Por Crístian Ramón Verduc
06/03/2012
Me encontraba, como digo,/ en aquella soledá...

“Me encontraba, como digo,/ en aquella soledá,/ entre tanta escuridá,/ echando al viento mis quejas,/ cuando el grito del chajá/ me hizo parar las orejas.” (El Gaucho Martín Fierro, capítulo 9).
 
Si uno anda por las planicies de algunas provincias argentinas, es posible que vea al chajá volando o parado en algún pastizal, cerca del agua. Donde abunda en Santiago del Estero es en los ríos del Sur de la provincia derivados del Río Dulce como brazos, próximos a la Laguna de los Patos y la de Mar Chiquita. También anda el chajá en inmediaciones del Río Salado. Es abundante en el gran humedal del lago artificial formado por el Dique Río Hondo. Se lo puede encontrar solo o en grupos. 

Su tamaño es mayor que el de una gallina grande, de color grisáceo, con un collar negro y blanco. Las patas son de color rojizo y bastante fuertes. La cabeza parece pequeña, tiene unas plumas levantadas como copete en la nuca y el pico es pequeño. En las alas tiene unos espolones como el tero o la chuña. Según cuentan los paisanos, la carne de chajá no se come, pues al cocinarla se convierte en espuma. 

Da gusto ver su vuelo majestuoso, con poco aleteo y bastante planeo, al tiempo que emite su voz parecida a la de un roce de metales que sugiere una palabra de dos sílabas. Nuestros quichuistas le llaman Túaj.
Cuando alguien se acerca al lugar donde el chajá tiene su nido o ha tomado como su territorio, el chajá emite sus gritos de advertencia, en una actitud similar a la de los teros, los gansos o los perros. Ese hábito de custodiar su territorio ha hecho que nuestra gente de campo adopte como guardianes a cualquiera de los nombrados. No solamente el perro hace un gran bullicio y defiende amenazante su lugar ante la presencia de extraños; también lo hacen el teros, el ganso y el chajá. 

El chajá es un emblema vivo de las pampas. Existe únicamente en una zona de América del Sur, que abarca parte de Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay. Puede ser que en los distintos lugares tenga diferentes nombres, todos tomados de su grito de dos notas, aunque predomina el guaranítico nombre Chajá.
Una leyenda guaraní dice que el chajá se originó en una pareja de valientes cazadores que murió intentando librar a su tribu de un yaguareté comedor de carne humana; en la furiosa lucha cuerpo a cuerpo de ambos con el “tigre cebado” se habían herido mortalmente los tres. En la aldea había gran desasosiego ante la falta de regreso de la pareja y temor por su suerte; el viejo padre de la moza falleció por la aflicción, y entonces apareció una pareja de aves hasta entonces desconocida que tomó por su cuenta la custodia del caserío, alertando desde ese día a los pobladores ante la proximidad de algún peligro. La voz de alerta de las aves les recordaba los gritos de combate de su querida cazadora y ellos dieron por cierto que era la pareja que había vuelto convertida en ave vigilante. 

Respecto al mortal contendiente de la pareja de cazadores, cabe acotar que jaguar, yaguar, yaguareté y otros nombres se usan para designar al felino que científicamente se llama Panthera Onca (Onca sería una simplificación de Onça, que suena Onza). Entre los felinos del mundo, los únicos de mayor tamaño que el yaguareté son el tigre y el león. Pese a que el yaguar es el leopardo americano, popularmente es llamado Tigre Americano o simplemente Tigre. En Brasil lo llaman Onça Pintada. Los quichuistas lo llaman Uturungu, y hay leyendas también respecto al uturungu y al ‘Runa Uturungu (Hombre Tigre). 

Los felinos son carnívoros y matan a otros animales para comer. Sienten temor o extrañeza ante el ser humano y su primer impulso es huír, pero si están heridos o acorralados, o ven peligrar a sus crías, los felinos atacan aunque sea a un humano. Si llega a derribar y matar a ese humano, es posible que pruebe su carne, la que pasa a gustarle de un modo muy particular. En ese momento el jaguar se convierte en un “tigre cebado” que procurará presas humanas para satisfacer ese deseo que lo lleva a la temeridad. 

Los majestuosos y altísimos vuelos del chajá y su actitud vigilante en las pampas, han inspirado al bailarín santiagueño José Gómez Basualdo, llevándolo a crear la danza El Túaj, de hermosa música y coreografía muy particular, de dos parejas. Las academias de danzas de todo el país suelen incluir El Túaj en sus presentaciones. 

En muchos lugares, incluso en Santiago del Estero, los puebleros pronuncian las palabras quichuas con acentuación aguda, dando como resultado expresiones erróneas y en algunos casos desagradables. Por ejemplo: desde hace muchos años escuchamos decir “supáy” por súpay, incluso lo vemos por ahí escrito con Z. Nuestro túaj no podía salir ileso de la contienda entre el conocimiento y las voces que suenan fuerte. Entre los bailarines está generalizado decir “Tuáj” cuando anuncian la danza de José Gómez Basualdo. Suena como una expresión de asco. 

Túaj entre los quichuistas, chajá entre los guaraníes, son palabras de dos sílabas de origen onomatopéyico, pues con ellas se intenta reproducir el grito de esta hermosa ave, que tiene dos notas repetidas, con un sonido algo metálico. 

En todo caso, habría que dar una vuelta por los bañados y llanuras del Sur de Santiago (Río Dulce, Río Utis, Laguna de los Patos) o en “la cola” del lago de Las Termas de Río Hondo para ver y escuchar al chajá, al túaj, y comprobar que su voz no es un escupitajo. También se puede preguntar a los quichuistas o consultar los libros de los investigadores de la lengua quichua; por ejemplo, el Diccionario Quichua Santiagueño – Castellano del Profesor Dr. Domingo A. Bravo. En nuestra página tenemos también un diccionario con los mismos elementos que el Diccionario del Profesor Bravo, solo que con diferencias en la forma de escribir. En el caso de la palabra Túaj, se debe tener en cuenta que suena Túaj, pese a estar escrito Tuaq. 

Cada animal de los campos y montes tiene una serie de particularidades que da gusto observar. Cuanto menos persecusión sufran, más abundantes serán estos animales. No deja de ser una forma de persecusión la invasión de los territorios que los animales necesitan para vivir. Al quedarse sin los bosques y llanos naturales que les brindan alimento, los seres silvestres que no se adaptan al cambio se retraen y se reproducen menos, o emigran hacia otros parajes. 

El chajá, el túaj, está vivo en nuestra provincia, ayudado en gran parte por la mala fama de su carne. La degradación de su hábitat aún no es insoportable para el estoico túaj, que monta guardia de pie en los pastizales o vuela a gran altura observando los movimientos en la zona. Tal vez espera alerta la posible aparición del tigre cebado, el uturungu bravío que antaño poblara también estas pampas y selvas. La presencia del hombre, que puede ser tan peligroso como el ‘runa uturungu, también motiva en esta ave el grito: “Túaj, túaj, túaj”. 

06 de Marzo de 2.012.

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