Por Crístian Ramón Verduc
26/05/2020
“Murió un anciano; se quemó una biblioteca”

Es una frase recurrente cuando una persona mayor y muy sabedora se va de la vida. Tenemos hablantes del quichua de todas las edades, pero quienes atesoran el vocabulario “de antes” y las viejas tradiciones son los quichuistas antiguos. Ellos conocen historias comarcanas, por haberlas vivido de cerca o por haber escuchado los primeros relatos sobre determinados hechos.

Distintas culturas antiguas tenían su grupo de ancianos, que eran las personas con más experiencia dentro de la comunidad; eran quienes ya habían calmado sus ímpetus juveniles y podían planificar o reaccionar con calma ante las más variadas situaciones. Los ancianos eran quienes asesoraban a los jefes de la comunidad y a los vecinos que lo requiriesen.

Cuando uno es chico, juega a que es adulto e imita actividades de la gente grande, especialmente de los héroes que le fueran mostrados por diversos medios. Cuando uno es chico desea ser grande, hacer cosas que hacen los grandes, ser independiente. Cuando entra en la adolescencia, puede llegar a creer que todo lo puede, que puede hacer todo mejor que los adultos. Con la energía de la juventud se puede hacer mucho. Dicen que la plenitud de la persona se da cuando aún conserva energía juvenil y ya ha logrado experiencia de adulto.

Hay adultos que con el estudio y las experiencias de vida se convierten en “bibliotecas” y, al igual que el contenido de las casas dedicadas a los libros, su saber puede ser general con mayor énfasis en algo en especial. Es así como sabemos de “genios del bien” y “genios del mal”, que es como acostumbramos llamar a personas muy preparadas que hacen algo que nos parece bueno y algo que nos parece malo, respectivamente.

Seguramente es algún tipo de persona genial la que decide lo que van a hacer algunas multitudes, o tal vez ha de ser un grupo de genios. No deja de ser llamativo que en varios países surjan modas o costumbres que se adoptan simultáneamente en distintos países, como si alguien estuviese "dirigiendo la orquesta".

Una de las ideas instaladas en una vasta región desde hace unas décadas dice, sintéticamente: “Los jóvenes saben más”. A partir de que los jóvenes saben más sobre las novedades tecnológicas ideadas por personas que también fueron jóvenes alguna vez, muchos valores culturales se han dado vuelta; lo “viejo” y “los viejos” han pasado a ser paulatinamente excluidos de las actividades socio culturales, salvo los que contaban con el aval de un grupo juvenil. Hemos visto entonces a muchos adultos comprar las mismas modas que otros adultos habían diseñado para los jóvenes y los hemos escuchado comprar también el mismo vocabulario.

En el mundo de la televisión centralizada en la principal ciudad de cada país, es habitualmente un mundillo donde se muestran figuras juveniles con actitudes “juveniles”, lo que equivale a decir que siguen la moda. Entre las figuras juveniles hay una gran cantidad de adultos que hace años entraron en ese ambiente y no dejaron de adoptar cada moda que llegó. Algunos de ellos son los encargados de imponer tales modas con el aspecto y con las palabras. Quienes operan en los canales de difusión de menor importancia, están muy atentos a los personajes de los medios centrales para obrar y expresarse del mismo modo, no vaya a ser que alguien los considere “viejos”.

Las “enseñanzas” de los medios de difusión son rápidamente aprendidas por la clientela de los mismos, logrando así una uniformidad en el modo de ser, de parecer y de hablar que se observa en una porción numerosa de la población. Antes de que haya terminado de imponerse una tendencia, ya hay otra novedad que “baja” hacia el público juvenil.
Hace unas décadas, las palabras “viejo” y “vieja” pasaron a ser sinónimo de padre y madre, respectivamente. Es una costumbre arraigada en una gran cantidad de compatriotas. Se escucha en temas musicales ciudadanos, pero muy poco, por ahora, en el cancionero nativo. Poco a poco, pasó a ser tendencia que la persona “vieja” marche detrás de los “jóvenes” para seguir el rumbo marcado por esos jóvenes.

Todo esto, trasladado a nuestra brega por el quichua, nos da como resultado una avidez por lo nuevo y cierto desdén por lo antiguo. El canto nativo es uno de los medios para difundir el quichua, procurando contrarrestar la tendencia a dejarlo de lado a cambio de novedades en el habla que viene desde la Capital nacional.

La profesionalización de los artistas causó muchos cambios en su arte. Buscando minuciosamente, se puede encontrar una cantidad importante que ofreció su arte con un sentido preciso, para quien quisiera apreciarlo. Por otra parte, si lo que uno busca son ejemplos de artistas que marcharon detrás de las tendencias indicadas por vaya uno a saber quiénes, no necesita buscar pues ahí están ofreciéndose.

Por lo que parece, felizmente tenemos cada día más gente estudiando el quichua y otros idiomas de nuestro continente anteriores a la conquista europea. También tenemos cada vez menos gente que hable el quichua con total fluidez. Quienes hablan el quichua con fluidez son, en su gran mayoría, quienes “nacieron” hablando quichua y después aprendieron el castellano, al que también lograron hablarlo fluidamente.

Estaría bueno preguntarnos por qué la persona criada en el habla castellana tiene dificultades para hablar en quichua, mientras que la persona quichuista pronto aprende bien el castellano. Es muy probable que la respuesta esté en la constante castellanización de los hogares quichuistas y el no asumido desprecio hacia lo antiguo. También podría ser una respuesta la reticencia de algunos hablantes a permitir que los “ladinos” se pongan a su altura en el habla de sus mayores. Otro factor contra el quichua es la economía, pues el dinero suele tomar el centro de la escena en cualquier lugar en que entra. El dinero y su equivalente en propaganda u otros servicios destruye cualquier actividad cultural.

El canto quichua sobrevive en las voces de quienes desean cantar en quichua. La tendencia entre quienes son profesionales del arte y entre quienes pugnan por profesionalizarse, es la castellanización de lo que esté en quichua y la “actualización” del castellano. Quien canta por el canto mismo y quien practica el quichua por el quichua mismo, tiene una forma de actuar distinta a la de quienes siguen a la posible clientela por el camino más corto.

Es muy necesario que los depositarios del quichua permitan la incorporación de nueva gente al habla quichua. Es muy necesario que se ponga al quichua como objetivo, dejando de lado otros intereses.

No esperemos que se “queme una biblioteca” para recién preocuparnos en saber si antes esa biblioteca humana había creado otras iguales o mejores.

26 de Mayo de 2.020.

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