Por Crístian Ramón Verduc
12/01/2016
“Abre la puerta y entra a mi hogar…” dice Juan Carlos Carabajal

En su célebre canción musicalizada por Peteco Carabajal. “Entre a mi pago sin golpear” dice Pablo Raúl Trullenque en su chacarera. La gente criolla de nuestros pagos, al igual que la mayoría de la gente humilde en el mundo, es amigable y hospitalaria con los visitantes.

Al llegar los europeos a nuestro continente, fueron recibidos por pueblos que se mostraban curiosos, asombrados, algunos amistosos, otros desconfiados, según las circunstancias del momento para cada pueblo. No olvidemos que entre ellos también podía haber disputas por territorios, lo que los haría desconfiados ante lo desconocido. Los pueblos que tenían entre sus tradiciones alguna leyenda mesiánica, recibían a los recién llegados con alegría y esperanza.

Quienes no tenían condicionamientos por creencias o por problemas con vecinos, simplemente ofrecían su hospitalidad a los recién llegados, ansiosos por conocer algo de esa gente extraña. Lo que ocurrió después de tales recibimientos, ya ha sido largamente relatado por los historiadores. Estando ya establecidas las colonias europeas, formados los virreynatos y capitanías, continuó la llegada de gente que no era de este continente. Llegaban los parientes de quienes habían venido desde esas lejanas tierras, gente que procuraba “hacerse la América” (enriquecerse) y también quienes ya no podían vivir tranquilos en sus lugares de origen.

Argentina ha sido colonizada por españoles, los que en su momento trajeron africanos esclavizados y poco a poco fueron apareciendo denominaciones para los nacidos de la unión entre quienes procedían de distintas herencias. Los hijos de español y española que nacían en América eran llamados criollos; los hijos de español y originario de nuestro continente eran mestizos, los hijos de español y africano eran mulatos, los hijos de africano y originario de América eran llamados zambos.

Con el tiempo, la gran mayoría de la población fue una muestra de lo que se dice “crisol de razas”, donde se fundieron las distintas procedencias. El gaucho pasó a ser llamado criollo y no se preocupaba mucho por los antiguos antepasados que circulasen por sus venas, pues en su árbol genealógico tenía españoles (muchos de ellos descendientes también de moros), negros, “indios” y en muchos casos algo de gringo. Se dieron en llamar gringo a ingleses e italianos, también a otros europeos que no eran precisamente españoles.

A medida que iban llegando a nuestra región se les adjudicaba algún nombre genérico. Martín Fierro habla del gringo refiriéndose al italiano. En algún momento, Hernández menciona también a un “nápoles”, aunque posiblemente usa esa palabra por la métrica. Santiago del Estero fue colonizada y bautizada por españoles, los que habían llegado con sus armas y sus prédicas a imponer su presencia en estos pagos de llanuras y río. En sus primeros tiempos, la población santiagueña estaría compuesta por unos pocos españoles y una cantidad mayor de originarios de estos pagos y del Perú.

Pasado un buen tiempo y afianzada la posición española, llegaron africanos esclavizados. Poco a poco se incorporaron a Santiago italianos, a los que hemos llamado “gringos” y árabes, a los que llamamos “turcos”, un poco por que, según dicen, los primeros sirios y libaneses venían con pasaporte expedido por las autoridades de Turquía, invasora de países árabes; otro poco ha de ser por que nos resulta fácil usar palabras de dos sílabas.

El arribo de otras inmigraciones no ha sido tan numerosa ni impactante como la de “gringos” y “turcos”. El árabe se incorporó con gran facilidad a la vida en la ciudad capital o en los pueblos del interior de nuestra provincia, demostrando gran facilidad para hablar quichua. Un extranjero quichuista pesaba mucho en las pequeñas comunidades bilingües, ya que se instaló con negocio de “ramos generales”, cuando no con un obraje maderero y productor de carbón. Una comunidad santiagueña con un alto porcentaje de árabes es la ciudad de Suncho Corral, a orillas del Río Salado, en zona quichuista.

Hay inmigrantes que sueñan con volver a su tierra y muchos lo han logrado, generalmente para pasear, visitar sus parientes y volver a su Patria adoptiva. Pasadas unas generaciones, las familias de los inmigrantes se integraron totalmente a la comunidad elegida por sus predecesores. En Santiago del Estero seguimos diciendo “turco” o “gringo”, pero sabemos que son tan santiagueños como los criollos, y en algunos casos demuestran más amor hacia nuestro pago que nosotros mismos.

Estas comunidades de inmigrantes suelen agruparse y procurar mantener vivas las tradiciones de sus antepasados. En todo el país vemos centros culturales de distintas procedencias que, con su accionar en grupo o en forma individual, vienen enriqueciendo la cultura nacional en diversos aspectos. Esos centros culturales suelen promover intercambios entre estudiantes de sus países de origen y los del nuestro. En la culinaria y en las danzas, por ejemplo, van dejando su impronta en nuestra cultura.

Hay provincias que promueven fiestas de las distintas comunidades de inmigrantes, especialmente en provincias como Córdoba, Chaco, Misiones, Buenos Aires y en la Patagonia. Estamos en el mes de la mayor cantidad de festivales folclóricos. Paralelo al espectáculo musical variado, con la inclusión de expresiones criollas, podremos compartir la mesa con “nuestros” gringos, turcos y demás criollos.

En esas mesas, es poco probable que compartamos un locro asentado con chicha o aloja de algarroba, por ejemplo. Lo habitual es comer unas ricas empanadas criollas (de origen español), alguna porción de pizza (de origen italiano), chorizos también europeos y bebidas también inmigradas en algún momento. Somos criollos, tanto en lo cotidiano como en las ocasiones especiales de esta parte del año, disfrutamos del canto y danza de chacarera, chamamé, valseado y otras danzas argentinas que tienen su originen en bailes europeos.

Disfrutaremos al ver a nuestras hijas, nietas o familiares de amigos, interpretando bellas danzas árabes. También veremos hijos de árabes, italianos y de otros inmigrantes, cantando y tocando instrumentos folclóricos junto a criollos de estos pagos. En Énero vemos sobre los escenarios y alrededor de ellos, fuertes ejemplos de integración entre la gente de nuestro país e inmigrantes.

Algunas veces, las relaciones entre antiguos habitantes y recién llegados han sido conflictivas, pero no nos equivocamos cuando decimos a la gente de buena voluntad de todo el mundo: “Abre la puerta y entra a mi hogar.”

12 de Enero de 2.016.

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