Por Crístian Ramón Verduc
23/01/2018
“¿Qué ropa me pondré hoy?”

Se pregunta una persona que está por salir de su casa en una mañana veraniega posterior a un día tórrido, pero que amaneció “llovida” y con viento del Sur. “En el Verano de Santiago del Estero, cada día que amanece nublado y fresco, se transforma en un caluroso día de Sol antes del mediodía”, piensa quien está por encarar la jornada fuera de su casa. Es Verano y hay que usar ropa para tiempos cálidos, con posibilidades de lluvia.

Mucha gente utiliza siempre mas o menos la misma ropa en su actividad laboral, variando únicamente el eventual agregado de una campera o abrigo parecido, según los avatares de la temperatura y el viento.

No se sabe a ciencia cierta en qué momento de la historia, el ser humano comenzó a usar ropa. Se dice que las primeras prendas habrían sido unos taparrabos muy sencillos, de hojas vegetales o de pieles animales; se dice que las primeras prendas cubrían el torso y eran de pieles. Si lo primero a cubrir hubiese sido el torso, podemos suponer que el motivo para ponerse una piel adicional habrá sido para abrigarse por causa del frío. Si las primeras prendas hubiesen sido simples taparrabos, se podría pensar que el motivo haya sido el pudor, o la necesidad física de proteger la frágil zona genital.

La calidad y complejidad de la vestimenta ha venido formando parte del avance cultural de los pueblos, vistiendo cada uno de ellos según el clima, las posibilidades técnicas de la comunidad y la posición social de cada individuo dentro de ella.

En nuestros pagos santiagueños, cuando los españoles llegaron con sus vestimentas elaboradas y sus armaduras, parece ser que los tonocotés vestían unas cortas túnicas ceñidas con un cinto, similar al pueblo del Tahuantinsuyu. Seguramente habría ciertas diferencias de vestimenta entre las distintas jerarquías dentro de las comunidades y según la época del año. Tenemos días invernales en los que es imprescindible abrigarse bien por una cuestión vital.

Los santiagueños de hace más de cuatro siglos, deben de haber ido vistiendo cada vez más parecido a los españoles, aplicando la habilidad de las teleras locales para tejer buenos abrigos y el intercambio comercial para acceder a livianas prendas de algodón, hasta llegar a la variedad de ropas observable en imágenes que representan la época de la Independencia Nacional y de la Autonomía Provincial.

En la gente paisana o campesina, hubo una generalización en el uso de las pilchas gauchas, consistentes en sombrero, camisa, calzoncillo cribado, chiripa y bota de potro para el hombre, mientras que las mujeres usaban vestidos muy sencillos y alpargatas. Con la importación de bombachas, el aspecto del hombre criollo cambió poco a poco, manteniendo ese tipo de vestimenta hasta entrado el Siglo XX. La gente del centro de las ciudades, acorde con sus actividades laborales, vestía “a la europea”, como ya venía haciéndolo. En ese mismo siglo, lleno de grandes cambios a nivel mundial, el “sinsombrerismo” marcó el comienzo de una diversificación en el vestir ciudadano.

En el campo y en el ámbito laboral de trabajos rudos, la ropa siguió (y sigue) siendo la más adaptable a cada actividad, sin influencias de la moda. En el ámbito ciudadano, primero se dejó de usar el sombrero en forma cotidiana y obligatoria, luego el chaleco, después el saco y finalmente la corbata, reservándose el uso de estas prendas (excepto el sombrero) para determinadas ocasiones y ciertas actividades. Por ejemplo, no es fácil imaginar a un funcionario de alto rango sin traje y corbata. Las damas fueron adoptando las prendas que dictaba la moda para cada temporada, tanto para ropa formal o informal, para el día o para la noche.

Hasta hace pocos años, era una obligación autoimpuesta la de usar ropa formal para los acontecimientos sociales de gran importancia, como las fiestas patrias, las ceremonias religiosas, los casamientos, los velorios y los actos eleccionarios. Se podía ver al paisano más humilde elegir y preparar sus mejores prendas para ir a votar o a despedir a un difunto.

Mas o menos desde la mitad del siglo veinte, se ha venido imponiendo la idea de que “el hábito no hace al monje.” En la actualidad, en cuanto a la vestimenta, vemos que cada vez se pone mayor atención en la comodidad de la persona que en el aspecto de la ropa, aunque el comercio sigue en su afán masificador al imponer las efímeras modas.

La ropa es necesaria como protección para el cuerpo humano. Siempre viene bien una ropa liviana y clara para los calores veraniegos y ropa bien abrigada para las bajas temperaturas invernales. También es necesario vestirse por pudor, para no causar incomodidad ni mover a risa en la vida social.

En cierto modo, en nuestra región, en la que los tiempos fríos no son prolongados, podemos comparar al uso de la ropa con el uso del trato educado, medido y diplomático ante la gente con la que nos relacionamos. Hay un tipo de prendas que vestiremos para la actividad laboral o social, otra ropa que podemos utilizar “en el barrio nomás” y también de entrecasa. Del mismo modo, el vocabulario y modales que emplearemos en cada ámbito va a ser más o menos cuidado y elaborado, según el grado de confianza con quienes nos rodean.

No podemos mostrarnos desnudos en la plaza pública, pero sí podemos hacerlo ante la persona con la cual convivimos o ante un especialista que nos ha de ayudar ante un problema de salud. Asimismo, el trato y el modo de hablar con las personas de nuestra confianza va a ser muy distinto que el dispensado a personas a las que debemos mostrar una imagen formal, que permita centrar la atención en el contenido de lo que se dice y no en el trato “confianzudo.”

Los tiempos han cambiado, suelen decir, y se han liberado muchas cosas, por lo cual no debe sorprendernos que alguien suelte ante un micrófono una expresión que consideramos inadecuada. No debe sorprendernos por lo reiterativo de tales situaciones, pero eso no significa que debe agradarnos, que debemos aceptar y adoptar esos modos.

Estamos próximos a grandes acontecimientos como lo es, por ejemplo, el retorno de los ciclos radiales para la difusión del quichua y las tradiciones criollas santiagueñas. Estamos preparando nuestras mejores prendas o, mejor dicho, nuestras mejores pilchas gauchas. Es una buena época para lograr que nuestro mejor actual sea mejor que nuestros mejores anteriores.

23 de Enero de 2.018.

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