Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  16/02/2016
“El que no corre, vuela”, suele decirse para significar que hay gente muy astuta...

“El que no corre, vuela”, suele decirse para significar que hay gente muy astuta, pícara, rápida para pensar y actuar, haciendo referencia generalmente a asuntos comerciales. La rapidez para reaccionar ante diversas situaciones puede adquirirse con una buena formación académica, con la enseñanza por parte de gente avezada o por aprovechamiento de las distintas experiencias de vida, aunque una buena base para adecuarse a ese modo de actuar es la reacción instintiva, la reacción impensada, la que parece venir con uno desde hace varias generaciones.

En la Naturaleza, el que no es veloz para protegerse puede morir en las fauces de otros, y quien no es veloz para atacar, corre el riesgo de sucumbir por inanición. El ser humano, en sus tiempos primordiales, no ha sido la excepción, pues debía ser rápido y sagaz para evitar los ataques de animales carnívoros y de otros seres humanos hostiles. A medida que se organizó la vida humana en comunidades cada vez más complejas, cada grupo tuvo que utilizar la velocidad de pensamientos y movimientos para luchar con la Naturaleza y a la vez competir con los otros grupos, mientras que internamente también aparecían las pujas entre vecinos e incluso familiares, para conseguir mejores medios para la subsistencia. En sociedades evolucionadas, la lucha entre grandes grupos llamados reinos, imperios, países y bloques de países, se hizo más sofisticada, utilizando medios cruentos en algunos casos y sutiles en otros, pero en permanente puja por superar al otro, procurando devorar y no ser devorado.

En las ciudades modernas, esa lucha es evidente entre empresas, medianos o pequeños emprendimientos, y también entre individuos que aspiran a una mejor posición dentro de un grupo laboral o comercial. En sociedades organizadas para lograr eficiencia, los individuos comienzan a competir temprano en la vida, con exámenes de ingreso para acceder a la mejor enseñanza, la que estará reservada para los más capacitados, los que vienen prestando atención a las enseñanzas desde el comienzo.

Esas sociedades dirigen a sus integrantes hacia la competencia, hacia ser competentes para enfrentar la vida, superando a sus vecinos y ayudando a que su comunidad supere a otras en la lucha por el bien vivir. En la vida cotidiana, salimos diariamente del nido para competir mientras evitamos ser destruidos. Si es en la vida rural, hay que cuidarse para que las inclemencias del tiempo no nos causen una enfermedad y, en ciertos casos, para que los animales potencialmente peligrosos no nos ataquen. Al mismo tiempo, hay que procurar ganarle a las sequías, a las heladas, a las plagas, al frío y al calor, para lograr buemos rendimientos en la producción que sustenta a nuestra familia. Una vez lograda una buena producción agrícola o ganadera, hay que competir con los vecinos para lograr buenas ventas.

Si observamos la vida urbana, cada día también es una lucha, pues hay que evitar ser atropellados por vehículos mal conducidos, sufrir accidentes en calles mal atendidas o, peor aún, ser asaltados por delincuentes que aprovechan la vida urbana para dedicarse al robo. Mientras consciente o inconscientemente nos cuidamos de los peligros urbanos, vamos compitiendo por ventas, por puestos de trabajo, por ascensos... y en definitiva, por lo que pueda servirnos para llevar bienestar a nuestro nido. Hay sistemas comunitarios, en los que las personas se agrupan con el fin de ayudarse mutuamente y así superar a los factores externos, naturales o creados por el humano. En las sociedades con cultura quichuista, esas ayudas mutuas se llamaban Minca o Minka, y ha llegado a nuestros días con el nombre de Minga. La minca era una práctica instituida en el Tahuantinsuyu (llamado Imperio Incaico por los españoles), para que dentro de los aillus (grupos de vecinos, generalmente unidos por parentesco) se ayuden unos a otros en las cosechas, construcciones y otros trabajos que deben realizarse en grupo.

Era un sistema solidario, en el que todos y cada uno de los integrantes de la comunidad participaban con el compromiso tácito, por parte del beneficiado, de participar en las minkas de los otros vecinos – parientes. La minga se ha transformado en una práctica criolla, la que aún sobrevive en ciertos lugares y en determinados casos. Al ser una actividad solidaria, sin retribución en dinero, ha pasado a ser sinónimo de favor o “gauchada” (el gaucho es solidario). De ahí es que aún hoy alguna gente del Noroeste Argentino utiliza el verbo “mingar” (castellanización del verbo míncay) para indicar que se trata de un favor; así es como se puede escuchar decir: “Mingale a Fulano para que te lo arregle”, por ejemplo. Una buena actitud solidaria dentro de una comunidad, hace que esa comunidad sea eficiente para competir con otras.

Entonces... ¿Será que los humanos no paramos de competir en ningún momento? Esa sería una pregunta un poco difícil de responder. Si se trata de la subsistencia, en una sociedad mundial en la que hay más necesidades que bienes disponibles, es inevitable la puja por conseguir los mejores o los únicos bienes. En las necesarias pausas entre tramos de la lucha por la subsistencia, aparecen los momentos en que compartimos bienes de diversa índole.

El canto y la danza son bienes inmateriales que acostumbramos compartir en los momentos de esparcimiento. También puede ser el juego, aunque en algunos juegos hay ganadores y, si no son bien entendidos, tales juegos se convierten en fuentes de conflictos entre la gente. Compartir el canto y el baile son actividades sanas si se encaran sanamente, con ánimo de compartir y no de competir. Es bueno promover entre nuestros seres queridos el hábito de cantar, bailar y hacer otras actividades recreativas con el ánimo de compartir, de pasar buenos momentos, recordando ante cada error del prójimo que nadie es perfecto y que todos podemos mejorar si nos corregimos mutuamente con discreción y demostrando buenas intenciones.

El enseñarnos los unos a los otros en el habla quichua o castellana, en el canto, en el baile, en la ejecución de un instrumento, en el trabajo, en las distintas actividades cotidianas, no es solamente una actividad altruista, sino también una forma de auto protección, pues si formamos parte de una sociedad de gente que cuando no corre vuela, estaremos creciendo en forma comunitaria y no pisoteándonos los unos a los otros, con el consiguiente hundimiento de todo el grupo humano.

16 de Febrero de 2.016.

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