Por Crístian Ramón Verduc
06/02/2018
“Estamos vivos, gracias a Dios.”

Mucha gente, especialmente “la gente de antes” o la que ha pasado en algún momento por un trance muy difícil, suele expresar este agradecimiento con éstas u otras palabras al despertar, cual pájaro saludando al amanecer.

Cada amanecer es un canto a la vida. La llegada de la luz del Sol, ese paulatino aclarar que en quichua decimos “cancha cancha” (claridad), viene acompañada del canto de aves domésticas y sacheras (montaraces), lo que suena como un coro de gratitudes.

Uno de los grandes misterios en nuestra cultura es la vida misma: ¿Cómo es posible que ocurra todo esto? ¿Cómo son los mecanismos de la vida, qué es lo que hace a un cuerpo “comenzar a funcionar”? Tenemos mas o menos resueltos los aspectos físicos de la muerte, pues en síntesis entendemos que si un cuerpo deja de estar apto para vivir, la vida se va de ese cuerpo. Lo que aún no logramos comprender es cómo pudo posarse la vida sobre “algo” para que ese algo a su vez transfiriese vida a otros cuerpos, como una herencia y multiplicación de la vida.

Los seres vivos somos algo así como la continuación de seres vivos anteriores. Los seres pluricelulares, entre los que nos encontramos los humanos, nacemos a la vida a partir de la unión de dos células llamadas gametos. A partir de esa unión, las células se multiplican y poco a poco van formando un cuerpo parecido a sus antecesores. Ese cuerpo crecerá, producirá gametos para reproducirse y, al cabo de un cierto tiempo y por una de muchas posibles circunstancias, dejará de vivir.

Los antiguos hablaban de un “hálito de vida” que sería el causante de que nuestro cuerpo no sea simplemente un conjunto de órganos y sistemas unido ordenadamente. Ese hálito de vida sería lo que el cuerpo exhala en el momento final, cuando deja de ser un organismo vivo para convertirse en un cadáver. A poco de haber perdido el hálito de vida, el cuerpo comienza a entrar en estado de descomposición, consistente en una serie de cambios para que el cuerpo “en desuso” pase a integrarse a su entorno en forma de alimento para otros organismos y abono para la tierra.

Casi siempre, un cuerpo entra en descomposición a causa de la muerte, aunque en algunos casos especiales muere por haber entrado en estado de descomposición. Un ejemplo es la gangrena, la que puede aparecer por distintas causas, como el congelamiento, por ejemplo. El ingreso de cuerpos extraños en un organismo, puede infectarlo y provocar infecciones que podrían derivar en muerte.

La descomposición de un cuerpo animal o vegetal es, en general, la degradación de ese cuerpo, con la pérdida de las características que lo hacían valioso. Al descomponerse y volver a la tierra, ese ser que antes tuviera vida y de algún modo era diferente a los otros, volverá a ser tierra nomás.

Si nos observamos a nosotros los seres humanos desde un punto de vista meramente físico, podremos comprender que en algún momento, por causa de la unión amorosa de nuestros padres, hemos iniciado un largo e interesante camino de crecimiento y transformaciones que nos llevó a ser seres completos y aptos para las actividades comunes a todas las personas, con aptitudes y limitaciones propias, listas para ser desarrolladas con la actividad. El camino del crecimiento físico y el desarrollo de habilidades se da en forma distinta para cada individuo, al igual que el proceso de envejecimiento que nos hace declinar en muchas de nuestras actividades y en cuanto al funcionamiento de las distintas partes del organismo, con presagio de final de camino.

En cuanto a nuestra mentalidad, espiritualidad, consciencia de lo que ocurre, también pasamos por un proceso de crecimiento que seguramente marcha paralelo al del crecimiento físico, aunque sus tiempos son distintos. El crecimiento cultural de una persona dependerá de muchos factores; entre ellos: Las inclinaciones que trae en su interior, posiblemente por herencia, el medio en que crece, los estímulos que recibe y las determinaciones que toma al enfrentar cada bifurcación en el camino de la vida. Podríamos decir que a cada momento estamos tomando decisiones en cuanto a hacer o no hacer, acatar o no, continuar o parar… y así vamos forjando nuestra propia identidad cultural, parecida (pero no exactamente igual) a la del medio en que vivimos.

Los argentinos tenemos una historia en común, un territorio de todos en el cual hemos nacido y crecido a la par de una multitud de compatriotas, los que de un modo u otro nos han estimulado para crecer de un modo determinado. Como individuos que somos, cada uno vamos decidiendo si incorporamos a nuestro modo de ser y a nuestro organismo las diferentes ofertas que nos llegan desde la sociedad. Decimos “los argentinos” y también podríamos decir “los santiagueños”, los quichuistas, los vecinos de esta cuadra o la gente de esta casa. Es como vivir en pequeños mundos, los que a su vez están dentro de mundos de mayores dimensiones.

Sea cual fuere el ámbito (o “mundo”) al que nos referimos, cada uno de nosotros estamos interactuando con él. El ambiente en que vivimos nos estimula constantemente y nosotros le devolvemos nuestros propios estímulos.

En los últimos tiempos se comenta mucho sobre la degradación cultural y se alerta contra la descomposición cultural de nuestra sociedad, infectada por intereses particulares de índole material. Da la impresión de que en estos últimos tiempos se está acelerando un proceso que apunta al abandono de nuestros valores para reemplazarlos por ideas ajenas al grupo al cual pertenecemos, cuando no al abandono de cualquier valor cultural que pueda ser edificante para el gran grupo humano al cual pertenecemos.

Poco a poco y por diversos medios, hemos recibido estímulos tendientes al desinterés por lo nuestro, lo de nuestro país y de nuestras respectivas provincias. Se pretende otorgar mayor importancia a las adquisiciones materiales que a los valores culturales, dando prioridad al posible número de clientes por sobre la calidad de lo que uno quiera ofrecer, induciéndonos a bajar la calidad de lo que hacemos y a ir contra nuestros principios.

Cada persona puede influir en la sociedad, tomando las decisiones y realizando las acciones que sean beneficiosas para el conjunto. Tales decisiones estarán basadas en la formación cultural de cada uno.

Es responsabilidad de cada uno de nosotros el impedir que nuestra sociedad siga cuesta abajo; hay que insistir en el aprendizaje, en la prédica y en la enseñanza mediante el ejemplo. No olvidar los valores morales básicos: Ama súa, ama llulla, ama ckella (No al robo, ni a la mentira, ni a la pereza).

06 de Febrero de 2.018.

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