Por Crístian Ramón Verduc
05/05/2015
“No tengo ese producto por que nadie lo compra”.

A veces escuchamos esa respuesta de algunos comerciantes y nos nace la sospecha de que no quiere que la gente consuma tal producto. En ocasiones nos animamos a preguntar: “¿Y si no lo tiene, cómo alguien lo va a comprar?” 

Si estas situaciones ocurriesen únicamente en el comercio, sus consecuencias serían materiales, pero el materialismo y los intereses, evidentes u ocultos, manipulan también valores inmateriales. 

Desde el comercio desalmado se manipulan las culturas de grandes masas humanas para obligarlas a consumir determinados productos o para obligarlas a incorporar o desechar determinados rasgos culturales. 

Para una persona o una familia, el hecho de no conseguir en el comercio determinada marca o producto, puede ser algo relativamente insignificante. Se soluciona con la sustitución de un producto por otro. En ciertos niveles de manejo de la economía, el reemplazo de una mercadería por otra da enormes diferencias de dinero. 

En lo cultural, estamos viendo a diario cómo grandes masas humanas son dirigidas con hilos poco visibles. Se puede ver el extremo de cada hilo prendido en la víctima, pero el otro extremo parece bajar desde más allá de nubes poco comprensibles. 

¿Quién puede tener interés en expandir su propia cultura, imponiéndola a otros pueblos? Posiblemente haya varias explicaciones, pero una de ellas sería muy simple: El motor de la expansión es el dinero. Para un país o grupo de países que consumen más de lo que producen, es muy necesario vender toda su poca o mucha producción y a la vez procurar otros medios de ingresos. Dicen que así nacen los imperios, cuando un pueblo necesita más espacio, o cuando sus líderes ambicionan mayor cantidad de súbditos y avanzan sobre los otros pueblos. 

Los monarcas quieren muchos súbditos trabajando para ellos. No se satisfacen con los que han heredado de otros monarcas y quieren más. La expansión no es gratuita y alguien debe pagar semejante esfuerzo. Un modo de expansión es por el ataque militar, lo cual ocurre desde épocas remotas. Otra forma de expansión es la invasión comercial, práctica antigua que sigue vigente. Logran tal invasión introduciendo en el país colonizado, productos más baratos que los de los productores locales. Así se destruye la industria local e imponen la de ellos. Después se normalizan los precios, con cierto exceso para compensar las rebajas anteriores. 

En la Antigüedad, el Imperio Romano invadió militarmente muchas regiones europeas para acarrear tributos hacia su metrópoli; obtuvo grandes lucros comerciales e impuso su idioma sobre las lenguas comarcanas, al igual que muchas costumbres. Poco a poco, los culturalmente más vulnerables de los países sojuzgados soñaron con ser romanos. 

También el Tahuantinsuyu se expandió mediante invasiones militares e impuso sus costumbres y su habla en gran parte de América del Sur. 

En el Siglo XIX, la invasión inglesa de tejidos industriales destruyó a la producción de artesanías y manufacturas de nuestro país. Primero invadieron militarmente Buenos Aires en dos ocasiones pero fueron derrotados. Tiempo después volvieron y se apoderaron de nuestras Islas Malvinas. Después de invadir nuestra economía con su industria, los ingleses continuaron llevando fuertes ganancias de nuestros pagos. 

La invasiones culturales son viejas conocidas nuestras. Por naturaleza humana o por cultura inculcada, los reyes y princesas nos fascinan, al igual que los héroes venidos de reinos lejanos. No podríamos precisar cuándo comenzamos a comprar e importar cultura ajena. La industria del cine nos dominó en su momento, llevando grandes sumas de nuestro dinero para el Hemisferio Norte, al tiempo que nos acercaba sus héroes y alejaba a los nuestros. 

En nuestro tiempo, los criollos e indigenistas estamos cada día más parecidos a los colonialistas declarados. El colonialismo comercial encontró hace mucho el modo de invadirnos sin arriesgar a sus soldados. Después de la Guerra de Malvinas, hizo que sus operadores nos enseñaran que las islas del Atlántico Sur no nos interesan demasiado, que los verdaderos héroes de las guerras vienen del Norte, que los nuestros son pobrecitos sin voluntad, que los monarcas siguen siendo muy necesarios y que nuestros idiomas son poca cosa. 

El trabajo de socavar las culturas regionales para imponer la invasora no es fácil ni gratuito. El invasor hizo su inversión inicial hace mucho y después, con parte de los lucros obtenidos, fue armando una estructura con la cual los invadidos financiamos el esfuerzo del invasor. Hoy, todo un sistema de propaganda y difusión nos condiciona a diario para que hagamos lo que los lejanos patrones ordenan. Ellos lanzan sus productos al mercado y nos inducen a comprarlos. 

Para que la colonia compradora y proveedora de recursos siga funcionando, los invasores nos guían en forma cotidiana, imponiéndonos modos de ser y de pensar. Para ello, primero nos han inculcado que no somos quienes creíamos ser, para acercarnos más hacia ellos, con obligaciones tributarias y con derecho solamente a convertirnos en caricaturas de los habitantes más pobres de sus reinos. 

Las expresiones culturales propias de nuestra gente están siendo invadidas y sojuzgadas. Ya han invadido el gusto popular en cuanto a uso de ropas, aparatos y expresiones artísticas. Hace pocos años nos han enseñado que una parodia de su música, con el nombre en idioma inglés, es nuestra música nacional. También han impuesto que los instrumentos de un bastión de nuestra cultura, como lo era el arte musical criollo, deben ser los de ellos y no los instrumentos criollos. 

La imposición del idioma se acelera cada vez más. Por un lado, la necesidad del aprendizaje del idioma inglés como lengua general en el mundo, para fines políticos y comerciales es un hecho innegable. Por otra parte, la degradación del habla cotidiana con expresiones soeces y reemplazo de vocablos castellanos por palabras inglesas es un dañino para nuestra personalidad como pueblo. 

El invasor ni siquiera gasta mucho en soldados, a los que tiene como una amenaza silenciosa. En la invasión cotidiana usa como luchadores suyos a gran parte de nuestra gente, que con discursos modernistas nos tapan la boca si protestamos contra la invasión. Promueven la confusión, las peleas internas y el desánimo en los escasos focos localistas, permitiendo que tales focos mantengan sus nombres criollos solamente para mantener la confusión e incorporar luchadores a quienes desanimar. 

Nuestra respuesta a las invasiones debe ser una toma de conciencia de lo que nos está ocurriendo y la resistencia con la buena memoria como principal arma. Debemos reconocer qué es nuestro y qué es lo que “ellos” nos venden. Hay que cuidar los idiomas originarios, promoviendo el habla de los mismos, al tiempo que se mantiene el buen uso del castellano como lengua nacional. 

A cada momento debemos estar atentos y responder con firmeza a los avances colonialistas, aunque vengan disfrazados de valor nacional. Es necesario aprender a decirles: ¡Ánchuy, mana penckayníoj! (Fuera de aquí, sinvergüenza). 

05 de Mayo de 2.015.

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