Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  20/01/2015
A dormir baja la noche/ sobre la espuma del río,/ en las alas de un ochogho/ pa’ no morirse de frío.

“A dormir baja la noche/ sobre la espuma del río,/ en las alas de un ochogho/ pa’ no morirse de frío.” Esta estrofa de la Chacarera Para mi Vuelta, de Marcelo Ferreyra y Onofre Paz, nos lleva a una hermosa imagen de un río, que inmediatamente imaginamos es el Río Dulce, pues pasa al lado de la ciudad de Santiago del Estero. 

El río nos atrapa con solo pensar en él. Parece que todos los ríos tienen ese poder de atracción, posiblemente por el fluir del agua, que se parece a la vida misma, que viene y pasa constantemente con curvas, rectas, turblencias, remansos, olas de distinto tamaño, obstáculos varios y actividad interna. Dentro de un río que está vivo, hay plantas y todo tipo de animales acuáticos. También están las plantas, como el sauce y el ceibo, por ejemplo, que viven a la vera de los cursos de agua. Además, hay animales que sin vivir inmersos en el agua, están muy cercanos a ella, como las garzas, los huacos, los chorlitos y las jacanas, por nombrar algunos. 

Hay animalitos que sin ser peces ni batracios viven mucho en el agua, sumergiéndose en ella por lapsos breves, como las nutrias, los carpinchos, las gallaretas y varias especies de patos. El yacaré es propio de otros ríos, fuera de nuestra provincia, mientras que el carpincho está en la zona Sur de la misma. 

Hay una avecita muy parecida a las gallaretas, que incluso en algunos lugares es mencionada como gallareta, llamada genéricamente jacana. En los pagos guaraníes le dicen “Canilla poí”, por que sus patitas (“canillas”) son muy delgadas. Esta pequeña ave tiene un tamaño menor que el de las gallaretas y los dedos de sus flacas patitas son exageradamente largos, lo que le permite caminar sobre vegetación flotante. Es de color ladrillo y suele tener la cabeza, el cuello y el pecho de color negro; al desplegar las alitas, éstas se muestran de un vistoso color amarillo. La gallareta, llamada gallineta en algunas provincias, suele sumergirse un poco, mientras que la jacana picotea andando por las orillas o sobre las plantas acuáticas que flotan. 

Un gran zambullidor es el ochogho, llamado biguá o pato negro en otras provincias. Posiblemente biguá sea una simplificación de la palabra guaraní Mbiguá, que designa a la misma ave palmípeda. Dicen en Brasil que la palabra Mbiguá significa “pie redondo” en el idioma tupí. En Santiago del Estero lo llamamos ochogho. El Profesor Domingo Bravo escribía con una h después de la g para suavizar su sonido. Lo mismo en la palabra tajhuena (h después de la j), que significa mecedor, cuchara grande o palo que se usa para mecer o mezclar. 

La palabra Ochogho no parece quichua. Entre los estudiosos más conocidos en Santiago del Estero, no apareció una explicación respecto a la procedencia de la palabra Ochogho u Ochogo. No parece quichua pero tampoco hay datos para saber a qué idioma pertenece, por ahora. 

El ochogho está distribuido por toda América del Sur y parte de América del Norte, además de otras regiones del mundo, siempre en donde haya ríos, lagos y lagunas para que pueda capturar peces u otros animalitos acuáticos con que alimentarse. Su “hermano mayor” es el cormorán, ave marina que existe prácticamente en todos los mares del mundo. Estas aves palmípedas tienen la particularidad de tragar entero lo que cazan, sin importar el tamaño. En el río Dulce es común ver algún ochogho que va engullendo poco a poco un pez y la cola de esa víctima parece una gran lengua, más aún si capturó una anguila, pez particularmente largo. 

Suelen amontonarse en las correderas, por donde hay mucho paso de peces, como a la salida de los diques de Los Quiroga o de Río Hondo. Cuando hay abundancia de ochoghos, proporcionalmente hay escasez de presas; entonces, cuando uno captura algo, huye perseguido por varios compañeros que se tornan rivales en ese momento, mientras traga apresurado, en pleno vuelo, para evitar el arrebato. 

El vuelo del ochogho es pesado, de trayectoria recta y aleteo constante. Cuando está en una rama y decide volar, en los primeros aletazos parece caer hasta rozar el agua. También suele volar alto, especialmente cuando se traslada de un territorio a otro en bandadas. 

Hay una especie muy parecida al ochogho, poco vista en nuestros pagos, pero que anda mas o menos en los mismos territorios que su pariente cercano. Es llamado Aninga, Mbiguá Mboi o Pato víbora. La palabra guaraní Mboi indica el parecido con la víbora, específicamente por que el cuello de esta especie es largo, delgado y muy flexible, con la cabeza chica y poco diferenciada del pescuezo. Por lo demás, el mbiguá mboi parece un ochogho, biguá o mbiguá, aunque su vuelo es un poquito más ágil. 

Tanto el aninga como el ochogho tienen el hábito de pasar varios minutos posados en una rama o una piedra con las alas abiertas. Comentan los entendidos que ello se debe a la permeabilidad de las plumas. Las aves acuáticas en general, tienen las plumas recubiertas por una sustancia impermeabilizante producidas por ellas mismas. El ochogho y su primo aninga no tienen tal sustancia, por lo que cada inmersión es bien profunda, pero quedan más pesados por la humedad acumulada. Por eso sería que exponen sus alas al aire y al Sol, para que el agua se evapore y escurra, mejorando así sus condiciones de vuelo. No obstante, puede verse ochoghos levantando vuelo directamente desde el agua, aunque solamente ellos deben percibir la diferencia de esfuerzo entre volar mojado o seco. 

Objetivamente, según la información de yachajcuna (los que saben), el ochogho abre sus alas para secarlas; ello no impide imaginar que esas alas abiertas llaman a un abrazo; llamado al que, según Marcelo Ferreyra, responde la noche y, por sobre la blanca espuma del río, acude a dormir acurrucada en un abrazo con el esforzado cormorán fluvial de alas negras, negras como la noche misma. Después de todo, el ochogho estuvo llamándola durante todo el día, con sus brazos abiertos. 

El poeta que evoca al ochogho recibiendo la negrura de la noche para calmarle el frío, es un nostalgioso que está cantando coplas para su regreso al pago querido. Por eso es que su chacarera termina diciendo: “Cuando yo pegue la vuelta,/ no sé ni cómo ni cuándo,/ tierra madre, he de contarte/ lo mucho que te he añorado.” 

20 de Enero de 2.015.

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