Por Crístian Ramón Verduc
11/02/2020
Pronto comenzará el año lectivo en las escuelas, universidades, colegios e institutos de educación.

Viene el Carnaval con su alegría y enseguida vuelven los alumnos a las escuelas. Muchos estudiantes toman vacaciones de Verano, pero también muchos han pasado estos meses estudiando, preparándose para exámenes y para no perder el ritmo respecto al año lectivo, el que debe ser aprovechado al máximo.

La vida de estudiante puede ser bastante prolongada en la existencia de una persona. Con muy corta edad entra en lo que llaman Nivel Inicial, en establecimientos llamados jardín de infantes, para adaptarse a la convivencia con personas de su edad, bajo el control y dirección de personas adultas. Después viene la escuela primaria, donde el niño aprenderá a leer, a escribir, a sumar, restar, multiplicar y dividir. Este aprendizaje marcará de por vida a cada persona, por eso es fundamental su aprovechamiento.

Leer es descifrar cómo suena cada palabra que está escrita. Saber leer es más que solamente leer. Quien sabe leer bien, puede detectar a primera vista cuando una palabra está mal escrita, aunque en un primer momento no pueda precisar cuál es la falla. Quien sabe leer bien, interpreta el texto; es decir que entiende cuál es el sentido de lo que está leyendo, incluso cuando hay un doble sentido, ironía o “mensaje entre líneas” en lo que se lee. Todo ello se aprende a partir de la lectura que enseñan en la escuela primaria; una vez aprendido, está en uno leer todo lo que sea posible, y leerlo con sentido crítico y analítico. La lectura es un excelente ejercicio mental.

En forma paralela a la lectura, en la escuela primaria enseñan a escribir, en el sentido de transformar en signos las palabras que hemos aprendido a decir en la casa y en la escuela. Una palabra escrita, siempre y cuando la caligrafía no sea muy complicada, suele entenderse aunque esté escrita en forma descuidada, del mismo modo que un caballo dibujado se entiende como caballo aunque en el dibujo le falten dos o tres patas, o éstas sean igual que las de un elefante, por ejemplo.

Escribir bien es otra cosa: Es prestar atención a lo que se hace, evitando los errores de ortografía y en el armado de las frases, evitando oraciones desorganizadas y confusas, aunque tal modo de expresarse esté de moda. En todo caso, si uno quiere hacer bien algo debe evitar las modas, por lo efímeras y poco constructivas que son. Hay quienes adhieren a una moda con la idea de que están siendo parte de un cambio histórico, hasta que el tiempo y los hechos les demuestran que se trataba de un fenómeno pasajero, beneficioso para oscuros personajes ocultos. Es triste cuando la misma persona vuelve a caer en engaños, repitiendo un tropiezo fácilmente predecible. Ver adolescentes siguiendo modas forma parte de lo esperable, pues están en una etapa formativa, en la que deben experimentar lo que no sea nocivo. Es penoso ver a personas adultas marchando por detrás de los adolescentes, a los que dejan sin guías culturales en la familia.

En la escuela primaria también nos enseñan a leer y escribir números; después enseñan las cuatro operaciones matemáticas básicas. Los números ordinales son los que indican la ubicación en un orden establecido: Por ejemplo: 1º (primero), 2º (segundo), 10º (décimo), etc. Algunos números pueden nombrarse apocopados, como por ejemplo: Primer premio, primer día, tercer mes, tercer giro, etc. Los números ordinales tienen género, como ocurre con: Primera dama, primera vez, primera mención, segunda vuelta, tercera posición, etc.

En la escuela primaria nos han enseñado a escribir en el sistema decimal y más adelante también nos han enseñado los números romanos. Una de las normas de los números es que la coma nos indica que a su derecha están las fracciones decimales, lo que nos permite leer, por ejemplo, que 20,15 litros son veinte litros con quince centilitros. Si son números enteros, no se usa la coma. Cada tres dígitos de derecha a izquierda se pone un punto, lo cual facilita la lectura del número completo. Ejemplos: 2.000 (dos mil), 300.500 (trescientos mil quinientos), 5.000.000 (cinco millones), etc.

Cada tanto nos sorprendíamos viendo algunas publicaciones inglesas en las que la coma va donde ponemos el punto y el punto donde ponemos la coma, como sería en el número mil quinientos con veinte décimos. Ellos habrían escrito así: 1,500.20, mientras que nosotros escribiríamos 1.500,20. Poco a poco, especialmente a partir de las calculadoras electrónicas, las computadoras personales y los teléfonos móviles, han ido acostumbrándonos a usar el punto para los décimos, lo cual se usa mucho para informar la frecuencia o banda en que transmite una emisora de televisión o radio, y también han impuesto que al escribir los años (cifra de cuatro dígitos desde hace 1.020 años) omitamos el punto.

Ese ha sido el paso previo para lo que están imponiendo ahora: Que al año lo nombremos con dos cifras de dos dígitos (veinte veinte), como hacen ellos, y no con la lógica correlación numérica que seguimos desde hace milenios (año quinientos, año mil ochocientos diez, año dos mil diecinueve, año dos mil veinte).  

Cuando se estudian los porcentajes uno aprende que, por ejemplo, al decir “once por ciento” (11%) estamos diciendo que son once de cada cien. Después del alto porcentaje de noventa y nueve por ciento (99%), lo que nos queda, soslayando los decimales (99,22% o similares), nos queda la totalidad, que es el cien por ciento (100%). Después de noventa y nueve, el número que sigue es el cien. Para decir “ciento”, el valor anterior debería ser “nueve décimas con nueve unidades”.  

Muchos de nosotros somos amigos de los cambios. Si somos razonables, antes de adoptar algo nuevo veremos si es mejor a lo anterior, pues uno debería cambiar para mejorar, lo cual es un modo de evolucionar. Necesitamos estar atentos para no confundir a cualquier cambio con evolución. Si vamos de algo que está bien hacia algo que está mal o está chaina chaina (mas o menos), estamos en involución.

Si vemos que una multitud, e incluso la mayoría, se enanca en una moda que no nos parece digna de ser adoptada, como adultos que somos debemos evitarla y en lo posible sugerir a quienes puedan escuchar, para que no se dejen engañar. No importa si somos los únicos que disentimos. Seguir a la razón es mejor que seguir a una multitud.

11 de Febrero de 2.020.

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