Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  22/03/2016
Se aprende mucho de los sonidos del monte.
Al entrar en los montes santiagueños, o al caminar por sus campos, uno podrá sentir a Santiago del Estero dentro de uno mismo y a la vez sentirse parte de lo que muchos llaman “el Santiago profundo”.

Un niño pastor de cabras y ovejas tiene muchas oportunidades de escuchar los sonidos del monte. Así aprende a identificar los cantos, gritos y murmullos con que ese gran ser vivo, compuesto por miles de organismos vegetales y animales, se hace oír por quien tiene sintonizado el oído en la frecuencia adecuada.

Don Sixto Palavecino tenía un oído excepcional para la música, capaz de identificar una cuerda desafinada entre un grupo que estuviese tocando mientras él tocaba el violín o el bandoneón. Eso lo hemos visto en ocasión de marchar todo el Alero hacia la iglesia por las calles de la Villa Mailín, o en las reuniones de música y amistad posteriores a cada Domingo en la radio.

A veces con una palabra cortita y un movimiento de cabeza, le avisaba al guitarrero qué y cómo debía corregir. En las reuniones entre amigos, Don Sixto tocaba el violín o el bandoneón y casi todas las guitarras presentes lo acompañaban y, entre la gran cantidad de cuerdas que sonaban junto a un bombo o dos, identificaba cuál de ellas estaba alta o baja respecto a su instrumento.

Ese oído ha nacido así, predispuesto para los detalles de la música, pero también ha comenzado a entrenarse en las fiestas salavineras, donde el changuito Sixto se paraba muy cerca de los músicos para no perder nada.

En la casa también tenía músicos: Su abuelo y sus hermanos y, por si fuera poco, cuando pasaba horas cuidando los animales, el monte le cantaba al oído. Sixto Doroteo Palavecino nació el 28 de Marzo de 1.915 en Barrancas, departamento Salavina.

Por error de anotación, en sus documentos figura como nacido el 31 de Marzo. Contaba Don Sixto que su abuelo Martín había vivido ciento veinte años. Don Sixto podría haber tenido la misma longevidad, y en esta semana cumpliría ciento un años, pero la vida se lo ha llevado y ahora nos queda el buen recuerdo y el disfrute de su extensa obra.

Don Sixto solía relatarnos que en Barrancas y toda la zona, la forma de vida era muy cercana a la Naturaleza. Por ejemplo, en vez de vasos, se usaban cuernos de vacuno preparados para cumplir esa función. Lo dice en la chacarera Pa’ Tata Martin (“Vasos de cristal... ¿Maymanta?”).

En la chacarera Dos Pobrezas cuenta cómo en la aparente pobreza sachera se vive mejor que en la pobreza pueblera. Claro que la vida sachera (montaraz) tiene sus desventajas respecto a vivir en una ciudad. Al remedio Ampisunaas Amorani,

Don Sixto le ha puesto letra y nombre basado en su observación de lo que ocurría en su pago por falta de médico; la gente recurría a la curandera, la que en ocasiones conseguía sanar al paciente.

Decía Don Sixto que un hermano suyo falleció joven por falta de atención médica, que los esfuerzos de la curandera no habían sido suficientes. Agregaba que su madre no soportó mucho tiempo esa pérdida y que murió, posiblemente enferma a causa de la tristeza.

Un flagelo que minaba la vida de la gente humilde, especialmente lejos de las poblaciones, era el Mal de Chagas, y Don Sixto era un testimonio vivo de ello. Si no fuese por esa dolencia, tal vez habría vivido unos años más y en mejores condiciones de salud, al igual que muchos de nuestros paisanos.

Con carencias o abundancias, en general la niñez es una etapa muy feliz de la vida; es el tiempo de los descubrimientos, de los grandes asombros. Un chico en el monte va descubriendo la diversidad de la vida y las características de cada ser.

