Por Crístian Ramón Verduc
02/11/2021
"Se dio la lluvia en mi pago"...

"Se dio la lluvia en mi pago, el monte a alegrarse empieza, todo a adquirir fortaleza y a resurgir renovado, y a quedar desdibujado el rostro de la tristeza". Así dice el poema ¡Que llueva! de Don Vicente Salto Taboada. En quichua, Don Vicente lo ha llamado ¡Parachúntaj! A este poema, Guillermo Orellana le ha puesto música para que en quichua sea chacarera simple y para que en castellano sea una chacarera doble, acorde con la cantidad de versos por estrofa. Parachúntaj ha sido grabada por el Dúo Aleromanta y por el Dúo Quichuamanta. 

"Tiene todo ya otro aspecto, que con ventaja ha cambiado, de lo que fue marchitado, pasando a lucir lozano, cual si la lluvia, lavando, limpiara lo demacrado". Esta estrofa refleja lo ocurrido en estos días en nuestra provincia. El Viernes 29 de Octubre, después de varios meses sin precipitaciones, llegó la lluvia en algunos lugares del territorio provincial. En algunos sectores, fue una lluvia mansa y breve; en otros, fue una tormenta con granizo; en otros sitios hubo un viento huracanado que causó destrozos y en unos pocos parajes no cayó ni una gota de agua. 

Al día siguiente, el cielo se mostró radiante y el día caluroso; el Domingo fue un día seminublado, con gruesas nubes que, al hacerse sombra a sí mismas, mostraban su parte baja muy oscura. A última hora de la tarde y primeros momentos de la noche, comenzó la lluvia y siguió en forma intermitente durante varias horas, alternándose las lluvias con lloviznas y lapsos sin precipitación, incluso hasta el Lunes y amanecer de hoy Martes. Esa lluvia regó bien los campos y montes, se podría decir que en forma prolija. 

Las hojas que estaban parcialmente cubiertas por el polvillo acumulado durante el tiempo de sequía, pasaron a lucir plenamente su color verde; las flores apresuraron su apertura, los horneros cantan jubilosos ante la abundancia de material para su trabajo, las ranas y sapos unieron su canto a la alegría de los montes y campos. Los caminos fueron regados por el cielo y se asentó el “bobadal”. 

Los caminos que se pusieron difíciles son los de suelo salitroso, suelo que no absorbe fácilmente el agua y forma un barro resbaladizo, tornando intransitable al camino. La esperada lluvia, que fue una bendición para casi todos, pasó a ser un inconveniente en algunos lugares, especialmente para la gente que debía ir a “las alumbradas”.  

La gente criolla “debe” ir a las alumbradas. No sólo quiere ir, sino que siente que debe ir. Es una tradición que viene de nuestros abuelos y de más allá, de tiempos ñaupas, tiempos antiguos. En cualquier momento del año, pero especialmente para el aniversario de nacimiento de un difunto querido, o del nacimiento, o el día de la madre o del padre, uno va al cementerio, limpia la tumba, prende velas, reza, queda un rato meditando y recordando, y después vuelve a casa con la tranquilidad de haber “visitado” a un muerto querido, de quien tiene muy buenos recuerdos y por el cual siente una gratitud creciente a medida que pasan los años. Si por alguna razón, los restos del ser querido han sido retirados del lugar donde habían sido sepultados, la visita será al osario común, que está al pie de la Cruz Mayor del camposanto. 

“Las Alumbradas” son también visitas al cementerio, pero con características muy particulares. Seguramente en otros pueblos criollos, de otras provincias o países de nuestro continente, haya tradiciones iguales o parecidas, pero vamos a ver a grandes rasgos cómo son Las Alumbradas en Santiago del Estero: En Octubre, las familias santiagueñas han visitado las tumbas de sus seres queridos, si no es cada Domingo, por lo menos el tercer Domingo de Octubre, día de la madre. En esas visitas han hecho las mejoras necesarias en donde reposan sus difuntos o han observado qué es necesario hacer. Cuando llega fin de mes, todos se preparan para las alumbradas, en algunas casas llegan parientes que viven en Buenos Aires u otros lugares lejanos. 

El primer día de Noviembre, Día de Todos los Santos, las familias van hacia el cementerio, limpian la tumba de sus seres queridos más cercanos y encienden velas, rezan y después despliegan sillas y avíos para pasar la noche o parte de ella en el lugar. Algunos quedan hasta pasada la medianoche y se retiran para volver al día siguiente bien temprano; otros quedan toda la noche. El Día de los Santos Difuntos es para quedar todo el día.  

En esas horas de permanencia en el camposanto, hay largas conversaciones y encuentros con familiares y conocidos. Se evoca la vida de los muertos queridos y también se habla de temas actuales. Se intercambian noticias entre quienes viven distantes, cada tanto se reza y se cuida que en todo momento la tumba tenga velas encendidas. 

Esta tradición es cristiana, como lo es el pueblo criollo. En la historia argentina y en el propio Martín Fierro se pone en evidencia el sentimiento cristiano de nuestros paisanos, aun cuando en ocasiones haya quejas o chanzas referidas a los sacerdotes. Hay un constante empuje de creencias ajenas contra las tradiciones criollas, pero cuando alguien está pasando por un mal momento, especialmente si se trata de un problema grave de salud, sus familiares y amigos piden cadenas de oración y la gente responde. 

Las alumbradas son una tradición cristiana de nuestro pueblo bilingüe, que se reúne alrededor del grato recuerdo y la nostalgia por sus seres queridos huañusckas (fallecidos), rogando para que sus almas hayan encontrado la paz definitiva. La buena recordación de quienes estuvieron, dejaron sus rastros en la vida y ya no están, son parte de la espiritualidad del pueblo criollo. Es una parte de nuestras tradiciones que, una vez cumplida, nos proporciona una cierta tranquilidad, al no sentirnos ingratos con quienes nos brindaron la alegría de haber compartido momentos de la vida. 

La muerte es el inevitable paso posterior a la vida. Recordar a nuestros muertos es una forma de valorar su paso por la vida. Es valorar la vida misma.   

02 de Noviembre de 2.021.

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