Por Crístian Ramón Verduc
21/02/2012
Por eso es que por mi madre

“Por eso es que por mi madre,/ y por mi madre llorando, por mi madre que me espera/ vuelvo a mi madre cantando.” “Chayraycu mamayraycocka,/ mamayraycu huáckaj cani./ Mamáypaj cántaj churácoj,/ mamayman cunan ‘rishcani.” Es linda y cargada de amor filial la estrofa final de la chacarera Llajtaymanta Llojserani, letra de Don Sixto Palavecino con música de Don Oscar Segundo Carrizo. 

El hombre sachero, santiagueño del monte, se expresa en quichua, idioma que aprendió de sus mayores, de los cuales su madre fue quien le enseñó las primeras palabras. Para que los conceptos sean entendidos por los que hablan castellano, es preciso traducir, conservando la rima y la métrica si se quiere cantar; es un típico caso de uso de lengua materna y lengua general. 

Si uno observa ciertos países del mundo; o mejor aún, observa nuestro país, verá cómo hay una tendencia muy fuerte hacia la centralización y unificación de casi todos los aspectos de la vida. Una de las unificaciones que procura el centralismo es la del habla popular. En el caso de Argentina, podemos percibir cómo la mayor parte de los medios de difusión de las provincias funcionan como sucursales de los medios de la ciudad de Buenos Aires. 

En el caso del uso del idioma, Buenos Aires parece obrar como intermediario entre otros centralismos y el de nuestro país. Poco a poco, de modo que no sea perceptible para quienes poco piensan en ello, el particular modo de hablar de los periodistas y artistas porteños, con su propia entonación, más el uso de modismos extraños y reemplazo de palabras castellanas por expresiones recibidas de países dominantes, va entrando en el habla cotidiana de quienes han entronizado un televisor en la casa. 

No hace falta estudiar mucho para percibir este nefasto avance de lo ajeno; basta con apelar a la memoria y observar cómo hablábamos hace veinte años y cómo hablamos ahora, ver de dónde ha venido el cambio y evaluar si tales cambios han mejorado nuestra cultura. Es muy posible que se llegue a la conclusión de que se ha involucionado en aras de la unificación bajo las patas del monstruo dominador. 

Generalmente, cuando alguien alza su voz contra el sometimiento, aparecen oprimidos que defienden al opresor repitiendo fórmulas como que la lengua es viva y que debe evolucionar. Tal afirmación confirma el grado de sometimiento, al responder con una perogrullada que podría desanimar al que quiso alertar a quien no desea ser alertado. Lo más triste es que tal verdad de Perogrullo tiene poco o nada que ver con la afirmación que defiende la involución de nuestra habla. Parece que quien pretende avisar del desastre que se desarrolla bajo nuestra nariz, está hablando con una pared, o con un parlante de bocina. 

Hay un prejuicio respecto a la Organización de las Naciones Unidas (ONU); mucha gente considera que tal organización existe solamente para favorecer la unificación mundial a favor de un grupo pequeño. Es un tema espinoso e importante para conversar y analizarlo, aunque en muchos casos no haga falta analizar para llegar a esa conclusión rápida. Pero hete aquí que la UNICEF, uno de los organismos dependientes de las Naciones Unidas, dispuso en 1.999 que cada 21 de Febrero sea el Día Internacional de la Lengua Materna, para preservar ese patrimonio de la Humanidad que son los idiomas como parte de la identidad de los pueblos del planeta. 

La Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas Para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), exhorta a los estados miembros a promover la preservación y protección de todos los idiomas que emplean los pueblos del mundo. 

Fue elegido el 21 de Febrero por que en esa fecha del año 1.952, estudiantes que se manifestaban por el reconocimiento de su lengua materna como uno de los idiomas oficiales en la actual Bangladesh, fueron muertos a tiros por la Policía. Esto aconteció durante el Movimiento por la Lengua Bengalí. 

Con o sin exhorto de la UNESCO, es una obligación moral de cada pueblo cuidar su acervo cultural. Es valioso y necesario que una rama importante de esta gran organización internacional coincida con el pensamiento de gente que en el mundo lucha para que su lengua materna no sea sustituída por una lengua general o dominante. 

En una familia tradicional, el padre sale a buscar el sustento de toda la familia, la madre se ocupa del cuidado y formación de los hijos, mientras que esos hijos se dedican a descubrir, entre juegos, el mundo donde en el futuro deberán trabajar y luchar por el bien de sus hijos. En esos juegos infantiles suelen adoptar o desarrollar un vocabulario propio, inventando, o copiando de amiguitos, sinónimos para palabras que ya conocen. En la escuela, o en la casa “cuando hay gente” (visitas), no está bien que usen el vocabulario coloquial, ese que comparten con sus amigos y que su madre también conoce. También el padre y los hermanos mayores conocen el vocabulario de entrecasa. Esa suerte de bilingüismo se da prácticamente en todas las culturas; es como tener un idioma para la casa y otro para la vida pública. 

Nos causa sincera y justa admiración el saber de personas estudiosas que saben dos idiomas o más. Mientras tanto, tomamos con total naturalidad el hecho de que un peón golondrina nacido quichuista se comunique en castellano con sus patrones o compañeros de trabajo en otras provincias, para continuar hablando en quichua cada vez que vuelve a su casa. 

Se habla mucho de los inmigrantes árabes que instalaron un negocio en zona quichuista y enseguida aprendieron la lengua quichua, para después aprender el castellano. En el caso del quichua, encontraron ciertas afinidades fonéticas que facilitaron la pronunciación, mientras que en el castellano quedó marcada a fuego su dificultad para pronunciar la letra P, totalmente nueva para el recién llegado. 

Cuando alguien que habla castellano desde la infancia concurre a un curso o establecimiento de enseñanza de quichua, aprende primero a conocer y entender el quichua, pero siempre “le falta algo” para habalr con fluidez. Ese algo es la necesidad imperiosa de saber hablar, que es lo que encuentra el quichuista emigrado hacia donde el idioma dominante es el castellano. Es la misma situación en que se halla cualquier emigrante, y se ve obligado a aprender la lengua general del lugar donde decidió vivir, pero la lengua materna permanece en su interior hasta el fin de sus días, aunque parezca que no. 

Quienes hablan una lengua oficial impuesta por encima del idioma materno, ya saben tal lengua materna definitivamente, ya sea quichua u otro idioma. Lo que pone en riesgo a las lenguas maternas es la disminución paulatina de nuevos hablantes, los que son enseñados en el hogar, por la madre.
Ante la disminución de hablantes “por nacimiento”, podemos crear espacios donde se aliente el habla del quichua, con apredizaje accesible. El primer paso tiene que ser asumir que el quichua santiagueño es la lengua materna de Santiago del Estero. 

No podemos quedar fuera del mundo, y el mundo nos obliga a respetar los idiomas ajenos para comunicarnos. Respetando todos los idiomas y siendo conscientes de que podemos hablar de diversos modos y en distintos idiomas, valorizaremos más la lengua materna de cada uno, como una forma más de respeto hacia uno mismo y hacia el prójimo. 

Si los santiagueños aprendemos a hablar el quichua santiagueño y el castellano, podremos llevarnos bien con cualquier lengua general o materna de cualquier país. 

21 de Febrero de 2.012.

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