Por Crístian Ramón Verduc
11/09/2013
MAMA ANTULA: SANTIAGUEÑOS QUEREMOS TENER UNA SANTA

Mama Antula, es una expresión donde el castellano y el quichua se fusionan para reconocer en esta mujer sus actitudes maternales, "Mamá Antonia", Madre Antonia.
 
Mama Antula ha sido declarada Venerable por la Iglesia, lo que constituye el paso previo a ser beatificada, y eventualmente luego santificada. 

La Mama Antula, nació en Santiago del Estero, en el año 1730. Era nieta de un ilustre personaje y su familia gozaba de una muy buena posición económica y social. De joven se alejó de los honores y riquezas para servir a Dios. A los 15 años se puso bajo la dirección de los padres de la Compañía de Jesús, con los que colaboró en sus múltiples tareas, especialmente, en los Ejercicios Espirituales. Lo hizo con tanto entusiasmo que aprendió su temática y metodología y al ser expulsados los jesuitas, llamada por una voz interior, se animó a ser su heredera. Tenía 36 años y se consideraba Hija espiritual de la Compañía de Jesús.
Su misión fue llevar a Dios hasta donde no fuese conocido. Así recorrió varias provincias desde Jujuy hasta Córdoba y San Luis. Después viajo a Buenos Aires a pie desde Santiago del Estero, llevando una cruz de madera en las manos, y sin más recursos que la providencia. 

Entró en Buenos Aires en 1779. Se refugió en la Iglesia de la Piedad. Durante 20 años se dedicó a hacer conocer a Cristo a través de los Ejercicios Espirituales (hoy llamados Retiros Ignacianos). Con inmenso amor instruyó a los pobres, a los indios, a los negros y a la gente de campo, protegió a las jóvenes desamparadas, visitó a los presos, auxilió a los enfermos y necesitados, convirtió a los pecadores, albergó y educó a las mujeres de la calle, sin más recursos que la mano de Dios que la asistía en todo momento.


Maria Antonia de Paz y Figueroa o Beata Maria Antonia de San José más conocida como Mama Antula: nació en Villa Silípica, en 1730 y falleció el 7 de marzo de 1799, en Buenos Aires. Desde muy joven comenzó a trabajar con los jesuitas (Compañía de Jesús) colaborando en la organización de ejercicios espirituales. 

Luego partió a Buenos Aires donde durante veinte años de su vida se dedicó a predicar el mensaje de Cristo. En 1795 fundó la Casa de Ejercicios Espirituales en Buenos Aires, la que aún sigue cumpliendo su misión.
Falleció en dicha Casa. Sus restos descansan en la Iglesia de Nuestra Señora de la Piedad, de la ciudad de Buenos Aires; la congregación llamada Hijas del Divino Salvador, que siguiendo su ejemplo fundaron el Santuario de San Cayetano, en Liniers, Buenos Aires. San Cayetano y San José eran los santos en los que tenía mayor devoción Maria Antonia de Paz y Figueroa. 


Vida de María Antonia de Paz y Figueroa y sus “beatas”

En 1760, en Santiago del Estero, María Antonia de Paz y Figueroa reunió a un grupo de chicas jóvenes que vivían en común, rezaban, ejercían la caridad y colaboraban con los padres jesuitas. En aquel entonces se las llamaba “beatas”; ahora se les dice laicas consagradas. Durante veinte años María Antonia estuvo al servicio de los padres jesuitas, asistiéndolos especialmente en las tareas auxiliares de los ejercicios espirituales.
Cuando se produjo la expulsión de los jesuitas en 1767, María Antonia pidió al mercedario fray Diego Toro que asumiera las tareas propias de la predicación y la confesión, mientras que ella se ocuparía con sus compañeras del alojamiento y las provisiones para continuar con los ejercicios espirituales. La amistad con los jesuitas la siguió manteniendo vía epistolar.

Viajaba caminando descalza

Tiempo después abandona Santiago del Estero para organizar ejercicios espirituales en Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. “Mama Antula” -así empezaron a llamarla- era una mujer con un estilo muy peculiar. Los viajes los hacía caminando descalza y pidiendo limosnas. No quedan testimonios de cuántas veces preparó ejercicios en algunas ciudades, pero sólo en Tucumán se hicieron sesenta. A pesar de sus viajes por montañas, desiertos y parajes que desconocía, jamás sufrió percance alguno. En Catamarca padeció una enfermedad y fue desahuciada por el médico. “Me encomendé al Sagrado Corazón y me encontré curada pronto, sin ningún remedio”, aseguró. Una vez se rompió una costilla, en otra ocasión se dislocó un pie “pero fui curada una y otra vez por una mano invisible”, repetía. 

