Por Crístian Ramón Verduc
12/12/2017
“Cree que ha inventado la pólvora…”

Suele decirse cuando alguien expone como novedoso algo que ya es conocido. Suele ocurrir en diversos ámbitos y muy a menudo, que alguien llega con algo supuestamente nuevo para contar o cantar; a veces la “novedad” surgió de la televisión. Suele sonar tan creíble y novedoso lo que se cuenta o canta que alguna gente lo acepta como una creación reciente y queda deslumbrada por el portento.

Pero, según el segundo hijo de Martín Fierro: “Dice el refrán que en la tropa, nunca falta un güey corneta…” en alusión a alguien que interrumpió su relato para hacer una aclaración. En este punto ya queremos saber qué sería un “buey corneta”. Primero habría que recordar que entre los primeros instrumentos musicales de viento estuvo el cuerno vacuno, el que amplificaba y daba un timbre particular al sonido producido por la boca de quien emitía un llamado. Luego se le agregó una boquilla o lengüeta, la que al ser estimulada por un tipo particular de soplido daba un berrido o una nota musical. A partir de instrumentos muy sencillos, con el tiempo y el ingenio humano han ido surgiendo nuevos instrumentos derivados de ese simple cuerno animal.

Entre los instrumentos derivados del cuerno está la corneta. Corneta es una forma de decir “cuernito” cambiando de masculino para femenino. Los paisanos solían llamar “buey corneta” al animal bovino que mostraba algún defecto en un cuerno, o que tenía uno solo. El animal con esa característica se ve distinto y desentona entre la hacienda. Por extensión, se ha dado en decir “buey corneta” en forma despectiva, a quien tiene la osadía de no mantener la uniformidad con el resto de la gente.

No hay documento histórico que diga quién inventó la pólvora, pero sí hay consenso en cuanto a que es un invento chino del siglo IX. En China, la pólvora ha sido usada inicialmente para fuegos de artificio y pronto también como elemento de ataque guerrero, dando así nacimiento a las armas de fuego. Cuando un par de siglos después los europeos descubrieron el invento, lo utilizaron para las armas de fuego con mayor eficiencia que los chinos.

Ya sea que uno “descubra” o “invente” la pólvora en estos días, lo está haciendo muchísimo tiempo después de que otra gente ya lo ha hecho; por lo tanto, no hay tal descubrimiento ni invento, pese a que una multitud pueda celebrar la hazaña. No ha de faltar algún arrojado opinador memorioso que le recuerde al grupo que tal novedad es algo viejo. Lejos de agradecer, lo menos que hará la masa humana es enojarse y tildar al memorioso de “shaticu” (meterete), “buey corneta”, “aguafiestas” u otro adjetivo “descalificativo”. Es que la credulidad ciega genera una fiesta despreocupada, para el relator y para los receptores de alegres fantasías.

Hay una edad para la despreocupación, los descubrimientos y los asombros: La primera infancia. Pasado ese alegre lapso, vienen otros períodos también felices aunque distintos, pues la vida cambia constantemente para el ser humano y el ser humano cambia permanentemente mientras transita por la vida. Marcha por su existencia recibiendo información en forma permanente, y esa información lo hace tomar decisiones que provocan cambios en sus acciones y modo de ser o de mostrarse.

A medida que la persona va conociendo el mundo, ampliando su horizonte y ahondando en el saber que representa la experiencia colectiva por el estudio de hechos pasados, va transformando sus asombros en ansias por conocer y deseos de planificar a futuro. Sabe que si quiere construir un buen futuro debe hacerlo acompañado, pues de nada serviría armar, por ejemplo, un oasis pequeño en medio de un desierto sediento. Mejor que una aguada en medio de la sequía, sería el que haya agua suficiente para toda la comarca, asegurando así el bienestar colectivo y la tranquilidad individual, al no estar rodeado de gente que podría arrebatar su logro.

La persona que tenga algo nuevo, una solución que considere eficiente o un algo agradable que nadie demostraba conocer, se ha de destacar por ser quien muestra la novedad y la comparte. Si no tiene nada nuevo que mostrar, no tiene por qué aprovecharse de la aparente falta de memoria de las masas humanas para aparecer como descubridor o inventor de algo que ya existía. Puede ocurrirle que, entre la multitud que recibe con asombro infantil la falsa nueva, haya alguien que “desentona” por que en su momento se ha informado y no ha olvidado lo aprendido. Quien subestima a la gente se expone al ridículo.

Cuando uno se aferra a la infancia o a la adolescencia pese al paso de los años, hay algo que está fallando en la formación de la persona. Las fallas y los errores existen para ser corregidos, así que… ¡Manos a la obra! ¡A crecer de una vez por todas! No se trata de caer en una visión fría y objetiva, sino de evitar los extremos que pueden llevarnos a situaciones tristes. No debemos dejar de lado los buenos sentimientos infantiles, incluso la capacidad de asombro, pero cuidar que quien conduzca nuestra forma de obrar sea el adulto responsable y no “el niño interior” de cada uno.

Si no dominamos nuestro deseo de fantasía, seremos presa fácil de pícaros embusteros (llullas) que nos usarán como si fuésemos parte de su ganado. Si por haber aprendido algo, pretendemos ponernos por encima de nuestro prójimo, estaremos practicando un modo erróneo de obrar y transitando un camino hacia la soledad.

Debemos estar prevenidos contra las personas llullas (mentirosas), las que a cada rato “inventan la pólvora”, pese a que hace un par de décadas otros ya declararon haber inventado el mismo explosivo que existe desde hace varios siglos. Llegado el caso, no debemos temer que nos puedan tildar de “buey corneta” por pretender abrir los ojos del prójimo. También debemos verificar si verdaderamente estamos obrando por solidaridad y no por el deseo de aparecer por encima del resto, actitud que aparentemente responde a “materias pendientes” de la infancia.

Hay que evitar el querer aparecer como “inventor de la pólvora”, engañados generalmente por los elogios de gente poco avisada o piadosa. “Miente, miente, miente, que algo quedará. Cuanto más grande sea la mentira, más gente la creerá” es un consejo engañoso destinado a mover multitudes poco inteligentes. Un consejo adulto sería: “Si mientes, quedará para vos la fama de llulla, de mentiroso”, como una adaptación del viejo refrán que dice: “En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso.”

Es necesario vivir con el corazón en el cielo, los pies en la Tierra y la cabeza bien firme en su lugar. La pólvora ha sido inventada hace mucho tiempo.

12 de Diciembre de 2.017.

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