Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  14/02/2012
¿Quién no conoce un hacha?

¿Quién no conoce un hacha? Sería difícil encontrar alguien que no conozca esta herramienta. El hacha existe desde la Prehistoria; se la encuentra entre antiquísimos objetos que los arqueólogos recuperan en sus excavaciones e investigaciones por todo el mundo. 

El hacha es, básicamente, un objeto metálico o de piedra fijo a un mango, como si fuese un martillo, pero con un filo o dos. En cualquier vivienda rural hay un hacha, que se usa para cortar leña, labrar o rectificar postes, talar árboles, armar cercos, sacar miel de los troncos, etc. En muchas viviendas urbanas también hay hachas grandes o chicas, que pueden servir para el cerramiento de una huerta o para otras tareas de la casa. 

Los bomberos utilizan hachas para abrirse paso rápidamente en los siniestros en que actúan; también los cocineros suelen utilizar hachas pequeñas para descuartizar piezas de carne. En general, las hachas tienen un solo filo, y el lado opuesto suele utilizarse como maza o martillo grande, aunque con lógicas limitaciones.
Las primeras hachas fueron un gran adelanto respecto a piedras a las que se les había afilado un lado para descuartizar presas o para cortar maderas. El solo hecho de atar esa piedra a un palo aumentó considerablemente la capacidad de la herramienta, que pronto fue utilizada también para abatir piezas de caza y también para atacar a otros seres humanos, pues las peleas son tan antiguas como el Hombre. 

En las distintas culturas, las hachas fueron pasando por un proceso evolutivo respecto al material del que estaban hechas. Primero era solamente una piedra, o hueso de quijada, que se amarraba a un palo, después pasó a ser una pieza metálica encajada en un palo o vara de madera. Al ser metálica, el hacha ganó en efectividad, por ser más filosa y fuerte. En muchos casos, está formada por una sola pieza metálica. 

En nuestro continente el hacha estuvo en las distintas culturas, de diversas formas. Cuando los europeos aparecieron por estas tierras, usaban armas desconocidas para la gente de América. Entre las armas europeas estaba la alabarda, que sería una lanza con una punta, la que a sus lados ostentaba un gancho filoso y un hacha, todo en una sola pieza metálica. También tenían hachas con cabeza metálica, grandes y fuertes para usar como herramienta. 

Con las hachas europeas, la recolección de madera para la construcción de casas y defensas fortificadas pasó a ser tarea rápida. El hacha que consta de una cabeza metálica de un filo, con un mango de madera que entra en esa cabeza por un amplio agujero, se aquerenció en estos parajes y se hizo criolla. 

Con el tiempo, la llegada de las empresas de explotación forestal con sus líneas ferroviarias, lanzó a los montes lo que Pablo R. Trullenque denominó “un huracán de hacheros” que laboriosamente, con la esperanza de contribuir al progreso familiar y general, comenzó a derribar árboles centenarios. 

El hachero se internaba en elmonte, muchas veces acompañado por hijos pequeños, elegía un árbol de los grandes, con un machete o con la misma hacha limpiaba de matorral el área, y comenzaba la dura faena de cortar el tronco del árbol en pie. Don Fortunato Juárez dice: “un alegre canto de hachas se oye a la alborada”, pero Don Lorenzo Gutiérrez afirma que el golpear del hacha en el obraje es un canto triste. El penetrante sonido del hacha golpeando una madera llega lejos en el monte, y es alegre o triste según las circunstancias en que se use. 

Una vez derribado el árbol, el hachero comienza a cortar y apartar los gajos menores que no serían útiles. Dependiendo del espesor y de la longitud de los tramos rectos, prácticamente todos los gajos y ramas pueden son utilizables. Unos sirven para varillas de alambrados, otros para postes, otros para durmientes del ferrocarril, etc. Una vez calculado lo utilizable, el hachero corta los troncos y tronquitos de una longitud acorde con la función que la madera ha de cumplir. Según las exigencias del patrón, puede ser que la madera salga del monte en forma rolliza nomás, o puede ser que salga labrada. Un tronco labrado es uno al que el hachero ha aplanado uno de sus lados, calculando el mayor cuadrado que pueda sacarse del tronco. Labrar un tronco es una tarea en la que el hachero demuestra su maestría, donde aplica más la habilidad que la fuerza, el golpe medido más que el revoleo, hasta dejar al tronco apto para llevar a la sierra “sin fin” del aserradero. En la tarea de labrado, si algo falla en el golpe del hacha, el filo puede herir un pie o pierna del hachero. 

Si el tronco va al aserradero en forma de rollizo, va a ser calzado con cuñas en sus lados para que deslice sobre la mesa de la sierra sin inclinarse. Aún así, puede resbalar y provocar daños en el corte, en la hoja de la sierra y en los brazos de los operarios. Mejor es un tronco labrado por el diestro hachero. 

El mango del hacha es llamado también cabo, lo que da lugar a bromas en lugares de servicio donde existe la jerarquía de Cabo; los bromistas suelen decir “¿Vos sos Cabo? Si… ¡cabo de hacha me dirás!”
El amplio orificio que tiene la cabeza del hacha para ensamblar el mango se llama ojo. Hay ocurrentes dichos entre los paisanos referidos al ojo del hacha. Por ejemplo: Si alguien hace una acotación ajena al tema que se está tratando, suelen preguntarle: “¿Qué tiene que ver el ojo del hacha con la velocidad del chancho?”
También hay bromas con alusión a la fortaleza de los componentes del hacha, que son la cabeza de metal y el mango de madera dura, como cuando alguien dice: “Te voy a golpear con el blando del hacha”. 

Derribar y labrar el quebracho es el desafío para el hachero, por la dureza de tal madera. Este árbol debe su nombre popular castellano a su dureza, pues quebracho es una deformación del apelativo “Quiebra hachas”.
El rudo trabajo del hachero requiere que el mismo sea fuerte, y lo fortalece aún más, a costa de muchos sacrificios de orden social, familiar y cultural. El hachero es un personaje muy importante en las tradiciones folclóricas de nuestra región. Sus titánicos esfuerzos en los obrajes del Chaco lo han transformado en un arquetipo de la virilidad, de la fuerza y la humildad. El Chaco Santiagueño supo de las hazañas de muchos bravos hacheros y aún tiene muchos de ellos trabajando a brazo partido en los obrajes que todavía existen. En la ciudad de Monte Quemado, en pleno Chaco Santiagueño, hay un monumento al hachero. 

En la sucursal Santiago del Estero del Banco de la Nación Argentina hay también una estatua del hachero. La escultura muestra a un santiagueño con su hacha; el vigor del hachero se percibe en su postura tranquila; está con alpargatas, camisa y pantalón simples. El rostro debía ser también bien criollo, del monte; por eso es que ese hachero tiene el rostro de Don Sixto Palavecino. 

14 de Febrero de 2.012.

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