En Córdoba y Buenos Aires

En menos de un año organizó en Córdoba ocho tandas de 200 y 300 personas. Y siempre conseguía las limosnas suficientes como para mantener a toda esa gente e incluso en ocasiones había un excedente que sería para ayudar a pobres y presos.
Pero en Buenos Aires no fue muy bien recibida. La trataron de loca, borracha, fanática y hasta de bruja. El obispo mostró desconfianza y postergó la respuesta por nueve meses, mientras solicitaba informes sobre María Antonia. Luego no sólo le dio autorización sino que además se convirtió en un gran admirador y le dejó un nada despreciable legado.
Terminantemente opositor fue el virrey Vértiz, dada su antipatía visceral hacia todo lo que fuese jesuítico. En esa actitud firme permaneció por dos años y con poderes sobre el terreno religioso, le negó a María Antonia la autorización para organizar los ejercicios espirituales. Pero ella no le dio gran importancia; le dio la espalda y se retiró.
En esa espera, el dinamismo de María Antonia no tuvo sosiego. Ni bien contó con la autorización, ya tenía todo preparado para iniciar los ejercicios espirituales. La semilla de estas prácticas germinó rápidamente y el éxito logrado entusiasmó al obispo, quien dispuso pagar el alquiler de la casa y puso a su disposición a su mayordomo para cualquier urgencia.
En tanto, dos amigas suyas habían emprendido en Salta y Tucumán la organización de los ejercicios espirituales. Este hecho, unido a la trascendencia que cobraba esta práctica religiosa, la alentó a darle forma a su pequeño grupo de beatas, con una serie de pasos que comenzaron en un postulantado, la vestición del hábito, y la formulación de votos privados.
Tiempo después Madre Antula fue invitada desde la Banda Oriental (hoy Uruguay) para propagar los ejercios espirituales.

Hacia 1788 escribió Ambrosio Funes una carta contando que en ocho años habrían hecho ejercicios espirituales unas setenta mil personas. Por eso proyectaba una casa dedicada especialmente a estas prácticas. Como respuesta obtuvo la donación de tres parcelas de terreno contiguas. Pero faltaba todo lo demás, de manera que inició nuevamente a solicitar ayuda y tuvo como apoderado en esta tarea a Cornelio Saavedra.
La práctica de los ejercicios espirituales pasó a convertirse en una de las actividades religiosas más prestigiosas de la vida porteña, y tanto los sectores de abolengo, como los de condición humilde encontraron en Mama Antula a la persona a quien encomendaban sus oraciones por diversas necesidades.
En 1784 el obispo de Buenos Aires, Sebastián Malvar y Pinto, enviaba una carta al Papa informándole que durante los cuatro años en los que se habían realizado los ejercicios espirituales en esa ciudad, habían pasado unas quince mil personas, sin que se les haya pedido “ni un dinero por diez días de su estadía y abundante manutención”. 

La gravitación de María Antonia

En Roma, las cartas de María Antonia a sus amigos los jesuitas, después de ser traducidas al latín, francés, inglés y alemán, eran enviadas a distintas naciones, en particular a Rusia, único país que no había acatado el destierro de los jesuitas. Ciertos conventos franceses se habían reformado al leer sus cartas. La importancia asignada por el obispo de Buenos Aires a los ejercicios, lo llevó a disponer que “ningún seminarista se ordenase sin que primero la beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en esos ejercicios”. Con lo cual se asignaba a María Antonia un papel significativo en la Iglesia porteña de ese entonces.
El retiro final

María Antonia sentía que le flaqueaban las fuerzas. Contaba sesenta y nueve años y no pudo ver concluida su obra. Murió el 7 de marzo de 1799. Pero el grupo de mujeres que la acompañaba se convirtió en una pujante congregación religiosa en 1878, que hoy desarrolla sus tareas apostólicas en varias provincias. El corazón de la Madre Antula sigue palpitando en la Santa Casa de Ejercicios que se conserva en Buenos Aires como uno de los edificios más antiguos de la ciudad y atesora viejos recuerdos en forma de imágenes, muros, puertas y patios, que constituyen un patrimonio vivo de la historia argentina.

FUENTE: Wikipedia

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