Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  13/09/2016
“Mi tiempo es tiempo nomás”

dice un vendedor de yuyos en el poema “Lo que sea su voluntad”, de Don Lorenzo Gutiérrez. ¿Cuánto vale el tiempo, el tiempo de cada uno? O en todo caso: ¿Qué importancia tiene ese tiempo?

El tiempo es un misterio cotidiano. Por cotidiano lo vemos pasar o pasamos a través de él como si el tiempo fuese cualquier cosa, poco menos que un objeto. Pero cuando lo pensamos, cuando queremos comprenderlo, el tiempo se vuelve cada vez más misterioso, a medida que vamos procurando saber más del mismo.

En quichua, una de las acepciones para la palabra pacha es tiempo. Por eso en los tiempos verbales tenemos, básicamente, Cunan Pacha (Tiempo de ahora, tiempo presente), Llalliscka Pacha (Tiempo pasado) y Ámoj Pacha (Tiempo viniente, tiempo que viene, futuro). También usamos el concepto de tiempo para determinadas épocas del año. Por ejemplo, ahora estamos en el Sisa Pacha (Tiempo de las flores, tiempo de la floración) y pronto entraremos en el Póckoy Pacha (Tiempo de la maduración, tiempo de las frutas maduras).

Entre diversos cambios cotidianos y periódicos por causas naturales, combinadas con nuestras vivencias, va transcurriendo nuestro tiempo de vida a través del tiempo. Si ahondamos hacia el fondo de los tiempos, como hacen los historiadores, los arqueólogos y demás buceadores del tiempo, encontraremos tiempos en que el mundo era distinto y la gente era distinta, tanto en su aspecto físico cuanto en su modo de obrar.

Hubo épocas rudas y violentas, en las que el Ser Humano debía cuidarse mucho de los animales que dominaban el mundo. Para ello precisó inventar armas y formar grupos de lucha y supervivencia. Con el paso del tiempo, el humano pudo equipararse a las fieras en cuanto a peligrosidad y dejó de sentir temor ante los seres con garras y colmillos. Comenzó entonces otro tiempo: El tiempo de las luchas entre hombres, por cuestiones territoriales en casi todos los casos. Esas disputas de territorios se originan en intereses enfrentados por los recursos existentes en las tierras que las partes en guerra ambicionan.

Generalmente, las guerras comienzan por un entredicho entre dos pueblos, a causa de un pedazo de recursos. Ese choque de intereses entre partes que se consideran todas con derechos sobre el bien disputado, generan ofensas materiales o morales, las que a su vez son motivo de una guerra, la que suele continuar hasta el aniquilamiento de una de las partes. En la mayoría de las peleas que se extienden en el tiempo, las partes involucradas olvidan el motivo inicial de la discordia, pues los daños recíprocos causados durante el tiempo de pelea pasan a ser, cada uno, suficiente motivo para la continuidad de la enemistad. Lamentablemente, esto suele ocurrir entre pueblos y entre individuos, como si aún conservásemos el instinto bravío que nos permitió, en tiempos lejanos, superar a los animales feroces que asolaban el mundo.

Si comparamos los tiempos antiguos con los tiempos actuales, podremos apreciar cómo el progreso nos ha facilitado la vida en muchos aspectos. En estos tiempos, prácticamente tenemos resueltos los problemas de esos tiempos ñaupas (antiguos). Al vivir en comunidad, los humanos hemos logrado que cada persona o grupo humano se ocupe de solucionar un determinado aspecto de los problemas que enfrentamos para poder vivir en el mundo.

En cuanto al espíritu belicoso del humano de aquellos tiempos ñaupas, podríamos decir que están en parte moderados, pues las leyes morales, religiosas y las dictadas por el aparato judicial de cada país, a través de los tiempos han ido atenuando nuestros impulsos. De no haber sido así, aún viviríamos matándonos unos a otros por motivos que en estos tiempos se consideran poco relevantes.

Para poder acomodar nuestros tiempos a los tiempos naturales, los seres humanos hemos dividido al tiempo en segmentos y les hemos puesto nombre. En el sistema que utilizamos en nuestro país, llamamos día a una rotación del planeta sobre su eje, lo que nos provoca la ilusión de que el Sol emerge por el Este, se desplaza por el cielo y se esconde por el Oeste, para luego aparecer nuevamente, iniciando una nueva jornada. Durante esa jornada diaria, tendremos que alimentarnos por lo menos una vez y también dormir por lo menos una vez durante unas ocho horas.

Una sucesión de siete días es una semana y, mas o menos unos treinta días conforman un mes. Los doce meses del año deben totalizar 365 días, excepto una vez de cada cuatro años, en que el mismo será de 366 días. Cien años forman un siglo, diez siglos un milenio. La Historia del planeta Tierra data de muchos milenios.

Por otra parte, un día se compone de 24 horas, las cuales se dividen en segmentos menores: Una hora está formada por sesenta minutos, los que a su vez contienen sesenta segundos cada uno. Para ciertos fines, cada segundo puede ser dividido en décimas, centésimas o milésimas, con una precisión que es posible solamente con aparatos propios de estos tiempos de gran adelanto tecnológico.

Si bien es cierto que el tiempo discurre como si fuese un río de velocidad constante, cada uno tenemos una sensación particular respecto a cómo pasa el tiempo. Para lograr objetividad en la medida del tiempo es que se han ideado las medidas que enumerábamos hace pocos segundos.

En lo subjetivo, el tiempo puede tener una velocidad particular e incluso un valor propio del sujeto que está observando ese tiempo. Esa apreciación del tiempo por parte de cada uno suele variar conforme a las situaciones en que evaluamos el paso del tiempo. “Lo bueno dura poco”, suelen decir; y es verdad, por que cuando uno se siente bien parece no percibir el paso del tiempo, al punto de sorprenderse cuando ese buen tiempo acabó. Por el contrario, cuando uno está pasando por un mal momento, el tiempo se nos pone pesado, lento, al punto de que llegamos a creer que ese tiempo malo no terminará nunca.

Una forma inteligente de encarar los tiempos de la vida, podría ser la toma de conciencia de que todo pasa, todo tiene un tiempo y debemos estar preparados para no sorprendernos por el final de lo bueno ni perder la esperanza durante un tiempo malo. Si comparamos nuestro tiempo vital con los tiempos de la Naturaleza, entenderemos que la vida es efímera, que el tiempo es valioso, que debemos aprovecharlo en cosas buenas.

Deberíamos ser respetuosos del Tiempo, utilizándolo para actividades amenas que hagan bien a nuestra persona y a los demás. Si hacemos el bien al prójimo y si respetamos su tiempo, estaremos viviendo bien nuestro breve tiempo de paso por la Vida.

Cualquier modo de abuso respecto al tiempo de nuestro prójimo es una agresión, es un robo. Ama suaychu, no robemos, especialmente el tiempo, pues seremos castigados sin demora, sin pérdida de tiempo.


13 de Septiembre de 2016.

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