Por Crístian Ramón Verduc
18/01/2022
Segunda quincena del mes; segunda quincena del año.

Es época de vacaciones y de festivales. Al coincidir ambas etapas anuales, tenemos sentimientos encontrados, deseando por momentos que llegue una lluvia que alivie el calor habitual de la época, a la vez que deseamos un clima estable hasta finalizar el festival del momento. 

Hubo otras épocas, otros festivales, otras figuras nacionales y otros números de soporte. Los artistas de renombre nacional eran muchos, así que no había demasiada reiteración entre festivales. Los artistas locales también eran muchos y en los festivales había posibilidades de verlos a varios de ellos. Un festival que ofrecía la posibilidad de un espectáculo folclórico variado era el Festival de la Tradición, en la ciudad de Añatuya. 

Aparentemente, los organizadores convenían con una empresa productora por el “paquete” de famosos que llegaban “de afuera”, generalmente residentes en Buenos Aires; el organismo provincial de cultura enviaba artistas desde la ciudad de Santiago del Estero y distintas municipalidades de la provincia enviaban sus delegaciones. El público podía ver en el escenario a algunas de las figuras consagradas a nivel nacional, figuras conocidas a nivel provincial y artistas “desconocidos” de toda la provincia. 

Las figuras rutilantes y artistas conocidos eran un gran atractivo para el público, mientras que para los valores sin fama era la oportunidad para darse a conocer. Quienes eran “nuevos” competían meses antes para integrar la delegación representativa de su ciudad y departamento en ese gran festival de Añatuya.  

Llegado el fin de semana en que se hacía el festival, cada delegación tenía un momento asignado para mostrar a sus representantes de los distintos rubros: Solista vocal, conjunto vocal, solista instrumental, conjunto instrumental, recitador, pareja de danza, grupo de danza, solista de malambo, malambo combinado. Además de la competencia en cada uno de los rubros nombrados, se elegía la mejor delegación. 

A la hora indicada, se hacía la apertura del festival con la actuación de un grupo local de danzas. Después comenzaban todas las demás actuaciones. Cada uno sabía en qué momento le correspondía subir al escenario, con la certeza de quién lo precedía y un cálculo aproximado de horario.  

A principios de la década de 1980, Don Sixto Palavecino había sido convocado por Cultura de la provincia para presentarse en el Festival de la Tradición. Nos habló a dos acompañantes de confianza y allí fuimos con el guitarrista Víctor Gómez. En lo instrumental, era una formación sencilla: Violín, guitarra y bombo. El viaje en ómnibus hasta Añatuya fue ameno y como era habitual en esa época: Si hacía calor se abría la ventanilla, si había un tramo con tierra se la cerraba o se aguantaba el imparable tierral. 

Nos instalamos en una gran casona, en una habitación para los tres. En las otras habitaciones estaba la delegación de la ciudad de La Banda y el trío Los Quimsa, también enviado por Cultura de la provincia. La delegación bandeña estaba encabezada por el gran poeta Felipe Rojas, con el que tuvimos ocurrentes e interesantes conversaciones durante ese día. El solista vocal de la delegación era Alejandro Iñíguez, el conjunto de canto era un trío formado por Coquito Gómez, Pochi Carrillo y Reynaldo Rodríguez. En definitiva, la delegación de la ciudad de La Banda estaba integrada por talentosos cantores y músicos que junto a sus grandes bailarines tenían grandes posibilidades de ser premiados. 

Transcurrió el día entre ensayos, descansos, conversaciones y una que otra situación jocosa generada entre “Chiquini” Gómez y Felipe Rojas. Guillermo Ocón, de Los Quimsa, mostraba que además de un talentoso cantor y guitarrista, era un hábil gimnasta. Alito Toledo se mostraba muy simpático y sonriente, mientras que Mario Carabajal conversaba con los folcloristas adultos. Don Sixto era requerido por personas de todas las edades que precisaban saber sobre determinado tema musical o sobre alguna expresión quichua. 

Llegó la noche y hubo que ir hasta el estadio, ocupar nuestros asientos para disfrutar del espectáculo mientras esperábamos la presentación de la delegación de La Banda y después el momento de la actuación de Don Sixto. Pasaron las distintas delegaciones, alternadas con los artistas de otros lugares. Los Quimsa fueron ovacionados. La delegación de La Banda estuvo muy bien con un cuadro costumbrista en el que iba apareciendo cada artista a exponer sus talentos. Don Sixto nos decía: “¿Han visto? Yo tenía fe en la voz de Alejandro”. La Banda fue la delegación ganadora.  

Desde el horizonte y cada vez más cerca, había relámpagos que presagiaban tormenta. Cuando Don Sixto nos decía: “Vamos que faltan dos antes que nosotros”, llegó alguien de la organización para avisarle que se lo había reprogramado “para después de Fulano”. Hubo dos postergaciones más hasta que finalmente, con los relámpagos sobre la ciudad, comenzó la actuación de Don Sixto y enseguida la lluvia.  

Hubo gente que comenzó a dejar el campo del club, pero una gran cantidad de gente optó por cubrirse con la silla de plástico y quedar a ver la actuación del gran músico, cantor, autor y difusor del quichua que estaba en el escenario de la Tradición. Cuando los sonidistas pidieron terminar la actuación, Don Sixto se despidió de ese público que, dejando de lado la protección de las sillas, lo aplaudió y vitoreó. El quichua había vencido al “mal tiempo”. 

Inmediatamente, Don Sixto y Chiquini aflojaron las cuerdas de sus instrumentos y los secaron con lienzos y toallas. El bombo se puso bien al calorcito del camarín. 

Al otro día, bajo un sol radiante, los tres emprendimos el regreso a la ciudad de Santiago, mientras Guillermo Ocón nos saludaba alegremente desde una plaza.    

18 de Enero de 2.022.
 

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