Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  26/05/2015
En esta época del año, por rutas y caminos

En esta época del año, por rutas y caminos se ven transitar distintos vehículos cargados con grandes paquetes o bolsas. Algunos dejan caer a su paso algunos copos de algodón. Muchos campos también están blanqueando de copos en las plantas, o bien ya tienen apenas los tallos enhiestos aunque secándose, después de la cosecha. 

Es tiempo de la cosecha del algodón. Ocurre en varias provincias argentinas, incluso en Santiago del Estero. Antes, lo habitual era que familias enteras emigrasen hacia la provincia del Chaco para trabajar en la recolección de los valiosos capullos. Para ello, solía haber en cada pueblo o paraje una persona que estaba en contacto con las empresas o personas dueñas de campos donde cosechar. Ese encargado contrataba gente y organizaba el viaje.

Para la cosecha del algodón, generalmente iba el contratado y toda su familia, dejando la casa prácticamente abandonada. Cargaban todo en un carro y, al paso de mulas o caballos de tiro, marchaban lentamente hacia la zona de trabajo. Los perros de la casa acompañaban la travesía, caminando debajo del carro para aprovechar su sombra. 

Cuando eran necesarios varios días para el viaje, después de cada jornada de marcha, la familia acampaba en alguna casa conocida o directamente debajo de un árbol cobijador. Cocinaban utilizando para ello los avíos que ya estaban previstos. 

Una vez llegados al campo, armaban un ranchito sencillo, cuando no una simple carpa, y toda la familia se ocupaba del trabajo. En algún momento, la esposa del cabeza de familia cocinaba y atendía algunas tareas domésticas, pero gran parte del día lo pasaba trabajando en la cosecha, junto a todo el grupo familiar. 

Los chicos también estaban involucrados en la tarea. Había que aprovechar para cosechar el algodón como una forma de reunir dinero. Los cosecheros de algodón usan un cinto con dos ganchos en los que prenden una bolsa de arpillera, la que así queda abierta y ubicada entre las piernas. El cosechero avanza con un pie en cada surco, dejando en el medio la línea de plantas de algodón, de las que va recogiendo los capullos y poniendo en la bolsa.
Cada bolsa llena debe cerrarse y coser la boca. Al final de cada jornada, llevan el grupo de bolsas llenas para el pesaje. Un encargado de la empresa va a anotando y acreditando a cada peón los kilos recogidos. Por otra parte, el patrón tenía dispuesto un almacén para la venta de mercaderías a los cosecheros, los que pagaban al contado o hacían anotar para arreglar al final de la campaña, o del mes o de la quincena, descontando de lo que había cosechado con su familia. 

La recolección de algodón se hace bajo los rigores del clima y agachados, según la estatura del cosechero, pues las plantas miden un metro o menos de altura. Al comienzo de la campaña, los dedos de las manos sufren heridas por el constante roce con el áspero cáliz que sostiene el capullo. Al final de la campaña, lo que más duele es la cintura. 

Si la cosecha ha sido buena, si toda el grupo gozó de buena salud y si la cuenta del almacén no ha sido muy fuerte, la familia regresa a la casa con dinero suficiente. Si son de buena conducta y trabajadores, serán contratados para la próxima campaña algodonera y para otros laboreos. 

Poco a poco, la mecanización ha ido desplazando a los cosecheros. Los pocos recolectores manuales ahora viajan en ómnibus o camión. No todos llevan a la familia, pues los niños no deben perder el año escolar y las leyes laborales no lo permiten. La cosecha con máquinas es rápida pero incompleta. Es conocido el campo que ha sido cosechado a máquina, por el aspecto parejo de las plantas "descabezadas" y por la cantidad de algodón sobrante que se ve en el suelo y en las plantas. 

Una vez pesado el algodón, es enviado a las plantas desmotadoras, donde las máquinas devolverán la fibra limpia y enfardada, lista para ser enviada a las fábricas o al puerto exportador. 

Existen distintas variedades de algodón en distintos continentes. El aprovechamiento de sus fibras para elaborar hilos, telas y ropa, data de muchos siglos en lugares lejanos y cercanos. En nuestro continente, los precursores en el cultivo y uso del algodón fueron los Mayas, los Aztecas y los Incas. Al parecer, el cultivo del algodón en la costa Norte del actual Perú, comenzó hace unos cinco mil años. 

Una de las novedades que presentaba el Tahuantinsuyu a los pueblos que incorporaba, era la liviana y cómoda ropa de algodón, diferente a las pesadas prendas de lana. Éste y otros adelantos eran ventajas que ganaban los pueblos que se sometían al Inca, adoptando sus costumbres e incorporando el 'runa simi como lengua general.
Entre nuestra gente tradicional, sobrevive el arte de la hilandería y tejido artesanal utilizando lana de oveja o de alpaca. Las teleras de la provincia de Santiago del Estero hilan y tejen lana de oveja, colorida con tintas naturales extraídas de los montes cercanos. En nuestra provincia hay una gran cantidad de teleras que trabajan con sus telares de pala en la casa durante horas y horas cada día. Las frazadas, sobrecamas, ponchos y otras maravillas producidas por sus manos son de un gran valor cultural y material. 

Hay teleras en varios lugares de nuestra provincia. Felipe Corpos cantó para ellas, especialmente para las de Atamishqui: "Enrédame atamishqueña con tu madeja de sueños. Ovíllame entre tus brazos, quiero sentirme tu dueño." Leo Dan también cantó para ellas en su chacarera De la Telera, con la que elogia el arte de sus coterráneas. 

De los Incas nos quedó la lengua quichua en su variante santiagueña, vestigio de la lengua general que se hablaba en una vasta región de América del Sur. Es llamativo que el cultivo y uso del algodón no haya llegado, o por lo menos no haya permanecido entre los pobladores. 

Hasta hace unas décadas, asociábamos el algodón con las provincias litoraleñas, con la provincia del Chaco y el Este de Santiago del Estero como los lugares más cercanos hacia donde iban los laboriosos peones golondrinas con sus familias, inculcando a sus hijos la cultura del sacrificio y el trabajo rudo. 

Nuestra gente criolla, sachera, sigue emigrando hacia los lugares de trabajo para ganar el sustento para los suyos. La cosecha del algodón es una blanca ilusión de mejor vida. Ojalá se cumplan los sueños de la gente bien intencionada y pueda vivir entre copos de bienestar, haciendo estudiar a sus hijos y enseñándoles valores de solidaridad y respeto al prójimo, a la vida y a sí mismos. 

Desde nuestro Alero Quichua Santiagueño los instamos a seguir en la lucha con un sincero Ama súa, ama llulla, ama ckella. 

26 de Mayo de 2.015.

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