El anecdotario de Don Sixto es amplio e interesante; en las conversaciones de la peluquería (su lugar de trabajo) o en cada tincunácuy (encuentro) de guitarreada, solía cantar algunas de las canciones y recordar algunos de los juegos del tiempo de su infancia. El relato referido a su primer violín es ampliamente conocido, así que podemos pasar a recordar otros, como el que se refiere a su abuelo Martín, al que llamaba Tata Martin (con acento grave).

Don Sixto recordaba a su abuelo como alguien delgado y menudito, que solía estar sentado casi todo el tiempo por causa de su ceguera. Cada tanto, el abuelo pedía la guitarra, se la colocaban en el regazo y el hombre cantaba “cosas de antes”, de tiempos ñaupas (antiguos), seguramente de mediados del Siglo XIX.

También relataba Don Sixto que desde chicos, los varoncitos jugaban a “vistear”, que sería un duelo criollo con palitos en lugar de cuchillos; el juego ayudaba a entrenar la vista y reflejos para evitar ser tocado, la agilidad para buscar el lado desprotegido del oponente y la velocidad para el golpe certero, todo ello sin causar daños.

En las soledades del monte, el canto de los pájaros, los reclamos de los cabritos y corderitos, el ulular del viento entre la fronda, el rumor de un “caspi cúchoj” (cortapalos) “serruchando” ramas, el lejano rugir de un puma, el grito de un zorro (“parece que anda machao”), un dúo de horneros felices... todo ello le susurraba música al oído de quien con los años sería ejecutante de varios instrumentos.

Su primer idioma, el habla familiar, ha sido el quichua. Cuando era chico aprendió a hablar también en castellano, pero a lo largo de su vida enarboló el habla y el canto quichua como una bandera, tal como lo expresa en la chacarera Quichuizar al Mundo. Bregando por la supervivencia y procurando mejores condiciones de vida para sí y para los suyos, de Barrancas pasó a vivir en Villa Salavina y de Salavina a la ciudad de Santiago del Estero.

También incursionó por Buenos Aires con suerte diversa en lo económico, pero así iba sembrando el quichua y el sentir del santiagueño sachero.

Su primer trabajo ha sido el de cualquier chico campesino: Pastorear el ganado menor, ayudar en toda tarea de la casa y el campo. Siendo ya “hombrecito”, ha sido comerciante, “Jefe Político” (el equivalente a Comisario de Policía), obrero del puerto de Buenos Aires y finalmente peluquero.

La actividad que finalmente más satisfacciones le ha dado (y nos ha dado a los argentinos) es el arte musical y la difusión del quichua.

Felizmente, sus discos con sus hijos, solo, o con otros artistas de renombre, han sido bien recibidos por el público. La creación y sostenimiento del Alero Quichua Santiagueño, la promoción y realización de un Congreso Internacional de Quichua en nuestra provincia, la traducción al quichua del Martín Fierro, su afán cotidiano por hacer que la gente aprenda y practique el quichua, todo ello ha marcado una trayectoria constante hacia el objetivo de quichuizar al mundo, a la par de su gran objetivo familiar: Hacer estudiar a sus hijos. La lucha ha sido ardua, pero Don Sixto lo ha consegido.

Ha recibido reconocimientos varios por diversas instituciones privadas y oficiales, incluso la Presidencia de la Nación. La Universidad Nacional de Rosario lo ha nombrado Doctor Honoris Causa. La calle donde vivía en el barrio Tala Pozo (hoy Almirante Brown) lleva el nombre Sixto Palavecino.

Tal vez la mayor satisfacción que podría sentir Don Sixto en estos momentos es el ver que sus hijos continúan cantando, que el Alero Quichua Santiagueño sigue en pie, que hay también muchos otros programas dedicados al quichua, que cada día hay más canto quichua y gente que manifiesta su interés por el idioma de sus mayores.

Es un cúmulo de buenos resultados coronando la persistente prédica de Don Sixto y su intensa vida, la que comenzó el 28 de Marzo de 1.915 en Barrancas, departamento Salavina.

22 de Marzo de 2.016.
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