae desde el vientre de su madre, la huahuita comienza a cantar, a bailar, a querer tocar una guitarra, un bombo o cualquier cosa que pueda parecer un instrumento. El músico, cantor o bailarín folclórico es fruto de su entorno y de su decisión.

Según dicen nuestros mayores, lo único irremediable es la muerte, así que si uno cree carecer de la herencia musical o del estímulo temprano, pero desea practicar la combinación de sonidos en alguna de sus formas, debe entregarse por entero a la música y gozar de ella. Es una triste autolimitación el decir “no he nacido para esto”, en la música o en cualquier otra actividad.

Debemos alentarnos unos a otros para conseguir la fortaleza colectiva. En este caso nos referimos a la fortaleza cultural del conjunto humano que convive en un mismo territorio por nacimiento o por opción, aunque también puede formar parte de una comunidad al compartir los mismos anhelos, mas allá del lugar donde se encuentra.

Podremos preguntarnos qué importancia puede tener el arte para una comunidad. También podríamos preguntarnos respecto a la importancia del idioma, o de la vestimenta, o del conocimiento de tal o cual tema. Cualquier aspecto de la vida de una sociedad, considerado en forma aislada, puede parecer de una importancia relativa, tanto como la importancia que puede teneer la calidad de un único ladrillo para la construcción de una casa.

En la construcción y mantenimiento de la sociedad, todos y cada uno de sus componentes deben ser buenos e ir mejorando cada día. En cada actividad debe lograrse la autosuperación, evitando la tentación de aplastar al prójimo para sentirnos elevados. Debemos cuidarnos y controlarnos mutuamente, no solo dentro de las especialidades de cada uno, sino también cuidando que las otras actividades sean fieles a la comunidad.

Una comunidad es la unión de personas en distintos aspectos. Un aspecto fundamental es la memoria colectiva y el saber popular. La integración del individuo comienza a forjarse desde antes de nacer, pero puede modificarse en cualquier etapa de la vida.

Nuestra cultura criolla es valiosa, pues nos brinda la posibilidad de ser nosotros mismos, hijos de nuestros mayores y hermanos de nuestros pares.

Sonidos extraños invaden poco a poco el ambiente; costumbres ajenas vienen para torcer nuestra identidad. Cuando no sepamos bien quiénes o qué somos, será mas fácil despojarnos de los bienes que el adversario ambiciona.

Nuestro pago santiagueño es musiquero y cantor. Las huahuitas de las familias folcloristas siguen nutriéndose de folclore, hay nuevos impulsos comunitarios para la cultura criolla, y así va enriqueciéndose mas y mas nuestro pueblo.

Las aves de rapiña atacan donde hay riqueza. Sutilmente en parte y abiertamente por lo general, el adversario nos incita a dejar de ser nosotros mismos para convertirnos en sirvientes o en tristes caricaturas de quienes vienen a despojarnos.

Tenemos que velar por que nuestros hijos tengan una formación completa, que conozcan idiomas, artes y culturas de todo el mundo si es posible, pero que cuando escuchen los sonidos de la infancia se les represente un golpear de bombo con chacarera cantada.

Solo siendo nosotros mismos somos gente. Si seguimos peleándonos entre nosotros por beneficiar al invasor, seremos simples objetos proveedores de bienes útiles.

Nuestras huahuitas no deben ser simples elementos útiles para el servilismo, para la obsecuencia, para el desamor hacia nuestros mayores y sus luchas, para el desinterés por el futuro de nuestros descendientes. No, por favor, no. No han nacido para eso.

30 de Noviembre de 2.010.

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