Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  09/02/2016
“Yo tenía una gallina que al gallo le reclamaba...”

es el comienzo de la Chacarera del Cacareo, de Fernando Almaraz y Don Sixto Palavecino. Hoy para nosotros es lo más normal que en una casa de campo, e incluso en una casa de la ciudad si tiene un buen fondo, haya gallinas. En el campo suelen andar sueltas, “tishpiendo” (pellizcando) granos, hojitas, bichitos, escarbando para buscar alimento para sí mismas o para sus pollitos.

En la ciudad están generalmente en gallineros, en los que se les proporciona maíz u otros granos para su alimentación. También se les da restos de verduras, de frutas y de comidas varias, pues la gallina es un animal omnívoro, que come de todo. La gallina era desconocida en el Tahuantinsuyu (llamado también Imperio Inca) hasta su llegada con los españoles, que la traían para asegurarse alimentos durante el viaje, pues la gallina normalmente pone huevos todos los días y, llegado el caso, puede ser faenada para comerla preparada de diversas maneras.

Dicen algunos investigadores que, en realidad, cuando los españoles llegaron al Cusco, la gallina ya era conocida por haber sido llevada por chasquis desde la costa atlántica, utilizando caminos peatonales bioceánicos que unían a los pueblos de Los Andes con los pueblos de las selvas amazónicas. Aunque tales afirmaciones no están comprobadas, bien podría haber ocurrido, pues tales caminos existieron y aún se conservan tramos de por lo menos uno de ellos, conocido como Peabirú. La gallina doméstica es originaria del continente asiático.

Llegó a Europa por obra de los grandes viajeros y expedicionarios. Este animal pequeño y fácil de alimentar, que devuelve con creces lo que recibe, ha sido adoptado rápidamente por los europeos y también como parte necesaria de las grandes navegaciones marítimas. La gallina es la hembra de esta especie; el macho es llamado gallo. En quichua llamamos atashpa a la gallina, mientras que para el gallo no tenemos una palabra quichua, al menos en Santiago del Estero, reducto quichuista argentino.

El gallo es de tamaño ligeramente mayor al de la gallina, de porte elegante, majestuoso, cada gallo suele tener un grupo de gallinas de cuyos pollitos es el padre. A la voz de la gallina la llamamos cacareo, por los gritos entrecortados que emite para anunciar que puso un huevo o para anunciar un peligro. Además tiene otros recursos sonoros para avisar a sus pares que hay algo extraño de lo cual deben desconfiar, distintos a la voz con que llaman a los hijos para comer.

También emite un grito entrecortado en caso de pánico. En general, esas voces son comunes a ambos sexos, pero el gallo tiene su canto para anunciar el amanecer y en ciertos momentos del día o de la noche. La gente del campo sabe interpretar los anuncios del gallo según la hora en que canta, por eso acostumbra decir: “Ha cantado el gallo, mañana va a correr viento” y cosas parecidas.

El canto del gallo se anuncia con siete golpes dados con las alas a los costados del cuerpo. Luego de ese fuerte aleteo, el gallo lanza al aire su canto que parece decir: “quiquiriqui”. Ese aleteo tiene una cadencia tal, que los siete golpes transcurren mas o menos en dos segundos. La gallina y el gallo llegaron a nuestro continente desde tierras lejanas. Aquí ya existían los pájaros de aleteo más veloz de que se tenga conocimiento. Además, son las aves de menor tamaño en todo el mundo: Los picaflores o colibríes. A lo largo de América hay una gran cantidad de especies de picaflores, con distintos tipos de cola, pico y color en sus tornasoladas plumas.

Las características comunes a los distintos picaflores son su escaso tamaño, sus patitas muy cortas que no le permiten caminar, su alimentación basada en néctar y pequeños bichitos, su nido minúsculo y mullido, su gritito breve y de poco volumen; lo que más sorprende del picaflor es su vuelo, sustentado por alitas que baten a más de cincuenta veces por segundo. Es la única ave en el mundo capaz de volar hacia atrás. Se puede ver al colibrí libando néctar o buscando bichitos o material para su nido, haciendo “vuelo estacionario”, subiendo, bajando, retrocediendo... igual que un helicóptero bien conducido.

Cuando terminó su tarea en un lugar, el picaflor parte en veloz vuelo, demasiado veloz si tenemos en cuenta su tamaño. El picaflor recibe distintos nombres según la región; por ejemplo, en Brasil es llamado beija flor (besa flor), en Argentina es llamado en general picaflor o colibrí y en otros lugares es llamado zumbador, pájaro mosca y con otros nombres. En Santiago del Estero le decimos picaflor, dominico, dominicu o tumiñicu. En cierta región de la provincia de Córdoba dicen que el nombre quichua del picaflor es Qenti. En Santiago del Estero, la palabra ckenti significa encogimiento, contracción.

El ckenti tacko, por ejemplo, es un arbusto de madera dura que da vainas retorcidas. En este caso, ckenti tacko significaría árbol encongido o algarrobo encogido. En ese ir y venir por el mundo, el ser humano va acercando hacia su vida a distintas especies animales, domesticándolas y llevándolas en su peregrinación por el planeta. Es lo que ocurrió con el perro, el caballo, el burro, la vaca, el gato, el pavo, el pavo real, la gallina y algunas especies de pájaros.

Felizmente, el bello picaflor es un animalito indómito, poco menos que imposible de domesticar. A lo sumo, se lo puede acostumbrar a libar de bebederos cargados con agua azucarada y así tener la certeza de poder admirar cotidianamente su vuelo en toda dirección, su plumaje tornasolado y su grácil figura. Aparte de la graciosa chacarera de Almaraz y Don Sixto, hay otros temas dentro del cancionero criollo que se refieren a la gallina y al gallo.

El grácil picaflor, siendo propio de nuestro continente, tiene pocas canciones que lo mencionan. Una excepción a esta regla es el gato El Picaflor, de Alejandro Iñíguez, que comienza: “A aquel pajarito y a su vuelo yo le canto...” Dicen que cuando aparece un picaflor en la casa, está anunciando visita, o anunciando que llegarán buenas noticias.

También dicen que matar un picaflor trae mala suerte, y debe de ser así, pues un crimen tan grande contra un animalito tan pequeño, inofensivo y lindo, no puede quedar impune. No está de más recordar que a un picaflor o a cualquier otro animal, se los puede matar de a uno usando un arma de fuego, una honda o una flecha, o en forma masiva destruyendo su ambiente, lo que también es una forma de suicidio a mediano o largo plazo.

Debemos respetar toda forma de vida, apelando a ellas para cubrir necesidades naturales y no para fantasías inhumanas. Es bueno recordar todo el hambre que nos evitó la humilde gallina doméstica y la belleza que a diario nos brinda el bello picaflor.

09 de Febrero de 2.016.

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